Esclavos de la oscuridad
- Автор: Гранже Жан-Кристоф
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
– Le dejé un mensaje en su despacho, anoche. Yo no tenía su número de móvil y Luc no conseguía recordarlo.
Cogió el pomo y se volvió hacia mí.
– ¿Recuerda nuestra conversación de ayer? ¿Acerca de lo que Luc había visto en el fondo de su inconsciente?
– No es algo que se olvide fácilmente. Habló usted del infierno.
– Hoy, esas imágenes lo acosan. El anciano. Los muros llenos de rostros. Los gemidos del pasillo. Luc está aterrorizado. La fuerza que utilizó anoche se explica por ese terror. Un terror que, literalmente, lo supera.
– Entonces, ¿se trata de una crisis de pánico?
– No solo eso. Es agresivo, cruel, grosero. Le ahorro los detalles.
– ¿Me está diciendo que parece un… poseso?
– En otra época habría sido un firme candidato a la hoguera.
– ¿Cree que su estado empeorará?
– Ya se habla de internarlo en el Henri-Colin. Nuestro servicio para pacientes graves. Pero a mi modo de ver, no hay que apresurarse. Su estado podría mejorar.
Entré en la habitación mientras la puerta se cerraba detrás de mí. Cada detalle era como una bofetada. La blancura de la luz, integrada en el techo. El cubo rojo colocado en un rincón para hacer las necesidades. El colchón en el que Luc estaba sentado, que parecía una colchoneta de gimnasia.
– ¿Qué tal? -pregunté, en tono informal.
– En pelotas.
Soltó una breve risa socarrona; luego se metió debajo de la manta, como si tuviera frío. En realidad, el calor era sofocante. Me aflojé la corbata.
– ¿Querías verme?
Luc tuvo un espasmo, con la cabeza baja. Su pierna apareció entre dos pliegues de la tela. Se rascó con violencia. Poniendo una rodilla en el suelo, repetí:
– ¿Por qué querías verme? ¿Puedo ayudarte en algo?
Alzó los ojos. Bajo las cejas pelirrojas, las pupilas tenían un brillo amarillento, febril.
– Quiero que me hagas un favor.
– Dime.
– ¿Te acuerdas del pasaje de la prisión de Cristo?
Empezó a recitar, con los ojos dirigidos hacia el techo:
Dijo Jesús a los príncipes de los sacerdotes, oficiales del templo y ancianos que habían venido contra Éclass="underline" «¿Cómo contra un ladrón habéis venido con espadas y garrotes? Estando yo cada día en el templo con vosotros, no extendisteis las manos en mí; pero esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas».
– No entiendo.
– Es la hora de las tinieblas, Mat. El mal ha triunfado. No habrá vuelta atrás.
– ¿De qué hablas?
– De mí.
Tiritó. El frío parecía haberse apoderado de él, contaminado, hasta los huesos. Como la materia que constituía su ser.
– Me he sacrificado, Mat. Me he matado a mí mismo, como cuando tomé las armas en Vukovar. Pero esta vez, no habrá redención, no habrá resurrección. Satán es el gran vencedor. Está invadiéndome. Pierdo el control.
Traté de sonreír pero no lo logré. No pude. Luc era un mártir total. No solo había sacrificado su vida, sino también su alma. No conocería la salvación en el cielo, dado que su martirio consistía, precisamente, en haber renunciado a ella.
Una carcajada desgarró su boca.
– En el fondo me siento liberado. Ya no experimento esa eterna exigencia del bien. He soltado el timón y siento que voy a la deriva.
– No puedes abandonarte.
– No has entendido nada, Mat. Soy un Sin Luz. Todo lo que puedo hacer es dar mi testimonio. -Posó el índice sobre su sien-. Describir lo que ocurre aquí, en mi mente.
Hizo una pausa, agachado, concentrado, como si estuviera examinando su ser interior con un microscopio.
– Una parte de mí todavía es consciente de mi caída. Una parte aterrorizada. Pero la otra, cada vez más grande, goza de esa liberación. Es como un tintero que va volcándose en mi cerebro. -Rió-. Soy un infiltrado, Mat. Me he infiltrado entre los condenados. Dentro de poco tiempo estaré perdido para la causa.
