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Esclavos de la oscuridad

Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:

Una novela deslumbrante que explora el filo entre la vida y la muerte, lo divino y lo satánico.
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
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Llevé la taza a mis labios y me paré en seco. Una idea acababa de cruzar mi mente. Desde hacía mucho tiempo, desde que había descubierto la existencia de los Sin Luz, sospechaba que había un hombre en la sombra, una especie de «entrenador», que ayudaba y apoyaba a esos «visionarios». En el fondo, nunca había creído en la culpabilidad de Agostina, no más que en la de Raïmo. Ninguno de los dos poseía los conocimientos necesarios para llevar a cabo el sacrificio con los insectos.

Pero no había ido lo suficientemente lejos en mi razonamiento.

Un hombre oculto, sí, pero no solo eso.

Un verdadero criminal.

Un homicida que asesinaba en lugar de los Sin Luz y que conseguía, de algún modo, convencerlos de su culpabilidad.

Van Dieterling había mencionado un «supraasesino».

Zamorski, un «inspirador».

Pero ambos hablaban siempre del diablo en persona.

La verdad era otra: un hombre, un simple mortal, mataba a la sombra de los Sin Luz. Un demente que localizaba los casos de supervivientes en toda Europa y los vengaba. ¿Acaso la inscripción sobre la corteza, en Bienfaisance, no decía «yo protejo a los sin luz»?

No debía buscar un culpable del caso Sylvie Simonis.

Debía buscar un asesino para los tres casos. ¡Y sin duda otros más!

Un homicida que vivía en el Jura, de eso estaba seguro, y que actuaba en toda Europa. No solo un manipulador de ácidos que criaba insectos, sino también un hombre capaz de penetrar en la mente de los Sin Luz para hacerles creer que eran ellos quienes habían matado.

De repente, otra revelación. ¿Y si ese hombre incluso creara a los Sin Luz? ¿Y si conseguía penetrar en su inconsciente y grabar esas visiones negativas?

No un demonio, un demiurgo.

Un hombre que tiraba de los hilos de los tres crímenes.

Un hombre que orquestaba las visiones que parecían precederles.

Encontré un nombre para mi «supersospechoso».

El Visitante del Limbo.

Sí, tenía que poner los pies en la tierra y ubicar en ella ese teatro maléfico. El anciano luminiscente, el ángel carnicero, el niño despellejado; esas visiones componían el rostro de un solo hombre. Un loco que se caracterizaba, se disfrazaba y trituraba las conciencias. Un asesino que torturaba los cuerpos y dejaba en ellos las señales del diablo. ¡Un demente que se creía Satán y fabricaba sus propios Sin Luz!

Otro vaso de vodka.

Más reflexiones que quemaban.

¿Cómo lograba sugerir a los sujetos sus visiones? ¿Cómo se manifestaba? No había respuesta. Sin embargo, dejaba que se diluyera en mí esa nueva certeza; una oleada cálida, bienhechora.

El Visitante del Limbo.

Semejante cabrón existía y yo iba a echarle el guante.

Él había escrito «te esperaba» y luego «solo tú y yo». ¡Ese diablo esperaba a su san Miguel Arcángel para batirse en el gran duelo!

Me serví otro vaso a la salud de mi idea.

La vibración del móvil me sobresaltó.

Pensé en Corine Magnan. Era Svendsen.

– Creo que hay novedades.

– ¿Sobre qué?

– Las mordeduras.

Había vaciado la mitad de la botella de vodka y mi cabeza estaba llena de teorías; no entendía de qué hablaba mi amigo el forense. Hacía siglos que nadie mencionaba ese aspecto específico de los asesinatos: las marcas de dientes. Era fallo mío: siempre había dejado de lado ese indicio, por miedo a descubrir pruebas físicas de la existencia de Pazuzu, el diablo con la cabeza de murciélago.

El forense continuó:

– Creo que sé cómo opera.

– ¿Estás en la Rapée?

– ¿Dónde quieres que esté?

– Ahora mismo voy.

Me levanté con dificultad, volví a guardar la botella en el congelador y luego cogí mi gabardina y abroché la pistolera al cinturón. Contemplé la puerta del dormitorio. Escribí una nota, explicando que debía salir «por la investigación», y la dejé sobre la mesa baja del salón. Me escabullí sin hacer el menor ruido.

