Encrucijada en el crepúsculo
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #10
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
No había señales de Sheriam entre las tiendas en ninguna dirección, pero no se encontraban solas en la acera delante del pabellón. Akarrin y las otras cinco hermanas que la habían acompañado, una de cada Ajah, aguardaban en un grupo al otro lado de la entrada. La mayoría hizo una reverencia con aire distraído, pero mantuvieron la distancia. Quizá les habían advertido que no dijeran nada a nadie hasta que hablaran ante la Antecámara. Egwene sólo habría tenido que demandar el informe en ese mismo momento, desde luego. Incluso era posible que lo dieran a la Amyrlin. Seguramente sí. Por otro lado, las relaciones de una Amyrlin con los Ajahs siempre eran delicadas, a menudo incluido el Ajah al que pertenecía antes de ascender. Casi tan delicadas como con la Antecámara. Egwene se obligó a sonreír e inclinó gentilmente la cabeza. Y si mientras sonreía estaba apretando los dientes, estupendo; eso la ayudaba a permanecer callada.
No todas las hermanas parecían haberse dado cuenta de su presencia. Akarrin, esbelta en el vestido de sencillo paño marrón y una capa con un sorprendente bordado complejo en color verde, miraba al vacío y asentía para sí de vez en cuando. Al parecer ensayaba lo que diría dentro. No era fuerte en el Poder; si acaso, poco más que Siuan. Sin embargo, sólo otra de las seis, Therva, una mujer delgada con traje de montar de cuchilladas amarillas y capa orlada en ese mismo color, igualaba su nivel. Eso daba una idea de lo asustadas que estaban las hermanas por el extraño faro de saidar. Las más fuertes tendrían que haberse ofrecido voluntarias para la tarea que se les había encomendado a éstas; pero, excepto la propia Akarrin, la falta de celo había sido notable. Sus compañeras tampoco parecían muy entusiasmadas. Shama mantenía normalmente una gran reserva a despecho de unos ojos que le daban un aspecto de continuo sobresalto y que ahora parecían a punto de salirse de las órbitas por la preocupación. Contemplaba fijamente la entrada de la Antecámara, cerrada por las gruesas solapas, y sus manos toqueteaban la capa como si no pudiera tenerlas quietas. Reiko, una robusta arafelina Azul, mantenía gacha la vista, pero las campanillas de plata sujetas al largo cabello negro tintineaban quedamente como si estuviera sacudiendo la cabeza cubierta por la capucha. Sólo el semblante de la nariguda Therva exhibía una expresión de absoluta serenidad, imperturbable e inquebrantable, pero eso en sí mismo era una mala señal. La hermana Amarilla era de naturaleza nerviosa. ¿Qué habían visto? ¿Y qué tramaban Moria y las otras dos Asentadas?
Egwene controló la impaciencia; era obvio que la Antecámara no había iniciado la sesión. Se estaba reuniendo, pero varias Asentadas pasaron ante ella y entraron en el pabellón sin apresurarse. Salima vaciló un momento como si fuese a decir algo, pero después hizo una ligera inclinación, se ajustó el chal de flecos amarillos sobre los hombros y entró en el pabellón. Kwamesa miró a Egwene con la afilada nariz apuntando a lo alto al tiempo que le hacía una reverencia y siguió mirando del mismo modo a Anaiya y a las otras, brevemente; claro que la delgada Gris siempre miraba así a todo el mundo. No era alta, pero intentaba parecerlo. Berana —con el rostro cual una máscara de altanería y los grandes ojos marrones tan fríos como la nieve— hizo un alto para dedicar una reverencia a Egwene y dirigir una mirada ceñuda a Akarrin. Tras unos largos instantes, quizás al darse cuenta de que Akarrin ni siquiera la veía, se alisó innecesariamente la blanca falda con bordados de plata, se ajustó el chal en los brazos y se deslizó entre las solapas de entrada como si diera la casualidad de que iba en esa dirección. Las tres se encontraban entre las Asentadas que Siuan había señalado como demasiado jóvenes. Como también lo eran Malind y Escaralde. Sin embargo, Moria llevaba ciento treinta años siendo Aes Sedai. ¡Luz, Siuan veía conspiraciones en todo!
Justo cuando Egwene empezaba a pensar que la cabeza iba a estallarle por la frustración o por la jaqueca, Sheriam apareció de repente remangándose la falda y la capa mientras cruzaba el barrizal de la calle casi corriendo.
—Lo lamento mucho, madre —dijo, falta de resuello, y encauzando precipitadamente para limpiarse el barro que la había salpicado y que cayó en la acera como polvo seco cuando se sacudió la falda—. Me… me enteré de que la Antecámara tenía sesión, y comprendí que me estaríais buscando, así que vine lo antes posible. Lo siento.
De modo que Siuan seguía buscándola.
