Memorias De Una Geisha
- Автор: Golden Arthur
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:
No puedo decir que no estuviera asustada hace tantos años cuando por primera vez cerré la puerta de mi apartamento en las Waldorf Towers. Pero Nueva York es una ciudad fascinante. Enseguida empecé a sentirme tan en casa como en Gion. De hecho, cuando pienso en ello, el recuerdo de las muchas y largas semanas que he pasado aquí con el Presidente ha hecho que mi vida en los Estados Unidos sea más rica en algunos sentidos de lo que lo fue en Japón. Mi pequeña casa de té, situada encima de un viejo club en una esquina de la Quinta Avenida, fue un pequeño éxito desde el principio. Bastantes geishas han venido de Gion a trabajar aquí conmigo e incluso Mameha me visita a veces. Ahora sólo voy allí cuando vienen a la ciudad amigos muy cercanos o viejos conocidos. Paso el tiempo de muchas otras maneras. Por las mañanas suelo reunirme con un grupo de artistas y escritores japoneses que viven en la zona para estudiar temas que nos interesan: la poesía, la música, y, en una ocasión, durante todo un mes, la historia de Nueva York. Almuerzo casi siempre con algún amigo. Y por las tardes me arrodillo delante del tocador y me arreglo para alguna reunión, a veces en mi propio apartamento. Cuando levanto la cortinilla de encaje que cubre mi espejo no puedo evitar el recuerdo del olor lechoso del maquillaje blanco que tan a menudo llevé en Gion. Me gustaría tanto volver allá de visita. Por otra parte, creo que me perturbaría ver todos los cambios. Cuando vienen las amistades con fotos de sus viajes a Kioto, a menudo pienso que a Gion le ha pasado lo que a los jardines mal cuidados, cada vez más llenos de malas hierbas. Por ejemplo, cuando murió Mamita hace algunos años, derribaron la okiya Nitta y la sustituyeron por un diminuto edificio de cemento que alberga una librería en la planta baja y dos apartamentos encima.
Cuando yo llegué a Gion por primera vez trabajaban allí ochocientas geishas. Hoy son menos de sesenta, además de un puñado de aprendizas, y disminuye cada día, ya que el ritmo de los cambios no decrece nunca aunque queramos convencernos de lo contrario. La última vez que el Presidente visitó Nueva York dimos un paseo por Central Park. Íbamos hablando del pasado; y al llegar a una vereda que discurre entre pinos, el Presidente se detuvo súbitamente. Me había hablado a menudo de los pinos que jalonaban la calle de las afueras de Osaka donde él se había criado; y mirándole supe que se acordaba de ellos. De pie, con las manos frágiles apoyadas en su bastón y con los ojos cerrados, inspiró profundamente el aroma del pasado.
– A veces -suspiró-, pienso que las cosas que recuerdo son más reales que las que veo.
Cuando era más joven creía que la pasión se apaga con la edad, del mismo modo en que el contenido de una taza que queda olvidada en una habitación termina evaporándose en el aire. Pero cuando el Presidente y yo volvimos a mi apartamento, nos bebimos el uno al otro con un ansia tal que después me sentí vacía de todo lo que el Presidente me había arrebatado, y llena al mismo tiempo de todo lo que yo le había quitado a él. Caí en un sueño profundo y soñé que estaba en una fiesta en Gion, hablando con un anciano, quien me explicaba que su esposa, por la que había sentido un profundo afecto, no estaba realmente muerta, ya que el tiempo que habían pasado juntos seguía viviendo en su interior. Mientras él decía esto yo bebí un tazón de la sopa más extraordinaria que he probado jamás; cada sorbo era una especie de éxtasis. Empecé a sentir que todas las personas a las que había conocido y que o habían muerto o me habían abandonado no se habían marchado realmente, sino que habían seguido viviendo dentro de mí como la esposa de aquel hombre vivía dentro de él. Sentí que me los bebía a todos: mi hermana Satsu, que había huido abandonándome tan pequeña; mi padre y mi madre; el Señor Tanaka y su perversa idea de la gentileza; Nobu, quien nunca podría perdonarme; incluso el Presidente. La sopa contenía todo lo que yo había amado en mi vida; y mientras yo la bebía aquel hombre dirigía sus palabras a mi corazón. Me desperté bañada en lágrimas y tomé la mano del Presidente temiendo no poder vivir sin él cuando muriera y me dejara. El entonces estaba ya tan frágil que yo no podía evitar pensar en mi madre en Yoroido. Y sin embargo, cuando le sobrevino la muerte sólo algunos meses después, comprendí que me había dejado al final de su larga vida con la naturalidad con la que caen las hojas de los árboles.
