El Peso De La Culpa
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:
De vuelta al hotel Black Angel, Hanken había perfeccionado su teoría. Dijo que Maiden era demasiado astuto para matar a su hija personalmente, por más que lo deseara. Había contratado a uno de los tíos relacionados con su pasado, y había despistado a la policía al decirles que se trataba de un asesinato por venganza, para que se concentraran en los delincuentes encarcelados o en libertad condicional, mientras los que se habían codeado con Maiden pero carecían de motivos para vengarse, escaparían a la atención de la policía. Era un truco muy inteligente. En consecuencia, Hanken quería el informe del SO10 para ver si alguno de los nombres coincidía con el de un cliente registrado en el hotel.
– Imaginas cómo pudo suceder, ¿verdad? -preguntó Hanken a Lynley-. A Maiden le bastó con informar a su hombre del lugar donde su hija iba a acampar.
Lynley quiso discutir, pero no lo hizo. Andy Maiden, más que nadie, conocía los riesgos de contratar a alguien para cometer un asesinato. Que lo hubiera hecho para quitarse de encima a una hija cuyo estilo de vida le resultaba intolerable era algo impensable. Si el hombre hubiera querido eliminar a Nicola porque no podía obligarla a cambiar sus costumbres, no habría buscado a otra persona que le hiciera el trabajo, sobre todo a alguien que se hubiera derrumbado durante el interrogatorio y apuntado un dedo acusador en su dirección. No. Si Andy Maiden hubiera querido eliminar a su hija lo habría hecho él mismo. Y habían descartado todas las presuntas pruebas que podían señalarlo como culpable.
Lynley comió mientras Hanken leía el informe y devoraba su plato; terminó los dos al mismo tiempo.
– Venables, Thompson y Brick -dijo, en una demostración de haber llegado a la misma conclusión que Lynley-. Comparemos sus nombres con los que aparecen en los registros del hotel.
Lo hicieron. Cogieron todos los registros de la semana anterior y verificaron los nombres de todos los huéspedes del hotel durante esos días. Como el informe abarcaba más de veinte años de experiencia de Andy Maiden como policía, tardaron bastante. Pero al final seguían como al principio. Ningún nombre coincidía.
Fue Lynley quien indicó que alguien contratado para asesinar a Nicola Maiden no se hubiera registrado en un hotel local y utilizado su nombre verdadero. Hanken lo admitió. Sin embargo, en lugar de desechar por completo la idea de un asesino a sueldo, que se había alojado en el hotel y abandonado la chaqueta y el impermeable, dijo con palabras vagas:
– Por supuesto. Vamos a Buxton.
¿Qué pasa con Broughton Manor?, preguntó Lynley. ¿Iban a dejarlo correr en favor de… qué? ¿En persecución de alguien que tal vez no existía?
– El asesino existe, Thomas -replicó Hanken, al tiempo que se levantaba-. Y se me ocurre que lo localizaremos a través de Buxton.
– Pero ¿por qué me has telefoneado a mí, y no al inspector? -preguntó Barbara a Helen.
– Gracias, Charlie -dijo Helen-. ¿Te ocuparás de devolver esos muestrarios de papel pintado a Peter Jones? Ya los he escogido. Están señalados.
Denton asintió.
– Lo haré -dijo, y subió la escalera después de apagar la cadena y sacar el CD.
– Gracias a Dios que Charles es un apasionado de los musicales del West End -dijo Helen, cuando Barbara y ella estuvieron a solas-. Cuanto más le conozco, más valioso me parece. ¿Quién lo habría pensado? Porque cuando Tommy y yo nos casamos, me pregunté cómo me sentaría que el mayordomo de mi marido, o lo que sea Charlie Denton, estuviera todo el día rondando por la casa, como un lacayo del siglo xix. Pero es indispensable. Ya lo has visto.
– ¿Por qué, Helen? -preguntó Barbara, indiferente a los comentarios de la otra mujer.
El rostro de Helen se suavizó.
– Le quiero -dijo-. Pero no siempre tiene razón. Nadie la tiene siempre.
– No le gustará que me hayas informado de esto.
– Sí. Bien. Ya lo arreglaré cuando llegue el momento. -Helen indicó la partitura-. ¿Qué vas a hacer con eso?
