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Sensitiva Amorosa

Электронная книга - «Sensitiva Amorosa». Краткое содержание книги:

Novela motivo de escándalo en Suecia durante años, el malsano néctar de la planta Sensitiva amorosa impregna todas las páginas de este libro que toma su título de dicha especie vegetal imaginaria, y que con su desbordado lirismo, sus entonces audaces referencias sexuales, su elaborado e innovador lenguaje y su estética decadente provocó confusión e indignación entre sus contemporáneos.
¿Conduce la posesión física irremediablemente al desamor y al hastío? ¿Qué fuerzas inconscientes gobiernan nuestros impulsos eróticos y provocan su muerte? ¿Es que sólo en el silencio y la distancia puede florecer el amor? Los sucesivos episodios de esta atípica novela plantean con una extraordinaria penetración psicológica estas cuestiones que, si bien no escandalizan como hace un siglo, son aún capaces de causar un profundo impacto en el lector de hoy.
Con Sensitiva amorosa, Hansson, al igual que su compatriota y coetáneo Strindberg, rompió con las convenciones sociales y artísticas, creando una única y personal prosa poética que hoy es considerada una de las cumbres de la literatura sueca.
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»Casi sentí entonces el peso de un enorme y punzante error. Comencé a notar cómo los vínculos se aflojaban e iba retrayéndome en mí mismo de nuevo, separándome del otro ser con el que me había fusionado. Me sentía otra vez yo mismo como antaño, había recuperado mi anterior personalidad y mi antiguo parecer. Todo lo que me rodeaba volvía a ser como antes. Una luz se extinguió dentro y fuera de mí: la situación me recordaba a cuando la sala de concierto se ilumina de nuevo y se llena de un rumor de voces una vez terminada la pieza que todos hemos estado escuchando en silencio y a oscuras. Pero, por encima de todo, tenía la sensación de que algo con lo que había crecido se soltaba de mí por completo: era como si me levantara de la cama después de un contacto puramente físico, sintiendo tanta vergüenza, ridículo y asco como después de una noche de intimidad con una extraña.

«Proseguimos nuestro viaje, yendo sin rumbo de un lado a otro, y ella cada vez más se me antojaba una desconocida que me acompañaba en mi periplo y a la que pagaba el alojamiento y demás gastos. Su ruidoso entusiasmo hacia todo lo que nos encontrábamos chirriaba junto a mi refinado estado de ánimo. Me avergonzaba y me parecía pueril. Su agresiva devoción hacia mí me parecía ordinaria y grotesca, de modo que la trataba como una de esas baratijas que se acepta comprar por no decir que no. Mi irritación y mi sarcasmo hacia ella no hacían más que crecer, y ni con la mejor voluntad del mundo era capaz de ofrecerle más de lo que se ofrece a la primera que pasa. Naturalmente, no tuvo más remedio que acabar dándose cuenta de que mi actitud para con ella había cambiado. Al principio lo afrontó con su carácter cándido y sencillo, y consideró que se trataba de algo sin importancia, meros arranques esporádicos de mal humor que de ningún modo habían de tomarse en serio. Pero después se dio cuenta de que sus explosiones de afecto y sus manifestaciones de ternura se estrellaban sin remedio contra mi frialdad, que yo las machacaba y arrojaba a la basura como algo inservible: percibí entonces su perplejidad, noté cómo me dirigía largas y asombradas miradas infantiles que herían mi conciencia enferma. Y más tarde, cuando se convenció de que la cosa iba en serio y de que yo la trataba como a un fardo pesado y molesto, de modo tan frío, mecánico y sin ganas como cuando se realiza una tarea monótona, en ese momento se ensimismó. A menudo la veía mirando al infinito con una expresión de desesperanza y melancolía, atormentada por un doloroso problema al que no hallaba solución. Por fin -cuando ya estábamos de vuelta en nuestra casa en el campo-, en una ocasión en que mi irritación y mi sarcasmo hacia ella habían sido especialmente groseros e hirientes, tuvo lugar un cambio repentino y violento en sus emociones, como debido a una suerte de instantáneo y definitivo proceso mental. Me pareció que ella había hecho acopio de todo su carácter en aquella mirada de orgullo y resuelto desprecio que me lanzó y que sostuvo, clavándola en mí como un aguijón, cruelmente desafiante y compasiva a partes iguales.

