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Esclavos de la oscuridad

Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:

Una novela deslumbrante que explora el filo entre la vida y la muerte, lo divino y lo satánico.
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
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Soltero, sin hijos, es un hombre que está completamente dedicado a su oficio. Un genio de la investigación, un orgullo nacional, que salva vidas como otros van a fichar a la fábrica.

Contemplo las fotografías de los artículos. Rostro redondo, flequillo corto, gafas gruesas. Una cabeza de caniche peludo, con algo opaco, abstracto, disimulado. ¿El Visitante del Limbo?

Imposible lograr que se incline la balanza.

Ni hacia un lado ni hacia el otro.

Lausana.

En la primera agencia de automóviles de alquiler que veo, escojo un clase E, para pasar inadvertido entre las berlinas suizas. Consulto el buzón de voz antes de arrancar. Ningún mensaje. Ni noticias de Manon ni de mis hombres.

Arranco tragándome la rabia.

Si Corine Magnan la retiene esta noche, iré a buscarla personalmente.

Conduzco en dirección al CHUV, recorriendo las pendientes y las avenidas sobre las que están suspendidos los cables de los tranvías. Veo las dependencias de Champs-Pierres. Sus fachadas blancas, sus jardines zen, sus globos lunares y sus pequeños pinos.

Subo al servicio cardiovascular y encuentro a la estudiante, fiel en su puesto. Con su caja de Tic-Tac.

– ¡Hola! -exclama-. Me había prometido que no volvería.

– Lo que demuestra… -empiezo a decir estúpidamente-. Necesito imperiosamente ver al doctor Beltreïn.

– Pues se le ha escapado. Ha pasado por aquí un momento y ha vuelto a salir.

– ¿Tiene la dirección de su casa?

Se levanta, izando una deliciosa sonrisa en la cima de su silueta.

– Mejor aún. No se ha ido a su piso de Lausana. Está en su chalet. En Riederalp.

Saco del bolsillo el plano de la agencia de automóviles y lo abro sobre el mostrador.

– ¿Dónde queda?

La joven nota que mis manos tiemblan pero se abstiene de hacer comentarios. Posa el índice sobre el mapa.

– Aquí, pasado Bulle.

Cojo un bolígrafo y dibujo un círculo rodeando el nombre del pueblo.

– Una vez allí, ¿cómo encuentro el chalet?

– Es fácil -contesta, cogiendo mi pluma y trazando el camino-. Diríjase hacia Spiez. Al llegar a Wessenburg, coja por la izquierda. Parcossola, es el nombre del arquitecto que proyectó la casa. Es conocido en la región.

Me parece que la muchacha está bien informada. Durante un instante, me pregunto si no tiene una historia con Beltreïn los fines de semana. Su fresco aliento a Tic-Tac agudiza mis sentidos.

– ¿Volverá por aquí?

La balanza sigue oscilando en mi cabeza.

Beltreïn, el predador. ¿Pro o contra?

– Lo dudo mucho.

– Eso ya lo dijo la otra vez.

– Es cierto. Inshallah!

Salgo a toda prisa.

Sudor helado, sin aliento.

Rodeo el lago nuevamente y encuentro el paisaje de mi primer periplo. Las luces lejanas sobre las laderas de las colinas, titilando con suavidad, como brasas dispersas.

En Vevey, giro hacia Bulle y tomo la autopista E27; luego salgo de la vía rápida y subo hacia las cimas, en dirección a Spiez. Pienso en mi paso por el puerto de Simplon; parece que hayan transcurrido siglos desde la persecución por los túneles.

Wessenburg.

La información de Julie Deleuze es correcta: la dirección de la Villa Parcossola está indicada. Abandono la calzada brillante para tomar una carretera nevada. La expresión del paisaje cambia como la de un rostro. Los pinos, cada vez más densos, cada vez más negros. Los ventisqueros opacos, azulados, haciendo eco a las nubes aceradas, por encima de los montes.

Veo una señalización en un camino de pálida gravilla. Una vena blanca en el cuerpo negro del bosque. Me deslizo bajo las coníferas. Paso por una central eléctrica. Un bloque gris que emerge entre los matorrales y aumenta, misteriosamente, la soledad del lugar.

Después de una curva, los árboles se abren y revelan la villa.

