El Peso De La Culpa
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:
Quería agarrar a todas las personas que veía, en el piso de los huéspedes, en el salón, en la cocina, en los terrenos. Quería sacudirlas a todas. Quería gritar dónde está ayúdenme qué está haciendo adonde ha ido qué significa su… oh Dios no me lo digas porque sé lo que significa y siempre lo he sabido y no quiero oírlo afrontarlo sentirlo reconciliarme con lo que es… no no no… ayúdame a encontrarle ayúdame.
Corría a través del aparcamiento sin ser consciente de que había ido allí, y luego comprendió que su cuerpo se había apoderado de una mente que había dejado de funcionar. Al tiempo que tomaba conciencia de sus intenciones, vio que el Land Rover no estaba en el aparcamiento. Él se lo había llevado: quería dejarla sin medios de desplazarse.
No iba a aceptarlo. Giró en redondo y regresó al hostal, donde la primera persona que vio era una de las dos mujeres de Grindleford (¿por qué siempre las había llamado las mujeres de Grindleford, como si no tuvieran nombres?), y se precipitó hacia ella.
Nan sabía que su aspecto era el de una perturbada. Y así se sentía, desde luego. Pero eso daba igual.
– Su coche -dijo-. Por favor. -Fue lo máximo que acertó a decir, porque descubrió que la respiración le fallaba.
La mujer parpadeó.
– ¿Se encuentra mal, señora Maiden?
– Las llaves. Su coche. Es Andy.
Por suerte, con eso bastó. Al cabo de unos momentos, Nan iba al volante de un Morris tan antiguo que el asiento del conductor consistía en una delgada capa de relleno que cubría los muelles.
Aceleró y descendió por la ladera. Solo pensaba en encontrarle. Ni siquiera había empezado a pensar adonde había ido y por qué.
Barbara descubrió que no era fácil conseguir que Winston Nkata participara. Una cosa había sido que la invitara a intervenir en una investigación cuando ella era una agente más a la espera de una misión, mientras él se desplazaba a Derbyshire con Lynley. Y otra muy distinta era que Barbara le pidiera que se uniese a ella en una parte de la misma investigación, después de haber sido expulsada del caso. Su investigación particular no estaba autorizada por su oficial superior. Cuando habló con Nkata, se sentía un poco como el señor Christian, mientras que su colega no parecía muy ansioso por hacer un crucero en la Bounty [18]
– Ni hablar, Barb. El horno no está para bollos.
– Solo es una llamada telefónica, Winnie. Además, es tu hora de comer, ¿no? O podría ser tu hora de comer. Has de comer. Así que nos encontraremos allí. Comeremos en el barrio. Lo que más te apetezca. Yo invito. Lo prometo.
– Pero el jef…
– … ni siquiera se enterará si no sacamos nada en limpio -terminó Barbara por él, y añadió-: Winnie, te necesito.
El hombre vaciló. Barbara contuvo el aliento. Winston Nkata no era un hombre que tomara decisiones precipitadas, de modo que le concedió tiempo para pensar en su petición desde todos los ángulos. Y mientras él pensaba, ella rezaba. Si Nkata no se sumaba a su plan, no tenía ni idea de quién más podría hacerlo.
– El jefe ha pedido un fax de tu informe del CRIS, Barb -dijo él por fin.
– ¿Lo ves? Aún sigue ladrando a ese estúpido árbol y no hay nada en las ramas. Nada de nada. Venga, por favor. Winnie, eres mi única esperanza. Así de claro. Lo sé. Solo necesito que hagas una llamada telefónica.
Le oyó mascullar la palabra «joder».
– Dame media hora -dijo.
– Fantástico -dijo Barbara, y se dispuso a colgar.
– Barb -la detuvo él-. No hagas que me arrepienta de esto.
Barbara se dirigió hacia South Kensington. Después de recorrer en ambas direcciones todas las calles, desde Exhibition Road hasta Palace Gate, encontró por fin aparcamiento en Queen's Gate Gardens, y marchó a pie hasta la esquina de Elvaston Place con Petersham Mews, el punto donde se encontraban las únicas cabinas telefónicas de Elvaston Place. Había dos, y dentro colgaban hasta tres docenas de tarjetas postales como las descubiertas bajo la cama de Terry Cole.