Crucé la calle y golpeé la ventanilla del coche de los tíos que hacían guardia delante de casa. Desde nuestra llegada a París, había reclutado a un equipo para vigilar mi edificio y los desplazamientos de Manon. El cristal bajó. Olor a McDonald’s y a café frío.

– Estaré de vuelta dentro de un par de horas. Permaneced atentos.

Un madero con tez de cartón piedra asintió sin ni siquiera tomarse el trabajo de abrir la boca.

Corrí hasta mi coche. Maquinalmente, alcé los ojos hacia las ventanas de mi piso. De pronto, me pareció distinguir una forma ágil, rápida que se deslizaba detrás de las cortinas del dormitorio. Observé los pliegues de la tela frunciendo las cejas. ¿Se habría despertado Manon o era un reflejo? ¿La luz de unos faros que se habían reflejado en la ventana?

Esperé un minuto largo. No pasó nada. Me puse en camino, sin ni siquiera estar ya seguro de lo que había visto.

Diez de la noche

Circulación fluida, calzada brillante. Encendí un cigarrillo. El gusto a vodka se evaporaba, mi lucidez volvía. Esa salida imprevista tenía visos de fiesta.

Sin embargo, cuando entré en el instituto forense, el malestar me invadió de golpe. Svendsen me esperaba con dos machetes colocados frente a él, sobre una mesa de autopsias. La imagen de Ruanda me llegó hasta la garganta. Sentí un ardor ácido, cargado de vodka y de terror. Me apoyé en una mesa con ruedas.

– ¿Qué es eso?

Tenía la voz alterada. El sueco sonrió.

– Tu solución. La demostración.

Cogió un bote de pegamento industrial y cubrió con él uno de los machetes. Luego, extendió un puñado de fragmentos de vidrio sobre el pegamento. Por fin, puso el segundo machete encima, como quien pone una rebanada de pan sobre el jamón de un bocadillo.

– Ahí lo tienes.

– ¿Qué tengo?

Envolvió los dos mangos con cinta adhesiva hasta formar una sola empuñadura. Luego se volvió hacia un bulto que había bajo una sábana. Sin titubear, desnudó el tronco de un anciano con las facciones hinchadas. Levantó su arma y la abatió violentamente sobre el torso. Me quedé pasmado. A veces, Svendsen no controlaba demasiado.

Con gran esfuerzo extirpó los colmillos de vidrio de la carne y luego me ordenó:

– Acércate.

Yo no me movía.

– Acércate, te digo. No te preocupes. Este cuerpo está aquí desde hace una semana. Un sin techo. Nadie nos demandará por daños y perjuicios.

A regañadientes, di un paso y observé la herida. Simulaba perfectamente las marcas de mordeduras. Por lo menos de «mis» mordeduras. Una hiena o una fiera, descargando su ira en el cadáver de Sylvie Simonis.

– ¿Lo comprendes ahora?

Blandía orgullosamente su doble lanza. A nuestro alrededor, las paredes de acero brillaban débilmente bajo las regletas de iluminación.

– De haber tenido tiempo para encontrar verdaderos dientes de fiera -prosiguió-, el efecto habría sido perfecto.

La pirámide de esquirlas de vidrio brillaba bajo la luz plateada. Ruanda se borró para dar paso a otros horrores. La doble hoja que se abatía sobre Sylvie Simonis. Los ruidos secos de los golpes. Los jadeos del homicida, sin aliento. Las carnes de Sylvie, llenas de heridas, despedazadas.

– ¿De dónde sacaste la idea?

– Un ajuste de cuentas entre negros, en la avenida République. La forma de las mutilaciones me ha llevado a hacer algunas llamadas. Matasanos que habían vivido los conflictos recientes de Ruanda, Sierra Leona, Sudán.

– Nadie utilizaba esa técnica en Ruanda.

Levantó la cabeza.

– Ah, es cierto. Sabes de qué hablo. De hecho, me refiero a Sierra Leona. Me he informado. Los años ochenta. Las milicias de Foday Sankoh. Ciertos grupos usaban este método para hacer creer a la población que contaban con la ayuda de animales salvajes. Ya has estado en esos lugares. No hace falta que te lo cuente.

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