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Encrucijada en el crepúsculo

Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:

Mat Cauthon huye con la hija de las Nueve Lunas mientras la Sombra y el imperio seanchan emprenden una persecución implacable. Por su parte, las Aes Sedai sienten un inmenso flujo de Poder en un lejano paraje del oeste y temen que sea obra de los Renegados o incluso de la propia Sombra.
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
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La voz de Anaiya concordaba con su expresión, afectuosa, paciente y reconfortante, pero haciendo esos comentarios semejaba el sonido de unas uñas arañando una pizarra. Luz, aunque Anaiya dijera que eso era lo que temía que pensara Moria, parecía muy de acuerdo con la idea. Era reflexiva, imperturbable y siempre cuidadosa con las palabras. Si ella estaba a favor del ataque, ¿cuántas más lo estaban también?

Como siempre, la actitud de Myrelle era cualquier cosa menos comedida. Variable y exaltada era el mejor modo de describirla. No reconocería la paciencia aunque le mordiera la nariz. Paseaba de un lado a otro hasta donde los límites de la tienda se lo permitían, pateando el repulgo del vestido y a veces uno de los cojines amontonados contra la pared antes de dar media vuelta para seguir con el recorrido.

—Si Moria está lo bastante asustada para presionar a favor del ataque, entonces es que el pánico la domina. Una Torre demasiado tocada para aguantar no podrá hacer frente a los Renegados ni a nadie. Malind es quien debe preocuparos. Siempre está repitiendo que el Tarmon Gai’don podría estallar en cualquier momento. Le he oído decir que lo que habíamos sentido podría muy bien ser las primeras arremetidas de la Última Batalla. Y que la próxima vez podría ser aquí. ¿Qué mejor sitio que Tar Valon para que la Sombra ataque? Malind nunca ha tenido miedo de tomar una decisión difícil o de retirarse cuando pensaba que era necesario. Abandonaría Tar Valon y la Torre de inmediato si creyera que haciéndolo nos mantendría a salvo para el Tarmon Gai’don. Propondrá levantar el asedio y huir a cualquier lugar donde los Renegados no puedan encontrarnos hasta que estemos preparadas para contraatacar. Si plantea bien la cuestión a la Antecámara, es posible que obtenga el apoyo incluso del consenso plenario.

La mera idea hizo que las palabras se agitaran más en la página que Egwene tenía delante. Morvrin, con el gesto implacable, se limitó a ponerse en jarras y a replicar cada sugerencia con una respuesta seca. «No sabemos todavía lo suficiente para estar seguras de que fueron los Renegados». «Eso no lo sabes hasta que ella lo diga». «Tal vez lo era y tal vez no». «Una suposición no es una evidencia». Se decía que Morvrin no creería que había amanecido hasta que hubiese visto el sol con sus propios ojos. Su voz firme no toleraba necedades, en especial las conclusiones precipitadas. Tampoco ayudaba a aliviar una jaqueca. En realidad no objetaba las sugerencias, simplemente mantenía la mente abierta. Cuando había que salvar un escollo, una mente abierta podía desviarse a uno u otro lado para rodearlo.

Egwene cerró la carpeta que contenía los informes con un golpe sonoro. Entre el gusto repugnante en la lengua y el doloroso latido en su cabeza —¡por no mencionar el incesante parloteo!— no podía concentrarse en la lectura. Las tres hermanas la miraron sorprendidas. Había dejado claro hacía tiempo que la que mandaba era ella, pero trataba de no sacar el genio. Ni que hubiera juramentos de lealtad ni que no, era fácil calificar de irascible a una mujer joven que hiciera gala de mal carácter. Lo que la hizo enfurecerse más, y lo que a su vez hizo que el dolor de cabeza aumentara, lo que…

—Ya he esperado bastante —anunció a la par que se esforzaba en mantener un tono suave, aunque la jaqueca le dio un leve dejo brusco. Quizá Sheriam pensaba que se reuniría con ella en la Antecámara.

Cogió la capa y salió al frío exterior poniéndosela todavía sobre los hombros; Morvrin y las otras dos vacilaron sólo un momento antes de ir tras ella. Acompañarla a la Antecámara podría dar la impresión de que eran su séquito, pero se suponía que tenían que vigilarla, y además Egwene imaginaba que Morvrin estaba ansiosa por escuchar lo que Akarrin tenía que informar y lo que Moria y las otras se proponían hacer con ello.

