Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:
A finales de año y del consulado de Vatia y Apio Claudio, la vida de Sila en Misenum estaba tan perfectamente equilibrada, que la villa entró en una fase de placidez. Escribía a ratos sus memorias, conteniendo la risa cada vez que de su pluma surgía una frase acertada y cáustica sobre Cayo Mario; escribiendo el capítulo de la guerra contra Yugurta disfrutó enormemente con la idea de que a partir de ese momento podía decir con sus propias palabras que la captura del númida era una hazaña propia que Mario había ocultado deliberadamente. Luego, durante un tiempo, dejaba pluma y papel y se entregaba a una auténtica orgía de comedias y espectáculos de mimo, o daba una gran fiesta que duraba un intervalo de mercado. Y combinaba estas actividades con otras que iban surgiendo de su fértil imaginación, incluidos simulacros de cacerías de niños y niñas desnudos, concursos para ver quién adoptaba la postura más rara para efectuar el coito, absurdas adivinanzas escenificadas en las que los que representaban podían evocar prácticamente cualquier cosa mediante disfraces y galas; celebraba fiestas de chistes, fiestas de desnudos a la luz de la luna, fiestas de un día en torno a la impresionante piscina de mármol blanco, en las que los invitados contemplaban extasiados las evoluciones acuáticas de los jovenzuelos de ambos sexos desnudos. Su imaginación era inagotable, e irrefrenable su anhelo por conocer cualquier novedad de índole sexual. No obstante, se observó que no cometía ninguna crueldad con los animales, y que a un huésped que tenía esa clase de inclinaciones le echó de su casa.
Sin embargo, no cabía duda de que su estado se deterioraba; una vez entrado el nuevo año, su potencia sexual mermó considerablemente, y a finales de febrero no había nada capaz de estimularle, cosa que empeoró enormemente su malhumor.
Sólo uno de sus amigos nobles romanos fue a verle a Misenum: Lúculo. Había estado en Africa con su hermano en julio, supervisando la captura de fieras para los juegos a primeros de septiembre, y, al regresar a Roma en agosto, llegaron a sus oídos los comentarios sobre las extravagancias que tenían lugar en la villa de Misenum y las letanías de los escandalizados por el comportamiento de Sila.
– Todos los que le juzgáis deberíais miraros a vosotros mismos -dijo Lúculo muy estirado-. Él puede hacer lo que quiera.
Pero hasta transcurridos unos días de la clausura de los ludi romani en septiembre, no pudo Lúculo disponer de tiempo para ir a verle. Le halló en uno de sus momentos de mayor lucidez, trabajando en las memorias y animadísimo por el mal lugar en que estaba dejando a Cayo Mario y sus hazañas.
– Eres el único que ha venido, Lúculo -dijo Sila, con un débil residuo de aquel fulgor implacable en unos ojos ya enturbiados por el dolor.
– ¡Nadie tiene derecho a criticarte! -dijo Lúculo, frunciendo la nariz-. Tú lo has dado todo por Roma.
– Cierto, y no niego que ha sido duro, pero, mi querido amigo, si no me hubiese sacrificado todos esos años ahora no estaría disfrutando ni la mitad con estos excesos.
– Ya veo que tiene sus atractivos -añadió Lúculo, siguiendo con la mirada las evoluciones de una niña púber preciosa que danzaba desnuda al sol ante la ventana de Sila.
– Es verdad que a ti te gustan jóvenes, ¿cierto? -comentó Sila, conteniendo la risa y asiéndole por el brazo-. Aguarda a que acabe la danza y te la llevas a dar un paseo.
– ¿Qué has hecho con las madres?
– Nada. Se las he comprado.
Lúculo se quedó y volvió con frecuencia.
Pero en marzo, ya impotente, Sila se volvió totalmente insoportable, incluso para Metrobio y Valeria, que obraban de común acuerdo. Sin acabar de explicárselo, Valeria estaba embarazada; de Sila, esperaba. Pero no podía decírselo, y temía ver llegar el día en que su estado fuese notorio. Había sido a finales de año, cuando Lúculo les había dado unos extraños hongos que había traído de Africa y que repartía entre sus amigos íntimos. Valeria los había comido, y, en una especie de pesadilla recordaba vagamente que todos los presentes habían gozado de ella, desde Sila a Sorex, e incluso Metrobio. Era lo único que podía reprocharse, pero el miedo se lo había borrado de la mente al pensar en las terribles consecuencias.