Una estructura formada por varias terrazas de hormigón se apoya sobre las rocas, entre las que cae una cascada. Apago las luces y espero que la casa se perfile bajo la luz de la luna. Me recuerda una célebre obra de Frank Lloyd Wright, la Casa de la Cascada, concebida con el mismo principio. Suspendida sobre el agua.

Paro a unos cincuenta metros de la zona de aparcamiento. No hay ningún coche estacionado. Cojo la linterna eléctrica, los guantes de látex y salgo del coche de un salto.

Camino hacia la residencia, siguiendo siempre el costado más oscuro del sendero. El estrépito del torrente apaga el ruido de mis pasos sobre la gravilla.

Ahora abarco la villa con una sola mirada. Cada nivel, rematado por una terraza de hormigón, avanza sobre el torrente, desafiando las leyes de la física. La casa, maciza en la parte trasera, hace de contrapeso. Todo está oscuro. A la izquierda, dos torres cuadrangulares de ladrillo enmarcan un estrecho vestíbulo acristalado. El agua plateada y los pinos negros se reflejan en el cristal, creando la ilusión de que penetran en la casa.

Sigo avanzando y me fijo en un detalle. Las luces no están apagadas. Las ventanas están obturadas con persianas enrollables. ¿Está Beltreïn dentro? Camino bajo las terrazas y subo por una pasarela que discurre sobre el torrente. Las salpicaduras de agua vuelan por el aire y me azotan el rostro.

Paso bajo el cuerpo del edificio. Al final de la pasarela, una escalera de hormigón conduce a la planta baja, hacia un césped plateado. Avanzo y me vuelvo. La fachada principal de la residencia está allí. Con su portal, su timbre y su cámara de vigilancia. La grava brilla bajo la luna. Parece una escenografía.

Vuelvo a acercarme al edificio, bordeo el muro por la izquierda hasta el ángulo, buscando una puerta de servicio o un tragaluz que pueda forzar. Diviso otra escalera que arranca también desde las rocas. Movido por el instinto, empiezo a subirla y descubro, a medio camino, una puerta de hierro.

El acceso al sótano o a un garaje.

Hormigueo en el cuerpo. Desenfundo la Glock y quito el seguro. Tengo el abrigo pegado al cuerpo, empapado y helado a la vez. Con un gesto reflejo, palpo la X de acero que cierra el paso, imposible forzar semejante muralla. Giro el pomo, por si acaso. La puerta pivota sobre sus goznes. Está abierta.

¡Simplemente abierta!

Cargo la pistola y me escabullo entre las sombras.

111

Un pasillo.

Completamente negro.

Avanzo en las tinieblas, sin pensar en nada, dejando detrás de mí la puerta entreabierta sobre el ruido del torrente. Inmediatamente, sé que no estoy en un simple trastero, garaje o nave. Estoy en la antecámara de un santuario. Un lugar de hormigón y silencio, donde se esconden los peores secretos.

Mis ojos se adaptan a la oscuridad. Otra puerta, al fondo del pasadizo. A cada paso, siento cómo el corazón aprieta mis costillas. Un calor viene a mí. Una humedad que no tiene nada que ver con la estación del año ni con el frío del exterior. También noto un olor que reconozco al instante.

Carne cruda.

Carne en mal estado.

Por fin he llegado. Estoy en el antro del Visitante del Limbo. Sigo avanzando. Ni un ruido, excepto un zumbido que proviene de una caldera o de un sistema de ventilación. El calor aumenta. La puerta, frente a mí. La pesadilla me espera del otro lado. Esta evidencia -grito silencioso en mi cabeza- me anestesia de golpe. Con la mano en el pomo, estoy tranquilo, como desvinculado de la realidad.

La puerta se abre sin resistencia. Todo es demasiado fácil. Lejos, muy lejos en mi espíritu, una alarma suena, esa fluidez huele a trampa, a un anillo que me encerrará. Beltreïn está aquí y me espera. SOLO TÚ Y YO.

La habitación está sumida en la oscuridad. Cojo la linterna y la enciendo. Me esperaba un criadero de insectos, un invernadero lleno de líquenes. Es un simple laboratorio de fotografía digital. Procesadores, objetivos, escáneres, impresoras.

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