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Esclavos de la oscuridad

Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:

Una novela deslumbrante que explora el filo entre la vida y la muerte, lo divino y lo satánico.
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
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– Agua pasada.

– No me lo contaste todo la última vez. No me hablaste de la iboga negra.

Rompió los alveolos y la miel corrió entre sus dedos. Puse una rodilla en el suelo.

– Me importa un rábano que trafiques, Foxy. Vende lo que quieras a quien quieras.

– No vendo iboga negra. Es una planta sagrada. Peligrosa para el espíritu. No encontrarás a nadie que te la venda.

No mentía; sin duda, la iboga negra era tabú. Sin embargo, el producto había circulado por París. Zamorski me lo había asegurado y yo confiaba en sus fuentes.

– Larfaoui la conseguía. ¿Cómo lo hacía?

– Era un asunto muy feo. No quiero hablar de eso.

– Quedará entre nosotros.

Dejó sus nidos dorados y cogió mi mano. Sus dedos estaban pegajosos. En tono indolente, murmuró:

– ¿Te acuerdas de nuestro acuerdo?

Asentí. Sus cicatrices brillaban a la luz de las velas. Hizo chasquear su lengua rosada.

– Es por mis chicas.

– ¿Tus chicas?

Agitó la cabeza, imitando a una cría desconsolada.

– Larfaoui les pedía que la buscaran.

– ¿En tu casa?

– ¡Te repito que yo no toco eso! Además, esa raíz no crece en mi país. Ellas tenían otros contactos.

– ¿Gaboneses?

– Otras chicas, sí, que conocían a un brujo. Cosas de negras.

– ¿Cuándo descubriste el tráfico?

– Justo antes de la muerte de Larfaoui.

– ¿Cómo fue?

– El vendedor de cerveza vino a verme. Necesitaba a mamá.

– ¿Por qué?

– Buscaba iboga negra. Creía que yo podía ayudarlo. Se equivocaba.

– ¿Por qué te la pidió a ti? ¿Te habló del tráfico de tus chicas?

– Larfaoui lo desembuchó todo. Estaba muy nervioso. Necesitaba la planta. Para un cliente… especial.

La sangre hervía dentro de mis venas. Con o sin razón, sentía que me acercaba al Visitante del Limbo.

– ¿Qué te dijo sobre ese cliente?

– Nada. Salvo que siempre quería más. El cabileño tenía miedo.

– ¿Cuándo fue exactamente?

– Ya te lo he dicho, unas dos o tres semanas antes de su muerte.

– Y Larfaoui, ¿te pareció que temía por su vida?

Alzó sus grandes ojos lentos hacia mí. Me había soltado las manos para volver a su tejemaneje con los alveolos.

– Contéstame -insistí-. ¿Crees que ese cliente podría haberse cargado a Larfaoui?

– Todo lo que puedo decirte es que los que buscaban la iboga negra son peligrosos. Posesos. Satánicos. Larfaoui no encontró la planta. De eso, estoy segura.

Foxy se equivocaba. Sobre la escena del crimen, Luc había encontrado un alijo de iboga negra. Imaginé otra opción: el Visitante del Limbo y el asesino del sábado eran uno solo. Larfaoui había cumplido con el pedido, pero por alguna razón desconocida, el Visitante lo había asesinado y no se había llevado la iboga.

– Y Larfaoui -dije-, ¿no habló a tus chicas de su cliente? ¿No les dijo algo que me permita identificarlo?

Foxy hizo correr un líquido viscoso en la fuente: sangre roja conservada a la adecuada temperatura. Luego cogió una pila grande de bronce. Con su voz sepulcral, respondió:

– Sí. Larfaoui habló con las chicas. Estaba muerto de miedo. Decía que el hombre era… diferente.

– ¿En qué sentido diferente?

Su cabeza se balanceó sobre su largo cuello negro. La conversación la irritaba, o la inquietaba.

– Según Larfaoui, perseguía un objetivo.

– ¿Qué objetivo?

– Honey, no insistas. No está bien recordar todo eso.

– La primera vez, me dijiste que el asesino de Larfaoui era un sacerdote. ¿Crees que ese podría ser el cliente?

– Vete. Tengo que preparar protecciones para mis chicas.

