Sensitiva Amorosa
- Автор: Hansson Ola
- Язык: испанский
- Жанр: Романы для взрослых
Электронная книга - «Sensitiva Amorosa». Краткое содержание книги:
¿Conduce la posesión física irremediablemente al desamor y al hastío? ¿Qué fuerzas inconscientes gobiernan nuestros impulsos eróticos y provocan su muerte? ¿Es que sólo en el silencio y la distancia puede florecer el amor? Los sucesivos episodios de esta atípica novela plantean con una extraordinaria penetración psicológica estas cuestiones que, si bien no escandalizan como hace un siglo, son aún capaces de causar un profundo impacto en el lector de hoy.
Con Sensitiva amorosa, Hansson, al igual que su compatriota y coetáneo Strindberg, rompió con las convenciones sociales y artísticas, creando una única y personal prosa poética que hoy es considerada una de las cumbres de la literatura sueca.
»Todas las noches, hacia la hora de la puesta de sol y del crepúsculo, me dirigía al muelle. Tenía casi la certeza de que la hallaría sentada en el mismo lugar en el que la vi por primera vez, y me decepcionaba bastante el no encontrarla allí, cosa que ocurrió en algunas contadas ocasiones. Me sentaba a poca distancia de ella; el reflejo del sol poniente reposaba como un tenue fulgor arriba en el cielo, mientras abajo se veía ya todo oscuro. La superficie del mar dibujaba un nítido trazo en el nocturno horizonte septentrional. Ella miraba al frente, sola e inmóvil, su silueta recortada contra el agua y el aire. Entonces se volvía hacia mí lentamente, y yo de pronto sentía, de modo instintivo y antes de verla, cómo sus ojos se clavaban en mí. Sin que ninguno de los que se sentaban alrededor se diera cuenta de nada, nos poseíamos el uno al otro con toda la amplitud con que dos seres humanos pueden poseerse. ¿Es en realidad el acto físico de la cópula entre hombre y mujer algo más íntimo que esta fusión del ser de dos personas en que las emociones se mezclan y se fertilizan unas a otras y los pensamientos se entrelazan y dan fruto?
»Llegó la noche, y todos se levantaron y se fueron, uno tras otro; el lugar se iba quedando cada vez más vacío, las piedras deshabitadas. Cuando también ella se hubo marchado y yo mismo me dirigí a casa, tenía la sensación de albergar un secreto en mi interior, un secreto que nadie, salvo otra persona más, conocía; algo que, por así decirlo, me esperaba y que sería capaz de transportarme hacia lo lejos y por una eternidad. Ese algo crecía dentro de mí, llenaba mi ser, proporcionándome nuevas emociones y una nueva perspectiva, de modo que todo lo que me rodeaba, todo lo que hasta ahora era como si no existiese, cambiaba de aspecto y cobraba interés para mí, se convertía en carne de mi carne y sangre de mi sangre: el agua en que me bañaba, el sol ardiente y cegador, el estival cielo azul, las flores, las plantas, las calles, las casas, lo más ínfimo y lo más grandioso. Era como si de súbito me fueran revelados nuevos secretos que antes parecía no haber percibido. Las palabras que escuchaba adquirían un nuevo sonido y un nuevo significado, y las mismas personas que las pronunciaban se me antojaban seres que hasta ahora no conocía. Esa nueva y extraña cosa que llevaba dentro de mí, sin del todo comprender qué era, crecía y se hinchaba de repente: sentía en mi sangre escalofríos de lacerante voluptuosidad; los párpados me ardían y se humedecían; mi mirada se agrandaba; mis pensamientos, saturados de emoción, arrojaban un rayo de luz sobre el secreto de la existencia y se transformaban en visiones; y yo temblaba y me retorcía ante la violenta necesidad de dejarme caer de bruces al suelo y llorar, llorar por todo y por nada, o llorar sin saber por qué. Cuando me preguntaba por la causa y el origen de este estado de ánimo, de esta compasión por todo y por todos, que había sustituido a mi habitual indiferencia, la única respuesta que se me ofrecía era esa mujer triste de rictus melancólico y de mirada dolorosamente inquisitiva, ese extraño amor, hermoso y enfermizo como el cutis de un convaleciente; cuando su lacerante dulzura se mostraba con mayor intensidad y plenitud, se convertía en un melancólico anhelo de abrazarnos fuertemente, ella y yo, como dos fieras asustadas en medio de la tormenta, dejando a la vida, la triste, cruel y espantosa vida, seguir su precipitado curso al margen de nosotros.
Oscurecía. Sobre la ciudad se condensaba un leve vapor, y las gotas seguían cayendo pesadamente en el silencio.
– Y pasaron los días, y el verano se esfumó, y llegó el otoño. Una noche de septiembre -precisamente una noche como ésta, con una húmeda y pesada niebla sobre el mar y siendo mis pensamientos tan turbios como el aire-, mientras nos hallábamos como de costumbre allí sentados sobre los adoquines y prácticamente solos, ocurrió que nos sonreímos, con una afligida sonrisa de triste impotencia, como si los dos nos hubiéramos dado cuenta, en el mismo y preciso instante, de que ya habíamos saboreado lo mejor de la vida y del amor y de que no nos quedaba nada por ofrecernos el uno al otro, de que todo había acabado y de que cualquier palabra que intercambiásemos constituiría un sacrilegio: ahora no nos era dado sino, cada uno por nuestra cuenta, conservar aquel recuerdo.
»A la mañana siguiente me marché.
»Pero también había habido una suerte de gratitud en su mirada».
Ola Hansson