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Esclavos de la oscuridad

Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:

Una novela deslumbrante que explora el filo entre la vida y la muerte, lo divino y lo satánico.
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
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Después de una pausa, lancé otra primicia:

– También creo que él manipuló la memoria de Luc cuando despertó del coma.

Nuevo silencio. Ninguno de ellos había tocado su taza de cerámica. Jamás habíamos visto un caso tan delirante. Por fin, Foucault tomó la palabra, algo incómodo, moviéndose en su asiento.

– ¿Qué podemos hacer?

– Reiniciar la investigación desde cero, concentrándose en los hechos concretos.

– He rastreado todo el valle, Mattos historias de escarabajos y de…

– Hay que volver a empezar. El hombre está allí, no me cabe duda. -Me volví hacia Meyer-.Tú, insiste en lo de los insectos, el liquen, los africanos del Jura. Foucault te lo explicará. Tengo la convicción de que si cruzamos las informaciones saldrá un hecho, un nombre. No cabe otra posibilidad.

Me dirigí a Malaspey:

– Tú, sigue la red de Larfaoui. Te concentras en la droga africana, la iboga negra, que es muy difícil de encontrar. Un producto que el cabileño vendía a algunos iniciados. Tengo un expediente sobre ello, te lo he traído. Trata de ver si existen otras redes que suministren la droga. Estoy seguro de que el asesino la buscará, para sus experimentos. Se pondrá en contacto con otros traficantes.

Malaspey tomaba notas, con la pipa entre los dientes. Podía confiar en él; había pasado varios años en los estupas. Foucault intervino:

– ¿Y yo?

– Según mi teoría, el asesino encuentra los casos de reanimación en toda Europa. Por lo tanto, tiene un medio de identificarlos. Esa es nuestra pista más sólida. De una manera u otra, localiza a los supervivientes. Hay que descubrir cómo lo hace.

– Concretando, ¿con quién tengo que ponerme en contacto?

– Con las asociaciones que llevan un registro de los casos de NDE o, simplemente, de pacientes que salen de su cuerpo. Por ejemplo, la IANDS: International Association for Near Death Studies.

– ¿Es estadounidense?

– Hay una oficina en Estados Unidos pero también en Francia y en varios países de Europa. Pregunta en todas las filiales. Probablemente se acuerden de si algún hombre se ha interesado en las experiencias negativas. O, simplemente, de un sujeto sospechoso. Como dominas tantos idiomas no tendrás el menor problema.

Foucault me sacó la lengua. Continué:

– Amplía la búsqueda a todos aquellos a los que han rescatado de forma espectacular, aunque no hayan experimentado visiones. Al fin y al cabo, si estoy en lo cierto, mi asesino se encarga de grabar cosas en su mente. Deben de existir asociaciones que se ocupan de los casos de supervivientes del coma.

Encendí un Camel. A la mierda el aire puro del local.

– Por mi parte -dije-, conseguiré las historias clínicas de Raïmo Rihiimäki, Agostina Gedda y Manon Simonis. Quizá surja un nombre común a las tres historias. Un médico, un experto, un especialista.

Meyer susurró:

– Joder, Mat, está muy bien salir con dos cojones, pero tenemos otros casos cocinándose.

– Dejadlo todo.

– ¿Y Dumayet? -preguntó Foucault.

– Yo me ocupo. Esta investigación tiene prioridad absoluta. Quiero veros a los tres metidos de cabeza en esto. De inmediato.

Silencio sepulcral. Solté una carcajada. Hice señas al camarero.

– Ahora, ocupémonos de cosas serias. Seguro que esta gente tendrá alguna botella escondida por ahí, ¿verdad?

107

Fuera me esperaba una bomba.

Un mensaje de Manon, de las nueve y diez.

– ¿Dónde estás? ¡Me están arrestando, Mat! ¡Me llevan en detención preventiva! No sé adónde. ¡Ven a buscarme!

La comunicación terminaba con un suspiro breve, jadeante, el de un animal aterrorizado. De modo que Magnan se había movido más rápido de lo previsto. Y había optado por la peor medida: la detención preventiva. Veinticuatro horas encerrado, prorrogables una vez, con cacheo y confiscación de cualquier objeto personal. ¿Quién la interrogaría? Pensé en los tíos de la 1.a DPJ, los más duros de todos.

