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Esclavos de la oscuridad

Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:

Una novela deslumbrante que explora el filo entre la vida y la muerte, lo divino y lo satánico.
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
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– ¿Esa es forma de vigilar el edificio?

– Lo lamento, yo…

No esperé sus explicaciones. Subí la escalera de cuatro en cuatro, presa de una repentina ansiedad. Abrí la puerta, atravesé el salón. Pasé al dormitorio conteniendo el aliento: Manon estaba allí, dormida.

Me apoyé en el marco y me relajé. Contemplé su silueta, que se insinuaba bajo el edredón. Una vez más sentí ese estado extraño, confuso, que no me abandonaba desde Polonia. Entre excitado y embotado. Una febrilidad en la punta de las extremidades, que a la vez me electrizaba y me anestesiaba.

Volví al vestíbulo, me quité la gabardina y dejé el arma. La lluvia golpeaba con furia el tejado, los cristales, las paredes; todo el espacio estaba sumido en una inmersión crepitante, cadenciosa.

Me instalé detrás del escritorio y enchufé el USB en mi Mac. Apareció el icono del expediente. Utilicé el programa que Foucault había adjuntado y abrí las páginas de la magistrada.

Foucault estaba en lo cierto. Corine Magnan no tenía nada.

Ni contra Manon ni contra nadie.

Leí. La declaración de Manon, hecha en Lausana el 29 de junio de 2002, dos días después del descubrimiento del cuerpo de su madre. Otros testimonios, recogidos por la juez en la ciudad suiza. El rector de la Universidad de Lausana. Los vecinos de Manon, los comerciantes de su barrio. Había un vacío en los horarios de Manon, pero la ausencia de coartada nunca ha señalado a un culpable. En cuanto a su formación universitaria, solo era una presunción más.

Cerré el ordenador, tranquilizado. Aunque la pelirroja perdiera el tiempo interrogando a Manon en París, no tendría más de lo que había conseguido en Lausana. Y el testimonio de Luc no cambiaría la situación.

Cinco y media de la mañana

Me estiré y me levanté para dirigirme hacia el baño. En ese instante, un crujido salió del dormitorio. Me acerqué y sonreí. Con el ruido de fondo del aguacero, Manon hablaba en sueños. Un rumor suave, un balbuceo de princesa dormida. Agucé el oído y, de repente, unas tenazas de acero me oprimieron el corazón.

Manon no hablaba en francés.

Hablaba en latín.

Tuve que aferrarme al bastidor de la ventana para no gritar.

El murmullo me taladraba la cabeza.

– Lex est quod facimus… lex est quod facimus… lex est quod facimus… lex est quod facimus…

Manon repetía la letanía del Juramento del Limbo.

Como Agostina.

Como Luc.

¡Como todos los Sin Luz!

Mi edificio se derrumbaba una vez más. Mis teorías, mis hipótesis, mis intentos de exculpar a Manon y de inventar, a cualquier precio, otro asesino.

De espaldas a la pared, me dejé caer de culo. Con la cabeza metida entre los brazos me puse a lloriquear como un crío. Estaba hundido en la desesperación. Luc tenía razón. Manon había sufrido una NDE negativa. En el fondo de sí misma guardaba ese recuerdo maléfico como un núcleo infeccioso. Pero de ahí a deducir que había matado a su madre…

Me enderecé. No. Era demasiado fácil. Todavía podía defender mi teoría. Si Manon había sido condicionada por el Visitante del Limbo, algunos fragmentos de aquella vivencia podían escapársele durante el sueño, pero eso no probaba su culpabilidad. ¡Era él, el demiurgo, el asesino en las sombras, el que había sacrificado a Sylvie Simonis y adoctrinado a Manon a su pesar!

Me puse de pie y me sequé las lágrimas.

Identificar al Visitante.

Era el único modo de salvar a Manon.

De ella misma y de los otros.

106

Ocho y media, viernes 15 de noviembre

No había pegado ojo en toda la noche.

Manon se levantó a las siete. Le preparé el desayuno: cruasanes y una pasta rellena de chocolate, comprados en la panadería. Luego pasé media hora tranquilizándola acerca del giro que tomaban los acontecimientos. No estaba convencida. Eso, sin contar con que sentía claustrofobia, encerrada en el piso. La besé, sin decir nada sobre sus palabras de la noche anterior, y le prometí volver a la hora de la comida.

Estaba en la rue Dante, en la orilla izquierda, justo frente a la catedral de Notre-Dame. A unos metros de la plaza de la noche anterior. Aparqué en doble fila delante del lugar donde tenía la reunión.

El Apsara era un salón de té, mitad indo, mitad indonesio. Allí citaba a mis maderos cuando se imponía una reunión secreta; a nadie se le ocurriría buscar a unos tíos de la Criminal en un lugar donde solo se podía beber té de jengibre y lassi de mango.

A aquella hora el salón estaba cerrado. Pero gracias a la amabilidad del dueño podíamos ir tan temprano. La decoración recordaba el interior de una hoja de palma: paredes empapeladas de verde esmeralda, manteles verde brillante, servilletas de papel verde claro. Todo el mobiliario era de mimbre.

El escondrijo perfecto.

Un solo problema: estaba prohibido fumar.

Fui el primero en llegar. Cerré el móvil y pedí un té negro. Bebí el keemun a sorbitos mientras daba vueltas a mi estrategia de emergencia. Era hora de poner a mis hombres al corriente de los detalles. Ya había perdido demasiado tiempo: una semana, desde mi regreso de Polonia. Ahora tenía que explicarles el caso y asignarles tareas precisas para los dos días siguientes. ¡No era posible que no consiguiéramos ni un indicio, ni uno solo, sobre el Visitante del Limbo!

Foucault, Meyer y Malaspey llegaron, poniendo en peligro la decoración con su sola presencia. A la vista de sus respectivas envergaduras, parkas forradas de piel con las mangas vueltas, se temía por las figuras de porcelana y otros delicados objetos del restaurante.

En cuanto se sentaron, empecé mi exposición.

Capítulo uno: el asesinato de Massine Larfaoui. Capítulo dos: el caso Sylvie Simonis en el Jura. Capítulo tres: los otros asesinatos siguiendo el mismo ritual. Luego hablé de las Near Death Experience y de los Sin Luz. Les ofrecí, con las claves a la vista, el enfoque metafísico del caso: la experiencia negativa, la intervención del diablo, el Juramento del Limbo.

Los tíos no salían de su asombro.

Por fin, expuse mi hipótesis racional. Había un hombre, y solo uno, detrás de aquella pesadilla. Un demente que se creía Satán, creaba sus propios Sin Luz y los vengaba utilizando ácidos e insectos.

Dejé que digirieran la información y luego proseguí:

– En resumen, busco a un solo asesino. Y estoy seguro de que vive en el Jura. Es él quien despachó a Sylvie Simonis; a Salvatore, el marido de Agostina Gedda, y al padre de Raïmo Rihiimäki. Es él quien condiciona a los salvados por un milagro, inculcándoles recuerdos satánicos. Cuanto más tiempo pasa, más me convenzo de que se trata de un médico que dispone de una sólida formación en otros campos: química, botánica, entomología, anestesia. En mi opinión, ha vivido en África central. Tiene medios para informarse sobre los casos espectaculares de pacientes reanimados y para estar en su cabecera. Y puede acceder de incógnito a un hospital.

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