Esclavos de la oscuridad
- Автор: Гранже Жан-Кристоф
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
– ¿Qué… qué quieres decir?
– Degolladas. Las tres. Estoy en el piso. Todo el mundo está aquí.
– ¿Cuándo ha ocurrido?
– Según los primeros datos, hace una hora.
Mis ojos se llenan de lágrimas. Mi visión se vuelve borrosa. No entiendo nada. Pero una evidencia palpita ya en el fondo de mi mente: el autor de la matanza no puede ser Beltreïn. Encuentro fuerzas para preguntar:
– ¿Estáis seguros?
– Totalmente. Los cuerpos todavía están calientes.
Ningún sospechoso para esta nueva carnicería. Ninguna explicación para este último horror. Luego, como un veneno, la voz de Luc: «Manon. Querrá vengarse». De pronto, me acuerdo. Luc me rogó que protegiera a su familia y yo no moví un dedo. No había vuelto a pensar más en su petición. Me tiembla la voz.
– ¿Dónde está Manon?
– Libre. La han soltado hace cinco horas.
– Joder, te había dicho que…
– No lo entiendes. Cuando me has llamado, ella ya había salido.
– ¿Y no sabes dónde está?
– Nadie lo sabe. Todos los maderos la buscan.
– ¿Por qué?
– Mat, no estás al día. Durante su detención, Manon se ha puesto histérica. Ha jurado que se vengaría de Luc. Que destruiría a su familia. Han encontrado sus huellas por todo el piso.
– ¿QUÉ?
– Por Dios, ¡espabila! ¡Ella las ha matado! A las tres. ¡Es un monstruo! ¡Un jodido monstruo en libertad!
Me siento en caída libre. Y ahí están Beltreïn y su sonrisa. Su silueta rechoncha a través de mis lágrimas. Una espiral me arrastra me aspira. El mal es la falta de luz. Y esa carencia me absorbe como un gigantesco agujero negro…
Me desvanezco. Una fracción de segundo. Pero inmediatamente me recupero. Beltreïn ya no está allí. Por un reflejo condicionado, guardo el móvil y apunto con mi arma. Detrás de mí resuena una voz:
– ¿Convencido por fin?
Media vuelta. Beltreïn está en la pared del fondo, entre las fotos del horror. En su mano, una enorme automática: una Colt 44.
No tiene importancia.
De ahora en adelante, ya nada tiene importancia.
Moriremos los dos.
– Manon las ha matado, ¿verdad? -pregunta con una voz suave-. Se ha vengado. Esperaba una llamada de ese tipo.
– Es imposible. Estaba en detención preventiva.
– No. Y lo sabes. Es hora de que mires la verdad cara a cara.
No sé qué contestar. Mi facultad de pensar está bloqueada, destruida.
– Ella es Su criatura -prosigue-. Nada la detendrá. Es libre. Intensamente libre. «La ley es lo que hacemos.»
Lanzo una especie de jadeo, a mitad de camino entre la risa y el sollozo.
– ¿Qué le ha hecho? ¿Qué le ha inyectado?
Su sonrisa se amplía, fraudulenta, maliciosa, bajo las gafas.
– No le he hecho absolutamente nada. Ni siquiera le he salvado la vida.
– ¿Y su máquina?
– Estás atrapado en tu lógica, Mathieu. Nunca has visto más allá de tu raciocinio. Manon ha sido salvada por el diablo. Si te hubieran dicho que había sido salvada por Dios, habrías cerrado los ojos y recitado un padrenuestro.
Quiero gritar «¡No!» pero no sale nada de mi garganta. Por fin tomo conciencia de nuestro fin inminente: arma contra arma, nos mataremos el uno al otro. Sin embargo, mi indiferencia ya empieza a desvanecerse: no debo morir. La investigación no ha terminado. Debo arrancar a Manon de esa pesadilla. Probar su inocencia. Debo reaccionar y neutralizar a ese cabronazo.
– Buscas a un asesino terrenal -prosigue-. Siempre has rechazado lo que estaba en juego en tu investigación. Tu único enemigo es nuestro Amo. Está aquí, oculto en nuestro interior. No importa quién ha matado o quién ha muerto. Lo que importa es Su poder en acción, que revela los engranajes secretos del universo. Los Sin Luz son los faros, Mathieu. Solo los ayudo. Los espero a la salida de la garganta. Ellos ni siquiera me interesan. Lo que me interesa es la luz oscura que titila en el fondo de sus almas. ¡Satán detrás de sus actos!
