Tiempos de gloria [Glory Season - es]
- Автор: Брин Дэвид
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6585-7
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:
—He dicho que no pasa nada —replicó Leie—. Eso no quiere decir que no haya energía.
Maia se quedó mirando a su hermana.
—¿A qué te refieres?
En ese momento sonó otro disparo cuyo eco repercutió dentro de la cámara e hizo que los dientes de Maia castañetearan. Las dos muchachas esperaron, y suspiraron cuando no se escucharon más tiros. Con un dedo, Maia señaló un par de diminutas anillas de metal, situadas a un centímetro de distancia, en el borde del atril, cerca de los botones. Las anillas rodeaban unos agujeros pequeños y profundos. Maia apretó el dedo contra una, y levantó la cabeza, perpleja.
—No siento nada.
—¿Tienes un trozo de metal? —preguntó Leie—. ¿Como una vara de dinero? Medio crédito valdrá.
Maia sacudió la cabeza. Entonces recordó.
—Tal vez tenga algo.
Con la mano derecha soltó la funda de cuero del sextante portátil que llevaba en el antebrazo izquierdo. Torpemente, sacó el diminuto instrumento.
—¿De dónde has sacado eso? —preguntó Leie, observando abrirse la tapa con el grabado del zep’lin. Maia se encogió de hombros.
—Es complicado. Digamos que de vez en cuando me resulta útil.
Desplegó los brazos. Uno de ellos terminaba en una punta afilada (normalmente se utilizaba para leer los números de una rueda medidora), que podía volverse hacia fuera. Parecía lo bastante estrecha para usarla como sonda.
—Bien —dijo Leie—. No voy a decirte que fui la única que tuvo la idea y se puso a buscar electricidad. Otras lo intentaron, y no sintieron nada. Pero se me ocurrió que tal vez la corriente era demasiado baja para ser detectada con la mano. ¿Recuerdas cómo comprobábamos aquellas lastimosas baterías salinas tan flojas que la Sabia Madre Claire nos hacía fabricar en clase de química? Bueno, pues hice lo mismo aquí. Cuando no miraba nadie, inserté una vara de monedas y toqué el metal con la lengua.
—¿Sí? —preguntó Maia, cada vez más interesada, mientras insertaba la estrecha punta en uno de los diminutos agujeros.
—¡Sí! Te juro que se nota un leve cosquilleo de…
La voz de Leie se apagó cuando vio lo que pasaba. También Maia contemplaba asombrada el pequeño sextante.
En el centro de su arañada y erosionada superficie, una ventanita en blanco había cobrado vida, quizá por primera vez en siglos. Parpadearon letras diminutas e imperfectas, a las que faltaban esquinas y bordes, hasta que se fijaron en un brillo constante.
—¡Gran Madre de vida!
La exclamación hizo que ambas muchachas levantaran la cabeza del asombroso espectáculo. Todavía parpadeando por la sorpresa, Maia vio que el capitán Poulandres y uno de sus oficiales se encontraban en la puerta, en lo alto del pasillo, observando con expresión aturdida.
El pensamiento inicial de Maia fue pragmático: ¿Cómo han podido ver el sextante desde tan lejos?
—Yo… —Poulandres deglutió con dificultad— venía a deciros que las piratas quieren hablar. Dicen… —Sacudió la cabeza, incapaz de concentrarse en su urgente mensaje—. Por Lysos y el mar, ¿cómo habéis conseguido hacer eso?
Maia comprendió que el capitán no podía ver las diminutas letras que brillaban en la cara del sextante. Debía de estar mirando otra cosa. Algo alto, y a su espalda. Juntas, como tiradas del mismo hilo, la dos gemelas se volvieron, y abrieron la boca al unísono.