Sentí crecer la irritación en mí. Todo mi proceder se oponía a esa retórica, a esa posición. Quería dirigir la investigación desde lo racional, lo concreto, y Luc se dejaba llevar por supercherías.
– Me has dicho que querías pedirme un favor -dije, impaciente-. ¿De qué se trata?
– Protege a mi familia.
– ¿De quién?
– De mí. Dentro de un par de días, sembraré la violencia y el terror. Y empezaré por los míos.
Posé mi mano sobre su hombro.
– Luc, aquí te están tratando. No tienes nada que temer. Tu…
– Cierra el pico. No sabes nada. Muy pronto, esta habitación de aislamiento no me impedirá actuar. Muy pronto, todos confiaréis nuevamente en mí. Aparentemente, habré recuperado la salud mental. Pero será entonces cuando me volveré realmente peligroso.
Suspiré.
– ¿Qué quieres que haga, concretamente?
– Pon vigilancia delante de mi casa. Protege a Laure. Protege a las niñas.
– Es absurdo.
Me lanzó una mirada penetrante, como si quisiera entrar en mi mente.
– No soy la única amenaza, Mat.
– ¿Cuál es la otra?
– Manon. Querrá vengarse.
Era demasiado delirante. Me levanté.
– Tienes que curarte.
– ¡Óyeme!
Durante un breve instante, el odio lo desfiguró. Durante un breve instante creí en el reino de Satán.
– ¿Crees que me perdonará por haber declarado en su contra? No la conoces. No sabes nada de su espíritu. No sabes nada de Aquel que habita en ella. Actuará tan pronto como le sea posible. Destruirá lo que más quiero. Su expresión inocente es una máscara. Está completamente saturada por el diablo. Y no puede perdonarme. Estoy traicionando su secreto, ¿lo entiendes? Querrá detenerme. ¡Y vengarse destruyendo a los míos!
– Estás delirando.
– Hazlo. En nombre de nuestra amistad.
Retrocedí un paso. Sabía que Zucca nos observaba a través de la cortina. Volvería para abrir la puerta. Mi intención era interrogar a Luc acerca de lo que recordaba después de despertar. Quería saber si recordaba a un médico en particular, que hubiera pasado a verlo varias veces. Un posible Visitante del Limbo.
Pero renuncié a preguntarle nada.
Con Haldol o sin, Luc ya no hacía ninguna distinción entre la realidad y su delirio.
La puerta se abrió a mis espaldas. Luc se enderezó en el colchón.
– Manda a unos hombres. Te lo suplico, por favor. No te cuesta nada, ¿no?
– De acuerdo. Cuenta conmigo.
109
De vuelta al despacho.
Los expedientes habían llegado por fax y por e-mail.
El informe de la comisión internacional de expertos sobre el caso de Agostina Gedda.
La historia clínica y psiquiátrica de Raïmo Rihiimäki.
La lista de todos los que habían estado en contacto con Luc en el Hôtel-Dieu.
Sin quitarme el abrigo, imprimí los dos últimos documentos recibidos por e-mail y empecé a leer el fax con la lista de los expertos que habían certificado el milagro de Agostina. El famoso Comité Médico Internacionaclass="underline"
– Profesor Andreas Schmidt
Universität zu Köln
Albertus-Magnus-Platz
50923 KÖLN – DEUTSCHLAND
– Doctora Maria Spinelli
Policlinico Universitario
Viale A. Doria – 95125 CATANIA – ITALIA
– Doctor Giovanni Ponteviaggio
Ospedale dei bambini G. di Cristina
Piazza Porta Montalto – 8
90134 PALERMO – ITALIA
– Profesor Chris Hartley
King’s College London
Strand, London WC2R 2LS – ENGLAND, UNITED KINGDOM
– Doctor Martin Gens
Centre Hospitalier Psychiatrique de Liège
Site du Petit Bourgogne
Rue Professeur-Mahaim 84
4000 LIÈGE – BELGIQUE
– Profesor Moritz Beltreïn
Centre Hospitalier Universitaire Vaudois
Rue du Bugnon 46
1011 LAUSANNE – SUISSE