—Ya estás aquí —dijo firmemente Egwene. La mujer debía de estar realmente alterada para ofrecer disculpas delante de las otras; de Akarrin y su grupo, más que de Anaiya y las demás. Aun cuando la gente supiera a qué atenerse, tendía a tomarlo a uno por lo que parecía ser, y a la Guardiana no se la debería ver disculpándose y retorciéndose las manos. Ella tendría que saber eso—. Entra y anúnciame.
Sheriam respiró hondo, se retiró la capucha, se ajustó la estrecha estola azul y pasó entre las solapas del pabellón. Su voz resonó con claridad pronunciando las frases rituales:
—¡Aquí llega, aquí llega!
Egwene apenas esperó a que terminara con «la Llama de Tar Valon, la Sede Amyrlin» para entrar y cruzar entre el anillo de braseros y lámparas de pie que jalonaban las paredes del pabellón. Las lámparas daban buena luz, y los braseros, que emitían un aroma a lavanda ese día, caldeaban todo el recinto. Ninguna quería tener que hacer caso omiso del frío cuando podía sentirse verdadero calor.
La disposición del pabellón seguía las normas ancestrales, salvo una ligera modificación permitida por el hecho de que no se reunían en la Torre Blanca, en la gran cámara circular llamada la Antecámara de la Torre. Al fondo, un sencillo aunque bien pulido banco se alzaba sobre una plataforma cubierta con una tela de franjas con los siete colores de los Ajahs. Eso y la estola que lucía Egwene eran sin duda los dos únicos sitios del campamento en los que el Ajah Rojo estaba representado. Algunas Azules habían pedido que se quitara el color, ya que al parecer Elaida había mandado pintar el solio llamado Sede Amyrlin y tejer una nueva estola sin incluir el azul, pero Egwene se había cerrado en banda. Si tenía que pertenecer a todos los Ajahs y a ninguno, entonces serían todos los Ajahs. En las coloridas alfombras que cubrían el piso, dos hileras de bancos se abrían en sesgo desde la entrada en grupos de tres, encima de cajones cubiertos con paños de los colores de los Ajahs. Es decir, de seis Ajahs. Por tradición, las dos Asentadas de más edad podían reclamar los lugares más próximos a la Sede Amyrlin para sus Ajahs, de modo que el Amarillo y el Azul ocupaban esos lugares. Lo siguiente era cuestión de quién venía antes y quería sentarse allí, y las primeras escogían siempre el lugar de su Ajah.
Sólo había presentes nueve Asentadas, muy pocas para que la Antecámara iniciara la sesión, legalmente hablando, pero una variación en los asientos le llamó de inmediato la atención. Romanda ya ocupaba su lugar, lo que no era de sorprender, con un banco vacío entre ella y Salima, y Lelaine y Moria ocupaban los bancos azules del final. Romanda, con el cabello canoso recogido en la nuca en un moño prieto, era la Asentada de más edad y casi siempre la primera en llegar a su sitio cuando la Antecámara tenía sesión. Lelaine, la siguiente en edad a despecho del lustroso cabello oscuro, parecía incapaz de dejar que la otra mujer se le adelantara ni siquiera en algo tan nimio. Los hombres que habían colocado las cajas —almacenadas a lo largo de las paredes de lona hasta que se convocaba una sesión— debían de acabar de marcharse por la salida posterior, ya que Kwamesa, sentada en el banco, era la única Asentada Gris, y Berana, que subía al suyo en ese momento, la única Blanca. Pero Malind, una andoreña de cara redonda con ojos de águila y la única Verde presente, obviamente había entrado antes que ellas y, cosa rara, se había sentado en el banco que las Verdes tenían cerca de la entrada del pabellón. Lo normal era que cuanto más cerca de la Amyrlin, mejor. Y, justo enfrente de ella, Escaralde se hallaba sentada en la parte delantera de las cajas cubiertas con tela marrón, sosteniendo una conversación en voz baja con Takima. Casi tan baja como Nisao, Takima era una mujer callada, con aspecto de pájaro, pero podía mostrarse enérgica cuando quería, y puesta en jarras parecía un gorrión encorajinado con las plumas ahuecadas para parecer más grande. Por el modo en que lanzaba continuas miradas hacia Berana, el sitio era lo que la molestaba. Era demasiado tarde para que hubiese cambios en esta sesión, desde luego, pero en cualquier caso, Escaralde devolvía las miradas a Takima, crecida, como si esperara tener que luchar por su asiento. A Egwene la asombraba cómo podía hacer eso Escaralde. Lo de crecida, se entiende, pues era unos centímetros más baja incluso que Nisao. Debía de ser pura fuerza de voluntad. Escaralde nunca se volvía atrás cuando pensaba que tenía razón. Y siempre creía que la tenía. Si lo que Moria quería realmente era atacar Tar Valon de inmediato y lo que Malind quería realmente era la retirada, ¿qué quería Escaralde?