Esclavos de la oscuridad
- Автор: Гранже Жан-Кристоф
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
Esa exposición no me enseñaba nada nuevo, pero era el precio por las respuestas precisas que esperaba. En todo caso, sentado en un sofá de piel gastada, reconsideré mi opinión sobre el cura. Aquella mañana me había parecido exaltado, obsesionado, peligroso. Por la noche, su aspecto era sonriente y bonachón. Un apasionado que hablaba con Satán como Don Camilo hablaba con Jesús.
Lo más característico del anciano era su nariz, enorme. Todas las facciones se agrupaban en su base como una aldea en torno a un campanario. Era una curva convexa que partía abruptamente de la frente para surcar el rostro gris, hasta enroscarse sobre los labios secos.
Era hora de ir al grano.
– Pero, usted -dije, señalándolo con el dedo-, ¿qué opina de la sesión de esta mañana?
Me miró en silencio, con una ligera sonrisa. Su titilante iris le iluminaba el rostro.
– Hemos conseguido ser testigos de un flagrante delito. ¡Un flagrante delito de existencia!
– ¿Del diablo?
Se inclinó encima del escritorio.
– Actualmente se piensa que Lucifer nunca ha existido. En un mundo donde Dios apenas logra sobrevivir, el demonio queda reducido a una superstición. Un cliché de otra época. En cuanto a los casos de posesión, todos entran en el campo de la alienación mental.
– Eso es un progreso, ¿no?
– No. Hay que separar el grano de la paja. Que exista la histeria no significa que el diablo ya no exista. Y el hecho de que nuestras sociedades industrializadas hayan enterrado ese miedo ancestral no significa que el objeto del mismo haya desaparecido. En realidad, muchos religiosos opinan que en el siglo XX, el Anticristo ha triunfado. Ha logrado hacernos olvidar su presencia. Ha penetrado suavemente en los mecanismos de nuestra sociedad. Está en todos los sitios, que es lo mismo que decir en ninguno. Diluido, integrado, invisible. ¡Se mueve sin ruido y sin rostro pero nunca ha sido tan poderoso!
Katz parecía subyugado con sus propias palabras. Volví a lo que me interesaba.
– ¿De modo que la experiencia de Luc ha sido una especie de ventana hacia un ser real?
– Una ventana con vistas a un patio interior -rió con sarcasmo-. Sí. El diablo, el verdadero, se nos ha aparecido esta mañana. Un ser maligno, hostil, cruel, un maestro de la apostasía que se activa en el fondo de todas las almas. «La bestia inmunda agazapada en el fondo de nuestras entrañas.» Al morir, Luc Soubeyras ha establecido contacto con él. Lo ha visto y lo ha escuchado. Ahora está impregnado de esa presencia. Poseído en el sentido profundo del término.
– Pero ¿qué opina de la criatura que se le ha aparecido? Ese anciano de cabellos luminiscentes. ¿Por qué esa apariencia?
– El diablo es mentira, espejismo, ilusión. Multiplica los rostros para confundirnos más. No debemos quedarnos con lo que ven nuestros ojos, con lo que escuchan nuestros oídos. San Pablo nos exhorta: «Revestíos con la armadura de Dios para que podáis resistir las astucias del demonio».
No había manera de escapar de ese pozo de citas. Tomé aliento y formulé la única pregunta que, en el fondo, me importaba en ese momento.
– Al final de la sesión, cuando Luc ha gritado, lo ha hecho en arameo, ¿verdad?
Katz volvió a sonreír. Una sonrisa que irradiaba juventud.
– Por supuesto. Arameo bíblico. El arameo de los manuscritos del mar Muerto. El idioma de Satán, cuando se dirigió a Jesús en el desierto. El hecho de que su amigo lo haya utilizado podría considerarse un síntoma oficial de posesión, en la medida en que él no domina ese idioma.
– Lo domina. Luc Soubeyras estudió en el Instituto Católico de París. Hizo cursos de varias lenguas antiguas.
– En ese caso, estamos ante un caso mucho más grave. Una posesión invisible, sin síntoma, sin signo exterior, absolutamente… ¡integrada!