»Ya había sido todo bastante incómodo mientras estábamos de viaje, mas no lo notábamos tanto entonces. El cambio continuo de gente y de escenario nos había ofrecido siempre algo nuevo en que ocupar nuestro pensamiento y nuestra atención. Mientras esto había durado, nos fue posible vivir cada uno en nuestro mundo sin vernos constantemente forzados a una íntima confrontación en la que no tuviéramos más remedio que ponernos de acuerdo. Pero la situación se ha hecho insoportable al regresar, una vez nos hemos quedado a solas, y día tras día nos hemos tenido el uno al otro como única compañía. ¿De qué serviría una explicación? Ella seguiría sin entenderme del mismo modo que yo no me entiendo a mí mismo. Pues, ¿qué sé yo de este proceso interior mío, de su estructura o de sus causas? Probablemente no se trata sino de una alteración, causada por una necesidad natural, de mis conductos orgánicos y mis células, una reorganización que es un efecto inexorable de una causa dada, invisible, indescriptible y sin posibilidad de prevención. Pero me doy cuenta de que ella espera algo de mí, y ello me hace sufrir. Mi cabeza busca ávida y ansiosamente una salida, pero no la encuentra. Nuestra futura vida en común se muestra ante mí con una enigmática mueca de burla: tengo que cerrar los ojos para no verla, y aun así la sigo viendo.

»La vida se ha torcido para nosotros dos, y No puedo amar la vida ni tampoco despreciarla. Mi sarcasmo ha sido silenciado y la risa se me congela en los labios. Sentado en medio de la existencia, no siento sino horror, pues allí siempre he imaginado encontrarme con la mirada bizca de un loco al que todos hemos de seguir, sin voluntad y a ciegas como sonámbulos».

IV

Fue en el barco de vapor rumbo al Sur desde Lucerna, una mañana de principios de julio. La ciudad quedaba ya bastante lejos al fondo, vasta, elegante, y tan delicada como una exhibición de relucientes casitas de muñecas en un escaparate o como una deliciosa pieza de confitería esculpida con filigranas. El lago de Lucerna comenzaba a recortarse y serpentear entre las cada vez más escarpadas paredes rocosas. El aire, que jugueteaba sobre las cumbres de las montañas y las cimas de los Alpes, se empapaba del frescor de la nieve perpetua antes de deslizarse por las laderas y correr como una enérgica brisa sobre aquel sumidero color verde botella y el pequeño objeto que, como un punto con una estela negra, sobre él se movía.

Había mucha gente en la cubierta superior, bajo un toldo que aleteaba sobre sus cabezas: componían esa extraña y cosmopolita sociedad en miniature, [5] que constantemente es destrozada y reconstruida en cada tren y cada barco en la gran pensión internacional que es Suiza. Yo estaba sentado en uno de los bancos de en medio, y en diagonal frente a mí, en el banco que circundaba la cubierta, me fijé en una joven pareja que había hecho el viaje de Lausana a Lucerna en el mismo tren que yo, se había alojado en el mismo hotel, y ahora continuaba la travesía en el mismo barco. Por el registro del hotel me había enterado de que él era un profesor de un pueblecito costero del norte de Alemania, y basándome en una serie de pequeñas observaciones, había llegado a la conclusión de que eran unos recién casados en luna de miel.

El estaba de pie con el rostro inclinado sobre su Baedeker [6]. Ella contemplaba sentada el paisaje, con los codos en la barandilla y la barbilla apoyada en la palma de la mano. Sentada allí frente a mí, se la veía envuelta por una calma virginal, una armónica pureza, que me había impresionado desde el primer momento en que la vi. Tenía un aire de distinción del que no era consciente; su busto mostraba una firme turgencia; su perfil, un trazo uniforme. Cuando en un momento dado volvió su rostro hacia mí, me encontré con unos ojos de mirada fija, tranquila y prolongada, unos ojos que miraban hacia los míos con cierta noble naturalidad y sencillez, con esa especie de sincera confianza medio titubeante que tiene mucho de súplica. El, por el contrario, era de esos seres que dan la sensación de ser a partes iguales unos pedantes y unos vulgares charlatanes. Su aspecto era mustio. El traje le colgaba como un saco, como mal cortado. Su húmedo cabello negro lucía espeso en la nuca y sobre el cuello de su chaqueta, pero era ralo en la parte superior, dejando una calva en el centro y dos entradas en ambas sienes. Su rostro tenía algo de la insulsez de una húmeda esponja, y lo remataban una barba poco poblada y unas gafas que cubrían unos penetrantes ojos miopes.

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[5] «En miniatura» (en francés en el original).

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[6] Se refiere a las guías turísticas más famosas de la época, lanzadas por la editorial que abrió Karl Baedeker en Coblenza en 1827. Se caracterizaban por detallar de forma minuciosa los restaurantes, hoteles y lugares de interés de cada sitio visitado, y por el uso de estrellas para calificarlos. La intención era ahorrar a los viajeros el coste de guías turísticos.

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