Nada demasiado difícil de manejar, esperaba Egwene; nada como lo que Anaiya y Myrelle pensaban. Si era preciso, podía intentar aplicar la Normativa de Guerra; pero, aun en el caso de que eso funcionara, gobernar por edicto tenía sus desventajas. Cuando la gente tenía que obedecer en una cosa, siempre encontraba el modo de zafarse en otras, y cuanto más forzada a obedecer estuviera, más huecos encontraba para zafarse. Era un equilibrio natural del que no se podía escapar. Peor aún, había aprendido cuán fácil era habituarse a que la gente se pusiera firme cuando hablaba. Uno acababa asumiéndolo como lo más natural del mundo y entonces, cuando dejaban de obedecer prontamente, lo pillaban a uno a contrapié. Además, con el martilleo de la cabeza —ahora le martilleaba, no era un dolor punzante, no tan intenso—, estaba predispuesta a hablar bruscamente a cualquiera que la mirara mal, y aun cuando la gente tenía que tragárselo, una cosa así se atascaba y no era fácil de pasar.

El sol estaba en el cenit como una bola dorada en el cielo azul, donde había alguna que otra nube blanca, pero no proporcionaba calor, sólo atenuaba las sombras y arrancaba destellos en la nieve que no se había pisoteado. El aire seguía siendo tan cortante como cuando había estado en el río. Hizo caso omiso del frío, se negó a que la afectara, pero sólo los muertos no lo notarían, con el aliento de todo el mundo haciéndose vaho ante sus caras. Era la hora del almuerzo, pero resultaba imposible dar de comer a tantas novicias a la vez, así que Egwene y su escolta avanzaron entre un río de mujeres vestidas de blanco que saltaban de la acera para dejarlas pasar y hacían una reverencia en la calle. Egwene había marcado un paso tan vivo que casi siempre dejaban atrás a las novicias antes de que hubiesen tenido tiempo para hacer algo más que extender las faldas.

La Antecámara no estaba lejos, y sólo en cuatro puntos tuvieron que cruzar las calles embarradas. Se había hablado de hacer puentes de madera lo bastante altos para poder cabalgar por debajo, pero los puentes sugerían una permanencia en el campamento que nadie deseaba. Ni siquiera las hermanas que hablaban de los puentes hicieron presión para que se construyeran. Lo que dejaba como única solución cruzar despacio, con cuidado de recogerse bien la falda y la capa si no se quería llegar pringada de barro hasta las rodillas. Al menos, al acercarse a la Antecámara la muchedumbre que quedaba en las calles fue menguando hasta desaparecer. En los alrededores de la tienda no había nadie; o casi nadie.

Nisao y Carlinya ya esperaban delante del gran pabellón de lona remendada; la menuda Amarilla se mordisqueó el labio inferior y miró a Egwene con ansiedad. Carlinya era la serenidad personificada, fría la mirada, las manos enlazadas sobre la cintura. Sólo que había olvidado la capa, el barro manchaba el repulgo de su falda clara y a los cortos y oscuros rizos de su cabello les hacía falta un buen cepillado. Tras hacer reverencias, ambas se reunieron con Anaiya y las otras dos a corta distancia detrás de Egwene. Todas se pusieron a hablar en murmullos, pero los fragmentos que Egwene oyó eran inocuos, sobre el tiempo que hacía o cuánto más tendrían que esperar. Allí no debían dejar ver que tenían una estrecha relación con ella.

Beonin se acercó corriendo por la acera, exhalando el vaho de la agitada respiración, y se frenó bruscamente; miró a Egwene antes de unirse a las demás. La tensión en torno a sus ojos de color azul grisáceo era más perceptible que antes. Quizá pensaba que esto afectaría a sus negociaciones. Pero sabía que esas conversaciones serían una farsa, una simple estratagema para ganar tiempo. Egwene controló la respiración y practicó los ejercicios de novicia, pero ninguno era eficaz para su dolor de cabeza. Nunca lo eran.

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