Nkata, que debía recorrer una distancia mayor desde Westminster, aún no había llegado. Barbara cruzó Gloucester Road en dirección a una panadería francesa que había observado durante sus circumnavegaciones del barrio en busca de aparcamiento. Incluso desde la calle y dentro del coche, había percibido el canto de sirena de los cruasanes de chocolate. Como tenía tiempo hasta que apareciera Winston, decidió que era absurdo no prestar oídos al desesperado lamento de su cuerpo por la falta de dos grupos alimenticios básicos, que ese día le había negado hasta el momento: mantequilla y azúcar.
Veinte minutos después de su llegada a South Kensington, Barbara vio que el cuerpo larguirucho de Winston Nkata subía por la calle desde Cromwell Road. Se metió el resto del cruasán en la boca, se secó los dedos en la camiseta, trasegó las últimas gotas de coca-cola y cruzó la calle justo cuando el hombre llegaba a la esquina.
– Gracias por venir -dijo.
– Si estás en lo cierto sobre ese tío, ¿por qué no le detenemos? -preguntó él-. Tienes chocolate en la barbilla, Barb -añadió, con el estoicismo de un hombre bastante familiarizado con sus peores vicios.
Barbara utilizó la camiseta para solucionar el problema.
– Ya conoces las reglas. ¿Con qué pruebas contamos?
– El jefe ha encontrado esa chaqueta de cuero, para empezar.
Nkata explicó los detalles del hallazgo de Lynley en el hotel Black Angel.
Barbara se alegró de conocerlos, sobre todo porque apoyaban su conjetura de una flecha como una de las armas del asesino. Pero había sido Nkata quien había pasado la información de la flecha a Lynley, y si Winston telefoneaba al inspector otra vez y decía: «Por cierto, jefe, ¿por qué no detenemos a ese King-Ryder y le tomamos las huellas, y de paso aprovechamos para interrogarle sobre chaquetas de cuero y viajes a Derbyshire?», Lynley vería el apellido Havers estampado en toda la sugerencia, y ordenaría a Nkata que diera marcha atrás con tal rapidez que se encontraría en Calais sin darse cuenta.
Nkata no era un tío que desafiara órdenes por amor o dinero. Y no iba a experimentar un repentino cambio de personalidad en honor de Barbara. Por tanto, debían mantener a Lynley en la inopia a toda costa, hasta que hubieran construido la jaula y King-Ryder estuviera sentado dentro, y cantando.
Barbara explicó todo esto a Nkata. Él escuchó sin hacer comentarios. Al final, asintió.
– Detesto hacerlo sin que él lo sepa -dijo.
– Ya lo sé, Winnie, pero no nos ha dejado otra alternativa, ¿verdad?
Nkata tuvo que admitirlo.
– ¿Cuál uso? -dijo, y señaló las cabinas.
– Eso da igual de momento, siempre que estemos atentos a que ninguna de las dos se utilice después de la llamada. Yo apostaría por la de la izquierda. Tiene una maravillosa postal de Travestís de Ensueño, por si necesitas un poco de diversión esta noche.
Nkata puso los ojos en blanco. Entró en la cabina, sacó unas monedas y llamó. Barbara escuchó su parte de la conversación. Se metió en la piel de un caribeño radicado al sur del Támesis. Como era la voz de sus veinte primeros años de vida, fue una interpretación estelar.
El guión fue de una simplicidad pasmosa, en cuanto King-Ryder se puso al teléfono.
– Creo que tengo un paquete que usted quiere, mista King-Ryder -dijo Nkata, y escuchó-. Oh, supongo que ya sabe a qué paquete me refiero… ¿Le suena Albert Hall? Ah, no, de ninguna manera. ¿Necesita la prueba? Ya conoce la cabina telefónica. Ya sabe el número. ¿Quiere la partitura? Llame.
Colgó y miró a Barbara.
– El cebo está en el anzuelo.
– Esperemos que pique.
Barbara encendió un cigarrillo y recorrió los escasos metros que distaba Petersham Mews, donde se apoyó contra un Volvo polvoriento y contó hasta quince antes de volver a la cabina telefónica, y después otra vez al coche. King-Ryder tendría que pensar antes de actuar, analizar los riesgos y los beneficios de descolgar el auricular en Soho y traicionarse. Tardaría varios minutos. Estaba ansioso, desesperado, era capaz de matar. Pero no era idiota.
[18] Referencia a la famosa película (y novela) Rebelión a bordo. (N. del T.)