Esclavos de la oscuridad
- Автор: Гранже Жан-Кристоф
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
– Pero, teóricamente, es posible.
Me lanzó una mirada de soslayo.
– ¿Solo tiene sospechas o se trata de algo más?
– Creo que esa persona podría haber utilizado una planta africana. La iboga.
– Veo que va a por todas. La iboga es un psicotrópico muy potente. ¿Su doctor Mabuse habría hecho ingerir esa sustancia a Luc cuando despertó, para hacerle creer que había sufrido una NDE?
– ¿Es posible o no?
– No creo, no. La iboga provoca efectos muy fuertes. Vómitos y convulsiones. Luc los recordaría. Luego está el problema de la ingestión. Ese hierbajo suele ingerirse en forma de pócima y…
– Me han hablado de un preparado inyectable.
– Para ello hay que ser un especialista. Aislar el principio activo. Tratar la molécula. Además, la iboga es una planta peligrosa, un verdadero veneno. Las víctimas en África son innumerables.
Levanté la mano.
– El problema no se plantea en esos términos. De todas maneras, el sospechoso que imagino es un asesino psicópata. Un hombre que se cree el diablo y actúa sin ninguna consideración moral.
– Empieza a ponerme los pelos de punta.
– Sigamos imaginando. ¿Es posible asociar la iboga a otros anestésicos?
– Sí, siempre que se trate de un experto.
Un químico. Un botánico. Un entomólogo. Y ahora un farmacéutico o un anestesista. Y también, un médico que tuviera acceso al servicio de reanimación del Hôtel-Dieu. El perfil se hacía cada vez más preciso.
Continué:
– Entonces, ¿está de acuerdo con mi hipótesis?
– Me parece cogida por los pelos. Es excesivamente complicada. Habría que mezclar varios productos: uno para aletargar al paciente, otro para prevenir los efectos secundarios de la iboga; luego la iboga en sí, diluida en un compuesto…
– Y también algo que facilite el poder de sugestión.
– ¿Y eso?
– Durante la operación, el manipulador se le aparece al superviviente, caracterizado, disfrazado como si fuera el diablo. Penetra en el trance, por así decir. Se integra en la alucinación, durante el ritual bioquímico.
– ¿Como el anciano del que ha hablado Luc?
– Exactamente. En el momento de la experiencia, cuando el sujeto tiene la impresión de salir de su cuerpo y divisa el túnel, el asesino surge, maquillado, disfrazado.
– ¿Qué pasa si el sujeto está inconsciente?
– No lo estaría del todo. Es cuestión de dosificar los productos, ¿no? Quizá mi aprendiz de brujo provoca un estado de semiinconsciencia.
Thuillier rió nerviosamente:
– ¿No le parece que está cargando un poco las tintas? ¿Para qué organizar semejante follón?
– Creo que tengo que vérmelas con un criminal genial, un homicida que juega con la patología de las víctimas. Un hombre que crea su propio universo maléfico, alejado de la especie humana. Sería como un asesino metafísico.
– ¿A Luc Soubeyras lo habrían drogado cuando despertó?
– Es lo que supongo.
– ¿En mi servicio?
– Comprendo que pueda chocarle. Además, no tengo ni el menor asomo de una prueba, ni siquiera un indicio. Excepto por la presencia de la iboga en mi investigación.
Thuillier parecía reflexionar.
– ¿Tiene otro pitillo? -preguntó por fin.
Le pasé el paquete arrugado y luego cogí uno a mi vez. La sala empezaba a parecer un hammam. A través de la primera nube azulada, murmuró:
– Se mueve usted en un mundo más bien… aterrador.
– Es el mundo de la persona que busco. No el mío.
Durante algunos segundos, expulsamos bocanadas de humo en silencio. Fui yo quien retomó el hilo de la conversación. Mis ideas se ordenaban.
– Si estoy en lo cierto, significa que el visitante se ha introducido en su servicio con algún pretexto. O quizá forma parte del equipo de especialistas que han tratado a Luc. ¿Podría ver la lista de médicos que lo han visitado?