Allí, cubriendo la enorme pared frontal del salón, había un inmenso entramado de líneas microscópicas sobre las que danzaban partículas multicolores, innumerables, más pequeñas que motas. Un espectáculo orgiástico y colorista de pautas que fluían en corrientes, remolinos, junglas de simulada estructura y confusión… caos y orden… muerte y vida…
A pesar de todas sus aventuras y de su experiencia, algunos aspectos del carácter están demasiado arraigados para que una cambie. Una vez más, fue Leie la primera en recuperarse para comentar con una voz seca y ronca, mirando de reojo a Maia:
—Uh. Eureka… ¿no?
El efecto fue aún más espectacular cuando, poco después, las piratas trataron de intimidar a los fugados cortando la luz. Ya no fluía energía a través de la sarta de bombillas eléctricas. Sin embargo, los miembros de la tripulación del Manitú que no estaban de guardia se habían reunido a esas alturas en la antigua celda de Renna, bajo la tormenta de formas de colores que giraban lentamente sobre la «Pared de Vida», como la llamaban. Los hombres permanecían sentados en grupos, o arrodillados ante la muestra, abriendo sus preciados libros de referencia, pasando páginas bajo el suave brillo multiespectral, y discutiendo. Aunque habían confirmado que las dieciocho pautas simples formaban parte de aquel particular pseudomundo, ni siquiera el jugador más experto era capaz de encontrarle un sentido al panorama de formas giratorias.
—Es magia —concluyó el cocinero jefe, asombrado.
—No, no es magia —replicó el médico de a bordo—. Es mucho más. Es matemática.
—¿Cuál es la diferencia? —preguntó un joven alférez al que Maia había conocido en el Manitú, hablando con acento de clan superior y tratando de parecer hastiado—. Las dos cosas son sistemas de símbolos. Te hipnotizan con abstracciones.
El viejo médico sacudió la cabeza.
—No, muchacho, te equivocas. Como el arte y la política, la magia consiste en persuadir a los demás para que vean lo que tú quieres que vean, haciendo encantamientos y agitando los brazos. Siempre se basa en la idea de que la fuerza de voluntad del mago es más fuerte que la naturaleza.
Los colores del techo dibujaron reflejos móviles en la calva del viejo cuando éste se rió a carcajadas.
—¡Pero a la naturaleza le importa un bledo la fuerza de voluntad de nadie! La naturaleza es demasiado fuerte para ser doblegada, y demasiado justa para caer en favoritismos. Es tan cruel e implacable con un clan materno como con el más bajo var. Sus reglas se aplican a todo el mundo. —Sacudió la cabeza, suspirando—. Y ama profundamente las matemáticas.
Contemplaron en silencio las asombrosas figuras giratorias. Finalmente, el joven alférez se quejó enfadado.
—¡Pero los hombres no son buenos matemáticos!
—Eso nos han dicho —respondió el médico con voz grave—. Eso nos han dicho. .
Oyendo la conversación, Maia comprendió que los tripulantes le serían de escasa ayuda. Como ella, carecían de formación en las elevadas artes en las que debía basarse aquel prodigio. Su amado juego estaba bien, pero las sencillas simulaciones de Vida que jugaban en los barcos y santuarios modernos no eran más que trucos secretos acumulados e intuición. Era como un cuenco de agua en comparación con el gran mar que tenían delante. Ella había intentado mirar los puntos individuales, para descifrar las reglas del juego posición a posición. Al principio creyó poder distinguir un total de nueve colores, que respondían cuatro veces tan poderosamente a los vecinos más cercanos como a los siguientes, y así sucesivamente. Luego miró con más atención, y advirtió que cada punto estaba formado por una masa de manchas más pequeñas, cada una interactuando con las que la rodeaban. A distancia, la combinación producía la ilusión de ser una mancha sólida.
—Maia… —Era la voz de Leie, acompañada de un golpecito en su hombro. Se dio la vuelta. Su hermana señaló el fondo del salón, donde un mensajero corría velozmente escaleras abajo. Era un riesgo, dada la iluminación siempre cambiante. El grumete llegó sin aliento. Sólo tenía tres palabras para Maia.