Estaba chorreando. El humo del incienso hacía que me picaran los ojos. Todo parecía rojo, como si mis ojos inyectados en sangre tiñeran mi visión. A través de esa pantalla, el Visitante del Limbo se materializaba. Lo imaginé, sin rostro, comprando la iboga negra para preparar sus cócteles químicos, las inyecciones que administraba a los futuros Sin Luz.

Me puse de pie. Foxy seguía machacando lentamente, con los ojos fijos sobre la fuente. Tac-tac-tac.

– No nos pierde de vista. Nos tiene acorraladas -murmuró.

– ¿Quién?

– El que ha matado a mi chica. El que ha matado a Larfaoui.

Mi garganta ardía como si hubiera fumado un canuto de incienso.

– Soy yo quien lo tiene acorralado -la contradije.

La bruja se rió, socarrona. Subí el tono; mi voz era casi un graznido.

– No me subestimes. ¡Nadie ha ganado la batalla todavía!

– No sabes con quién te enfrentas -dijo, con una expresión de piedad burlona-. Honey, ¡no has entendido nada!

105

Cuatro de la mañana

Una llamada.

La voz de Foucault.

– He encontrado un sitio para tu amiga. Rue des Trois-Fontanots, en Nanterre.

La dirección de unas dependencias del Ministerio del Interior, que albergaban varias secretarías.

– ¿Irás?

– Vengo de allí. Asunto concluido.

– ¿Has hecho lo que te pedí?

– Todo el expediente está escaneado, colega. La parte que concierne a Manon.

– ¿Dónde estás?

– Llegando a casa. Me apetecería dormir unas horas, si no te molesta.

Foucault vivía en el Distrito 15.°, detrás del barrio de Beaugrenelle.

– Estoy en République -dije girando la llave de contacto-. ¿En la puerta de tu casa dentro de diez minutos?

– Te espero.

Aceleré por la vía rápida de la orilla izquierda. La lluvia había cesado. La atmósfera de un amanecer aún lejano flotaba sobre un París espejeante. Nadie en las calles ni el mundo consciente. Me gustaba esa sensación. La del ladrón solitario y libre. La del gamberro que vive a contracorriente de los demás hombres, sobre el eje del espacio y del tiempo.

Dejé atrás Beaugrenelle y giré a la izquierda por la avenida Émile Zola, hasta cruzar la rue du Théâtre. Localicé el Daewoo de Foucault con los faros apagados. En cuanto me vio, dio un salto y se reunió conmigo en el coche.

Apenas se sentó me pasó un USB.

– Aquí está todo. He copiado las actas de los interrogatorios y las he comprimido.

– ¿Es compatible con el Mac?

– Seguro. Te he adjuntado un programa para leer las transcripciones.

Miré el rectángulo plateado en el hueco de mi mano:

– ¿Cómo has logrado entrar en el despacho de Magnan?

– He mostrado la identificación. Lo más sencillo siempre funciona; me lo enseñaste tú. El guardia estaba medio dormido. Le he dicho que estaba en pleno interrogatorio y que necesitaba un expediente. Hasta le he mostrado el llavero de mi casa diciéndole que la juez me había dado las llaves de su despacho.

Debería haberlo felicitado, pero eso no formaba parte de nuestro ritual.

Prosiguió:

– He echado un vistazo a las transcripciones. No tienen nada contra ella.

– Gracias.

Foucault abrió la puerta. Lo detuve.

– Mañana por la mañana quiero veros a ti, a Meyer y a Malaspey. A las nueve.

– ¿En el despacho?

– En el Apsara.

– ¿Consejo de guerra? -preguntó sonriendo.

Le contesté con un guiño.

– Díselo a los demás.

Asintió y cerró la portezuela. Atravesé el Sena y tomé la vía rápida en sentido contrario. Diez minutos más tarde, estaba en la rue de Turenne. Me sentía cansado y aturdido, pero estaba impaciente por leer los elementos de Magnan.

Aparqué en el paso de cebra en la esquina de mi calle. Estaba tecleando el código de mi portal cuando divisé el coche de los guardaespaldas. Un sexto sentido me advirtió que estaban echándose un sueño: la inactividad en el coche, los vidrios empañados. Una especie de inercia indefinible. Golpeé la ventanilla. El hombre pegó un salto, dándose con la cabeza en el techo.

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