– No tengo inconveniente. Pero puedo asegurarle que conozco a los matasanos que…
– Sea como sea, ese hombre ha sido informado del despertar de Luc. ¿Quién estaba al corriente?
Thuillier se pasó la mano por los cabellos.
– Habría que hacer una lista, de médicos pero también de los equipos de enfermeras, farmacéuticos, el personal administrativo. Una considerable cantidad de gente. Eso sin contar con internet. Es posible que la noticia se haya sabido de diversas maneras. Aunque solo sea a través de un pedido de determinados fármacos.
Apunté mentalmente las diferentes vías. Thuillier levantó la cabeza.
– Si he comprendido bien, ¿Luc sería una víctima entre otras?
– Sospecho que existe una serie, sí.
– ¿Y ese fulano estaría siempre a la cabecera del reanimado?
– No, no siempre. Creo que también condiciona a los supervivientes después de despertar. Se aprovecha de la fragilidad de sus mentes. Cuando el sujeto sufre la alucinación años más tarde, piensa que está rememorando una NDE que vivió en el momento del coma. Como si, de repente, se descorriera un velo en su memoria.
Mientras enunciaba mis suposiciones, notaba que mi corazón se aceleraba. Tenía la sensación de que mi sangre se largaba. Con mis palabras, con mis reflexiones, el Visitante del Limbo tomaba forma.
Un creador de Sin Luz.
Un diablo encarnado en la tierra, fabricando pacientemente su ejército.
El neurólogo se puso de pie y me palmeó amistosamente el hombro.
– Vayamos a tomar un café. Me parece que está bajo mucha presión. Le escribiré la lista. Y también le daré la documentación sobre la iboga. Uno de mis estudiantes investigó sobre ella el año pasado. ¡Siempre hay algún aficionado a estas historias psicodélicas!
104
La noche del viernes, la rue Myrrha hacía realidad todas sus promesas.
Bares destartalados, conciliábulos en las aceras, yonquis pegados a los muros, putas anglófonas congeladas bajo los portales… y patrullas de polis municipales. La lluvia nublaba la noche, pero nunca había visto las cosas tan claras. Tenía mi hilo conductor. La iboga. Como los Siervos de Satán, mi Visitante necesitaba esa planta.
De vuelta a la casilla de salida.
En casa de Foxy, la bruja.
La caja de escalera brillaba con mil luces minúsculas. Por los agujeros tapados, las puertas agrietadas, las fisuras del parquet, cada piso titilaba: bombillas desnudas, lámparas de gas, velas, creando un miserable mundo de magia. Trepé por esa espiral, enfrentándome a los olores a mandioca, a fritanga y a orina.
El energúmeno del piso de Foxy me reconoció. Se hizo a un lado para dejarme entrar en la vivienda okupa antes de seguir mis pasos. Atravesando el laberinto de habitaciones, vi a las chicas que se preparaban, de rodillas sobre sus esteras, como si fueran a rezar, mirándose en pequeños espejos o haciéndose la manicura con un esmero de artista.
Otro tipo, con el rostro tapado por las sombras. Mi acompañante le hizo una señal y pude pasar. Levanté la cortina de lona. Los bibelots acartonados, los baúles, las botellas, las lentas oleadas de humo; no faltaba ningún detalle. Un mundo rastrero y mágico donde las patas de bicharracos, los ramos de arbustos, los rosarios de conchas y caracolas parecían flotar amenazadoramente.
Foxy estaba sola. Sentada en el suelo, con la túnica abierta, manipulaba trozos de paneles de abejas que mordisqueaba como si fuesen galletas. Antes de que la saludara, escuché su risa ahogada.
– Honey, has vuelto a encontrar mi camino -dijo en inglés.
– Muchos caminos llevan hasta ti, Foxy.
– ¿Qué se te ofrece, rey mío?
– Siempre lo mismo. Información sobre Massine Larfaoui.