– ¿En relación al crimen?
Cuando Helen asintió, Barbara consideró todas las respuestas posibles. Recordó que David King-Ryder se había suicidado la noche de estreno de su producción de Hamlet. A juzgar por las palabras de su hijo, King- Ryder había sabido la misma noche que el espectáculo era un éxito absoluto. No obstante, se había suicidado, y cuando Barbara combinaba este dato, no solo con la autoría real de la letra y la música, sino con la historia que Vi Nevin le había contado sobre cómo había llegado la partitura a las manos de Terry Cole, siempre llegaba a la misma conclusión: alguien sabía que David King-Ryder no había escrito la letra o la música del espectáculo que había montado con su nombre. Esa persona lo sabía, porque de alguna manera había conseguido la partitura original. Considerando que la llamada telefónica interceptada por Terry Cole en Elvaston Place había tenido lugar en junio, coincidiendo con el estreno de Hamlet, parecía razonable llegar a la conclusión de que el destinatario de la llamada no era Matthew King-Ryder, ansioso por producir un espectáculo que no estuviera controlado por el testamento de su padre, sino el propio David King-Ryder, desesperado por recuperar la partitura y ocultar al mundo el sencillo hecho de que la obra no le pertenecía.
¿Por qué, si no, se había suicidado King-Ryder, a menos que hubiera llegado a la cabina telefónica con un retraso de cinco minutos para recibir la llamada? ¿Por qué, si no, se había suicidado, a menos que estuviera convencido de que, pese a haber pagado al chantajista, que debía telefonearle para indicar dónde debía «recoger el paquete», iba a ser chantajeado ad infinitum? ¿O peor aún, que iba a ser denunciado a la misma prensa que le había denostado durante años? Claro que se había suicidado, pensó Barbara. No podía saber que Terry Cole había interceptado la llamada dirigida a él. No podía saber cómo ponerse en contacto con el chantajista, con el fin de averiguar qué había salido mal. Como no recibió la llamada en la cabina de Elvaston Place cuando llegó, pensó que estaba acabado.
La única pregunta era: ¿quién había chantajeado a David King-Ryder? Y solo había una respuesta remotamente razonable: su propio hijo. Existían pruebas, aunque fueran circunstanciales. No cabía duda de que Matthew King-Ryder había sabido, antes del suicidio de su padre, que no iba a conseguir nada cuando David King-Ryder muriera. Si iba a presidir la Fundación King- Ryder, cosa que había admitido cuando Barbara habló con él, habría sido informado de las cláusulas del testamento de su padre. Por lo tanto, la única forma de apoderarse de una parte del dinero de su progenitor era extorsionarle.
Barbara explicó todo esto a Helen, y cuando terminó esta preguntó:
– Pero ¿tienes alguna prueba? Porque sin pruebas… -Su expresión dijo el resto: estás acabada, amiga mía.
Barbara caviló la respuesta mientras terminaba de comer. Y la encontró en un breve repaso a su visita a King-Ryder, en el piso de Baker Street.
– La casa -dijo a la mujer de Lynley-. Helen, se estaba cambiando de casa. Dijo que por fin había reunido dinero suficiente para comprar una propiedad al sur del río.
– Pero al sur del río… Eso no es exactamente…
Helen parecía incómoda, y a Barbara le gustó su reticencia a llamar la atención sobre la considerable fortuna de Lynley. Se necesitaba mucho dinero para comprar aunque fuera una alacena en Belgravia. Por otra parte, la zona situada al sur del río, donde los mortales inferiores compraban casas, no presentaba dichos problemas. King-Ryder podría haber ahorrado lo suficiente para comprar una casa allí. Barbara aceptó esa posibilidad.
– No existe otra explicación para la conducta de King-Ryder -dijo, no obstante-. Mintió sobre lo que pasó cuando Terry Cole fue a su despacho, registró el piso de Cole en Battersea, compró una de las monstruosidades de Cilla Thompson, fue al piso de Vi Nevin y lo puso patas arriba. Ha de apoderarse de esa partitura, y hará cualquier cosa con tal de conseguirla. Su padre ha muerto, y él tiene la culpa. No quiere que el recuerdo del pobre capullo se vaya a tomar por culo también. Quería un poco de pasta, no cabe duda, pero no quería verle destruido.