Las rabietas temperamentales de Sila eran terribles; horas sin fin de gritos y voces en las que no cesaba de hacer daño a quien se interpusiera en su camino, desde los niños que servían de juguete a sus amistades hasta las ancianas sirvientas; como tenía en la villa una compañía de su guardia personal, los que le cuidaban eran bien conscientes del peligro que corrían.
– ¡No se le puede dejar que mate a alguien! -exclamó Metrobio.
– ¡Oh, cómo desearía que se resignara con lo que le está pasando! -dijo Valeria entre sollozos.
– Tú tampoco te encuentras bien.
Una observación imprudente, aunque la dijese con todo afecto, porque Metrobio recordaba las circunstancias del embarazo.
– ¿Quién sabe? -añadió, riendo complacido-. ¡A lo mejor soy el padre! Hay una posibilidad entre cuatro.
– Cinco.
– Cuatro, Valeria. El niño no puede ser de Sila.
– ¡Me matará!
– Vive cada día que pasa y no le digas a él nada -dijo el actor muy decidido-. Nadie sabe lo que nos depara el futuro.
Poco después Sila comenzó a sentir en la región del hígado un dolor que no le daba reposo; paseaba de arriba a abajo por el atrium arrastrando los pies, sin poder sentarse y sin poder tumbarse. Su único consuelo era el baño de mármol blanco junto a su habitación, en el que se dejaba flotar hasta que volvía a pasear sin fin por el atrium. Se quejaba y gimoteaba, acercándose a las paredes, y había que disuadirle de que se diera cabezazos desesperado por aquel tormento.
– El estúpido que vacía su orinal ha difundido el rumor de que a Lucio Cornelio le devoran los gusanos -dijo el físico Tucio a Metrobio y a Valeria, con gesto de profundo desprecio-. ¡Francamente, ante la ignorancia de la mayoría de la gente respecto a lo que es el organismo humano y lo que es la enfermedad casi me dan ganas de dedicarme a la bebida! Antes de iniciarse el mal, Lucio Cornelio usaba normalmente la letrina, pero ahora se ve obligado a hacerlo en un orinal, y los excrementos aparecen llenos de gusanos. ¿Creéis que puedo convencer a los criados de que los gusanos son algo natural que tenemos todos y que viven en el intestino durante toda la vida? ¡No!
– ¿Los gusanos no comen? -preguntó Valeria lívida.
– Sólo los alimentos que hemos ingerido nosotros -respondió Tucio -. Seguro que cuando vaya a Roma escucharé allí la misma historia. Los criados son los difusores más eficaces de mentiras.
– Me habéis quitado un peso de encima -comentó Metrobio.
– No pretendía eso, sino prevenirte contra la falsedad de los comentarios de los criados. La realidad es grave -prosiguió Lucio Tucio-. Su orina sabe más dulce que la miel, y su piel huele a manzanas maduras.
– ¿Es que habéis probado su orina? -inquirió Metrobio con gesto de asco.
– Sí, recurriendo a un truco que me enseñó una comadrona cuando era niño. Dejé una pequeña cantidad al aire libre en un plato al que acudieron toda clase de insectos. Lucio Cornelio mea miel concentrada.
– Y pierde peso a ojos vista -añadió Metrobio.
– ¿Va a… morir? -balbució Valeria consternada.
– Desde luego -respondió Lucio Tucio-. Además de ese mal de la miel, cuya naturaleza ignoro salvo que es mortal, tiene enfermo el hígado por el exceso de vino.
Los ojos oscuros de Metrobio se empañaron de lágrimas contenidas, y sus labios temblaron.
– No es de extrañar -dijo con un suspiro.
– ¿Qué vamos a hacer? -preguntó la esposa.
– Esperar, señora.
Y sin más, se alejó para ver al enfermo.
Fue Metrobio quien dijo con voz suave unas palabras en las que no había la menor tristeza:
– Le amo desde hace tantos años… En cierta ocasión le pedí que me dejara vivir con él, a pesar de que ello habría supuesto cambiar una vida agradable por otra muy difícil; pero él no quiso.