Llamé a Manon. Contestador. Marqué el número de la magistratura. Contestador también. Me cago en… Hice dos llamadas más y me informaron que le estaban tomando declaración en la rue des Trois-Fontanots de Nanterre.

Conecté la sirena, puse la luz giratoria en el techo y salí en dirección a la Défense. Los destellos de luz saturaban mi habitáculo de un azul helado. Sin levantar el pie del acelerador me dije que, a pesar de todo, no debía olvidar mi investigación. Aparté de mi mente las imágenes de Manon en lágrimas, perdida, y volví a la otra prioridad: los expedientes de los que se habían salvado por un milagro.

Llamé a Valtonen, el psiquiatra de Raïmo Rihiimäki. Le expliqué mi urgente demanda gritando; debía enviarme cuanto antes la historia médica de Raïmo, incluidos los nombres de los médicos y especialistas que lo habían tratado.

Valtonen ya los tenía en el ordenador. Podía mandármelos por e-mail inmediatamente, pero no había encontrado la versión inglesa. Todo estaba redactado en estonio. No sería un problema: buscaba un nombre, no una disertación científica.

A pesar del estrépito de la sirena, me puse en contacto con la Oficina de Constataciones Médicas de Lourdes, para conseguir los nombres de los expertos que habían certificado el milagro de Agostina Gedda. Me explicaron que esos documentos no estaban disponibles debido a una investigación criminal. Pierre Bucholz, el médico que había seguido a Agostina, acababa de ser asesinado.

Colgué sin más y sin dar mi nombre. Joder. Joder. Joder. Pensé en Van Dieterling. Él también tenía el expediente, pero era pedirle otro favor y no quería más negociaciones con el purpurado.

Quedaba la diócesis de Catania. Llamé a monseñor Corsi. Desactivé la sirena y hablé con dos sacerdotes antes de que el arzobispo me atendiera. Se acordaba de mí y no veía ningún problema en hacerme llegar el informe del peritaje de la Santa Sede. Pero quería enviarme las fotocopias por correo, lo que significaba que tardaría, como mínimo, una semana. Manteniendo la sangre fría, expliqué la urgencia de mi investigación y conseguí que uno de sus diáconos me enviara el expediente por fax aquella misma mañana. Me deshice en agradecimientos.

Sobre la marcha, marqué el número del hospital universitario de Lausana. También tenía que conseguir los documentos sobre el rescate y el tratamiento de Manon Simonis. El doctor Moritz Beltreïn estaba en un seminario y no regresaría hasta la tarde. Solo él sabía dónde estaba el expediente. ¿Quería dejarle un mensaje?

Pedí hablar con la becaria que había conocido la primera vez que había ido allí, me acordaba de su nombre: Julie Deleuze. Solo trabajaba los fines de semana y no empezaba hasta el viernes a última hora de la tarde, es decir, en unas horas. Me prometí llamar más tarde.

Porte Maillot.

Hice mis cálculos. Conseguiría los expedientes de Raïmo y de Agostina durante el día. Por otra parte, Éric Thuillier iba a hacerme llegar la lista de todos los que habían visitado a Luc Soubeyras después de que despertara. Solo me faltaría el informe de Manon, para comparar todos esos datos y ver si surgía un nombre.

Evité el túnel de Saint-Germain-en-Laye y tomé la avenida de circunvalación, que me condujo rápidamente a la salida «Nanterre-Parc», la vía más rápida para alcanzar el cuartel general de la pasma de Nanterre.

Unos guardias uniformados me prohibieron el acceso a las oficinas. No me había citado con nadie y ellos no me habían llamado. Estaba claro que tenía menos suerte que Foucault, que había entrado la noche anterior como Pedro por su casa. Pedí que avisaran de mi presencia a Corine Magnan.

Cinco minutos más tarde, la juez pelirroja apareció. Sus mejillas ya no tenían color de herrumbre sino de fuego. Ni siquiera me saludó.

– ¿Qué hace aquí? -soltó, cruzando el detector de metales.

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