– ¿Comprendió usted el significado de lo que decía?
– «Dina hou be’ovadâna.» La traducción literal sería: «La ley está en nuestros actos».
– «La ley es lo que hacemos» ¿sería similar?
– Sí, pero en el arameo no existe el tiempo presente. Digamos que sería un presente universal.
La frase de Agostina. La frase del Juramento del Limbo, la ley es lo que hacemos. La libertad absoluta del mal, erigida en ley. ¿Por qué Luc repetía esas palabras? ¿Cómo había llegado a conocerlas? ¿Las había escuchado realmente en el fondo de la nada? Cada elemento reforzaba la lógica de lo imposible.
– Permítame una última pregunta -dije, concentrándome en mis palabras-. ¿Usted había hablado con Luc antes de la experiencia de esta mañana?
– Sí, me había llamado.
– ¿Le pidió que lo exorcizara?
Hizo un gesto de negación.
– No, todo lo contrario.
– ¿Lo contrario?
– Parecía casi satisfecho con su estado. Se observa a sí mismo, por así decir. Es el teatro de una experiencia. El protagonista de su propia condena. Lux aeterna luceat eis, Domine!
101
En la calle escuché el buzón de voz. No había mensajes. Mierda. Me dirigí hacia el coche y decidí ir directamente a casa. En el camino, no podía cambiar de velocidad sin que el cambio crujiera. Frenaba en seco y volvía a acelerar. Cada vez que giraba el volante, sentía dolor en el hombro. Necesitaba dormir bien una noche.
En casa, otra decepción. Manon aún dormía. Me desembaracé de la pistola y de la funda y fui a la cocina. Ella había preparado una comida a mi gusto. Brotes de bambú, judías verdes, aceite de soja, arroz blanco y semillas de sésamo. Había un termo de té lleno. Contemplé el servicio y los cubiertos, cuidadosamente dispuestos sobre la barra: el cuenco de madera de azufaifo, los palillos laqueados, las pequeñas copas, la taza. A mi pesar, vi un mensaje oculto tras esas delicadas atenciones. Siempre el mismo: «Vete a la mierda».
Comí de pie, sin apetito. Las ideas sombrías no me abandonaban. Todo el día había andado entre chiflados, pero yo no valía más que ellos. ¿Por qué perder doce horas en hipótesis condenadas al fracaso? ¿Por qué pasar todo ese tiempo dando vueltas a las visiones de Luc, simples espejismos psíquicos? Y todo eso, en lugar de concentrarme en el aspecto concreto de la investigación: encontrar al asesino de Sylvie Simonis, porque era la única cuestión importante.
La que podía exculpar a Manon.
Desde mi regreso no había avanzado ni un paso en ese sentido. Era incapaz de guiar a mis hombres hacia pistas constructivas. En el Jura no había encontrado nada. La pista de Gabón tampoco había dado resultados. Y durante ese tiempo, llegaban nuevos casos a la Brigada. Los miembros de mi equipo volvían a los expedientes abiertos. Dumayet tenía razón: no era de mi incumbencia.
Interrumpí mi simulacro de cena, guardé la comida en la nevera y coloqué los platos, cuencos y palillos en el lavavajillas. Cogí la botella de vodka del fondo del congelador y llené la taza. La bebí de un trago. Quemaba como leña ardiendo. Cogí la botella y me desplomé en el sofá.
No había encendido las luces. Me quedé en la penumbra, observando las vigas negras del techo. Percibía el rumor de la lluvia y de la circulación detrás de los cristales. Encontrar nuevas vías de investigación. Olvidarme de las visiones de Luc y de la supuesta existencia del diablo. Agotar las soluciones posibles para avanzar en el Jura, con los insectos, el liquen, los ácidos. Tenía que acotar la investigación. Después de todo, tenía un culpable en Italia. Otro en Estonia. Debía concentrarme en el de Sartuis. Una vez detuviera a los asesinos ya tendría tiempo para dedicarme a las especulaciones metafísicas.