Ya no escucho su delirio. Si Beltreïn estaba en Suiza, ¿quién ha matado a Laure y a sus hijas? La historia no ha terminado. La investigación no está cerrada.
– Y no olvides esto, Mathieu: Manon Simonis es la peor de todos.
– ¡No quiero oír eso! -digo, avanzando-. ¡Tú eres el único asesino de este caso! ¡Tú los has matado! ¡A todos!
A guisa de respuesta, él levanta el brazo y aprieta el gatillo. Estoy casi encima de él. Mi hombro desvía el tiro. Un frasco estalla a mis espaldas. Los órganos caen a mis pies mientras hago fuego a mi vez. Beltreïn ya me ha cogido el puño lanzando un agudo alarido. Mi bala se pierde en las jaulas. Encajo la culata de mi pistola bajo su garganta, bloqueando con mi hombro derecho su brazo armado. El dolor de mi herida se despierta. Tropezamos contra la mesa de laboratorio. Los frascos ruedan por el suelo. Chapoteamos en el formol y en las carnes muertas. Beltreïn se aparta. Me agarro a él impidiéndole que retroceda y dispare. Giramos juntos hasta rebotar contra las jaulas y luego nuevamente contra el ángulo alicatado.
Beltreïn resbala y cae al suelo. Caigo con él. Sensación viscosa por el formol, los órganos, los fragmentos de frascos. Hace fuego dos veces, oblicuamente, apuntando a mi garganta. Falla. Una lluvia de vidrios, carnes y líquido frío se abate sobre nosotros. Lanzo un grito al contacto con los restos humanos que se me pegan en la nuca, pero no cedo; Beltreïn no deja de vociferar. Más detonaciones. Ni siquiera sé quién dispara. Estamos entrelazados, sacudiendo los brazos, las piernas, atascados en el inmundo charco.
Caigo de espaldas. Beltreïn se abalanza sobre mí con uñas y dientes. Sus gruesas gafas están torcidas, manchadas con rayas marrones. Lo empujo hacia atrás. Una jaula cae sobre nosotros. A través de la gasa y las moscas, Beltreïn me encañona con su arma.
Junto las piernas y golpeo con ellas con todas mis fuerzas sobre los restos de la jaula. El demente aprieta el gatillo; el armazón de madera desvía su mano. La bala se pierde una vez más. Beltreïn aparta los fragmentos, entre los insectos que zumban. Ruedo debajo de la mesa. Cientos de vidrios caen en mis manos, deslizándose por mis mangas.
El aliento de Beltreïn, muy cerca. Gruñendo, riendo, se agacha para localizarme. Desde debajo de la mesa solo veo sus piernas. He perdido mi arma. Veo un fragmento de botella. Lo cojo y lo hundo en la pantorrilla del asesino, hasta que toca el hueso. El monstruo lanza un alarido agudo. Abandono el fragmento en sus carnes y me deslizo del otro lado de la mesa de laboratorio.
Los gritos de Beltreïn invaden la sala. He perdido el sentido de la orientación. No veo nada, excepto la gasa, los órganos, los gusanos. Mi adversario, todavía gritando, rodea la mesa de laboratorio arrastrando su pierna ensangrentada. Ruedo otra vez debajo y trato de salir por el otro lado. Me levanto, apoyándome en las baldosas. Beltreïn está a unos metros de distancia. Ya no me busca. Se debate entre los insectos, agitando su pipa como un matamoscas.
Atravieso la nube y su zumbido, rodeo la mesa y cojo su cabezota. La golpeo varias veces contra el ángulo de la mesa. Sus gafas caen. Las moscas se introducen inmediatamente bajo sus párpados pero también se ceban conmigo. No veo absolutamente nada. Tengo su cabeza entre las manos y los chillidos del cabronazo resuenan en mi piel, vibrando en mis terminaciones nerviosas.
El demente sigue debatiéndose. Caemos juntos otra vez. Está sobre mí, con las facciones ensangrentadas, llenas de insectos. No sé por qué prodigio no ha perdido su arma. A tientas, encuentro un listón de madera que procede de una de las jaulas. Cierro los ojos, acosados por las moscas, levanto el brazo y palpo su rostro. Busco el punto sensible de su sien, allí donde el hueso conserva la fragilidad del recién nacido. Coloco el listón en ese lugar exacto y lo hundo hasta que la madera se rompe entre mis dedos. Retrocedo y abro los párpados. Las moscas se alejan de mí. Están pegadas al cerebro rosáceo de Beltreïn, una especie de tumor vivo que brota de su cabeza agujereada.