No sé decirte qué es lo que nos guía en esta vida; pero yo caí hacia el Presidente como caen las piedras al suelo. Cuando me corté el labio y conocí al Señor Tanaka, cuando murió mi madre y me vendieron sin piedad, todo ello fue como un arroyo que discurre sobre piedras antes de alcanzar el mar. Incluso ahora que se ha marchado lo sigo teniendo, en la densidad de mis recuerdos. Contándote mi vida la he vuelto a vivir.
Es verdad que a veces cuando cruzo Park Avenue me asalta una sensación de exotismo con respecto a mi entorno. Los taxis amarillos que pasan a toda velocidad tocando el claxon, las mujeres con sus maletines, que se sorprenden al ver a una diminuta anciana japonesa vestida con kimono esperando en la esquina para cruzar. Pero en realidad, ¿me resultaría menos exótico Yoroido si volviera allá? De joven creía que mi vida nunca habría sido una lucha si el Señor Tanaka no me hubiera arrancado de mi casita sobre el acantilado. Pero ahora sé que nuestro mundo no es nunca más permanente que una ola que se eleva sobre el océano. Cualesquiera que sean nuestras luchas y nuestras victorias, comoquiera que las padezcamos, enseguida desaparecen en la corriente, como la tinta acuosa sobre el papel.
Agradecimientos
Aunque el personaje de Sayuri y su historias son totalmente ficticios, los hechos históricos relativos a la vida cotidiana de una geisha en los años treinta y cuarenta son reales. Durante la extensa investigación que realicé para escribir este libro, estoy en deuda profunda fundamentalmente con una persona. Mineko Iwasaki, una de las grandes geishas de Gion durante los años sesenta y setenta me recibió en su casa de Kioto en mayo de 1992 y corrigió todas las ideas falsas que tenía sobre la vida de las geishas, aun cuando todo el mundo que había vivido en Kioto o que seguía viviendo allí me había avisado que no esperara tal cosa. Mientras repasaba mi japonés en el avión, me preocupaba que Mineko, a quien todavía no conocía, se limitara a hablar conmigo durante una hora escasa y dijera que aquello había sido nuestra entrevista. En lugar de ello, me llevó a recorrer Gion y, junto con su marido, Jin, y su hermana, Yaetchiyo y el fallecido Kuniko, contestó con todo lujo de detalles a todas mis preguntas relativas a los rituales de la vida de una geisha. Se convirtió en una excelente amiga. Tengo el más grato recuerdo de la visita que nos hizo en compañía de su familia a Boston, y la estupenda sensación que tuvimos mi mujer y yo viendo en la televisión un partido de tenis con nuestra nueva amiga japonesa, una mujer de unos cuarenta años que casualmente era una de las últimas geishas educadas conforme a las viejas tradiciones.
Muchas gracias por todo, Mineko.
Me presentó a Mineko la Señora Reiko Nagura, una inteligente mujer amiga de toda la vida, que habla japonés, inglés y alemán con la misma facilidad. Sólo unos años después de llegar a Estados Unidos, siendo estudiante en Barnard, ganó un premio por una historia que escribió en inglés, y pronto se hizo amiga íntima de mi abuela. La amistad entre ambas familias se extiende ya a la cuarta generación. Su casa ha sido para mí un paraíso en mis visitas a Tokio; le debo más de lo que puedo expresar. Además de otras muchas amabilidades, tuvo la gentileza de leerse el manuscrito en las diferentes fases de su realización, proporcionándome valiosas sugerencias.