Memorias De Una Geisha
- Автор: Golden Arthur
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:
– ¡Ah, ya! ¿No cree que nuestra Sayuri está muy bonita esta noche?
– ¿Pero puede decirme cuándo no ha estado bonita Sayuri? -dijo el Presidente a modo de respuesta-. Lo que me recuerda… Le voy a enseñar algo que he traído.
El Presidente puso sobre la mesa un paquetito envuelto en seda azul; no me había dado cuenta de que lo llevaba en la mano cuando entró en la habitación. Lo abrió y sacó un pergamino bastante grueso que empezó a desenrollar. Estaba agrietado por los años y mostraba unas coloridas escenas en miniatura de la corte imperial. Si alguna vez has visto este tipo de pergaminos, sabrás que al desenrollarlos ocupan toda una habitación, pero puedes recorrer en ellos todo el recinto imperial. El Presidente empezó a desenrollarlo, y ante él fueron pasando escenas festivas, de aristócratas bebiendo o jugando a un juego de pelota con los kimonos agarrados entre las piernas, hasta que llegó a una joven vestida con un hermoso kimono de doce sayas, arrodillada en el suelo a la entrada de la cámara del Emperador.
– ¿Qué le parece? -preguntó.
– Es un pergamino precioso -contestó la dueña de la casa de té-. ¿Dónde lo ha encontrado el Señor Presidente?
– Lo compré hace años. Pero mire a esta mujer. Ella es la razón por la que lo compré. ¿No nota nada en ella?
La dueña de la casa de té miró atentamente el pergamino; y luego el Presidente lo giró para que yo lo viera también. La imagen de la joven, aunque no era más grande que una moneda, estaba pintada en exquisito detalle. Al principio no me di cuenta, pero sus ojos eran muy pálidos, y cuando aproximé más la vista vi que eran azul-grisáceos. Enseguida pensé en las obras que había pintado Uchida conmigo como modelo. Me sonrojé y murmuré algo relativo a lo bonito que era el pergamino. La dueña de la casa de té también lo alabó y luego dijo:
– Bueno, pues aquí les dejo. Les mandaré subir una frasca helada del sake que le decía. A no ser que prefiera que la reserve para la próxima vez que venga Nobu-san.
– No se preocupe -dijo el Presidente-. Podemos arreglarnos con éste.
– Nobu-san… se encuentra bien, ¿no?
– ¡Oh, sí sí! -respondió el Presidente-. Bastante bien.
Me sentí aliviada al oírlo; pero al mismo tiempo sentía como crecía en mí la vergüenza. Si el Presidente no había venido a traerme noticias de Nobu, habría venido por otra razón, posiblemente a afearme lo que había hecho. En los pocos días transcurridos desde nuestro regreso a Kioto, intenté no pensar en lo que él habría visto: al consejero con los pantalones bajados, mis piernas desnudas asomando entre mis ropas desordenadas…
Cuando la dueña de la casa de té salió de la habitación, creí oír ruido de sables en el sonido de la puerta al cerrarse.
– Podría decirle, Presidente -empecé lo más serenamente que pude- que mi comportamiento en Amami…
– Sé lo que estás pensando, Sayuri. Pero no he venido aquí a escuchar tus disculpas. Escúchame tranquilamente un momento. Quiero contarte algo que sucedió hace algunos años.
– Presidente, me siento tan confusa -conseguí decir-. Por favor, perdóneme…
– Ahora escucha, Sayuri. Enseguida entenderás por qué te digo todo esto. ¿Recuerdas un restaurante llamado Tsumiyo? Cerró sus puertas más o menos hacia el final de la Depresión, pero…, bueno, lo mismo da eso…; tú eras muy joven por entonces. En cualquier caso, un día, hace bastantes años, dieciocho, para ser exactos, fui a comer allí con unos socios. Nos acompañaba una geisha de Pontocho llamada Izuko.
Enseguida reconocí el nombre de Izuko.
– Era la favorita de todo el mundo en esa época -continuó el Presidente-. Y sucedió que terminamos de comer antes de lo previsto, de modo que sugerí que fuéramos al teatro dando un paseo por la orillas del Shirakawa.
En ese momento me saqué de debajo del obi el pañuelo que me había dado entonces el Presidente y sin decir una palabra lo extendí sobre la mesa, alisándolo para que se vieran claramente las iniciales. El pañuelo tenía una mancha indeleble en una esquina y con el paso de los años el lino se había puesto amarillo; pero el Presidente pareció reconocerlo enseguida. Sus palabras se acallaron y tomó el pañuelo en sus manos.
– ¿De dónde lo has sacado?
– Presidente -dije-, he pasado todos estos años preguntándome si sabría que yo era la pequeña a la que usted había hablado en aquella ocasión. Me dio este pañuelo aquella misma tarde cuando iba de camino al teatro a ver la obra Shibaraku. También me dio una moneda.
– ¿Quieres decir que incluso cuando no eras más que una aprendiza ya sabías que yo era el hombre que había hablado contigo?
– Lo reconocí en cuanto volví a verlo, en el campeonato de sumo. A decir verdad, me sorprende que el Presidente me recordara.
– Bueno, tal vez, deberías mirarte en el espejo de vez en cuando, Sayuri. Particularmente cuando se te llenan los ojos de lágrimas, porque entonces se te ponen… No sé como explicarlo: era como si pudiera ver a través de ellos. Ya sabes, paso mucho tiempo sentado entre hombres que no siempre dicen la verdad; y ahí tenía un niña desconocida que, sin embargo, estaba deseando que viera dentro de ella.
Entonces el Presidente se interrumpió.
– ¿Nunca te has preguntado por qué Mameha se hizo tu hermana mayor?
– ¿Mameha? -dije yo-. No le entiendo. ¿Qué tiene que ver Mameha en todo esto?
– ¿De verdad no lo sabes?
– ¿Saber qué, Presidente?
– Sayuri, yo soy quien le pidió a Mameha que te tomara bajo su cuidado. Le conté que había encontrado una niña muy bonita, con unos sorprendentes ojos grises, y le pedí que si alguna vez daba contigo en Gion te ayudara. Le dije que correría con todos los gastos si era necesario. Y ella dio contigo sólo unos meses después. Por lo que ella me fue contando luego, sin su ayuda, nunca hubieras llegado a ser una geisha.
No puedo describir cómo me afectaron las palabras del Presidente. Siempre había dado por supuesto que la misión de Mameha había sido algo personal, para liberarse y liberar a Gion de Hatsumono. Ahora que entendía sus verdaderos motivos, que había entrado bajo su tutela porque el Presidente… bueno, sentí que tendría que repasar todos los comentarios que me había ido haciendo a lo largo de los años y ver con esta nueva luz su verdadero significado. Y no era Mameha la única súbitamente transformada a mis ojos; incluso yo misma parecía una mujer diferente. Cuando me miré las manos, que reposaban sobre mi regazo, las vi como si fueran unas manos modeladas por el Presidente. Me sentí al mismo tiempo asustada, agradecida y alegre. Me alejé de la mesa para expresarle mi agradecimiento con una profunda reverencia, pero antes de poder hacerla, tuve que decir:
– Presidente, perdóneme, pero me habría gustado tanto que me hubiera contado todo esto hace años… No puedo decirle todo lo que habría significado para mí.
– Hay una razón por la que no podía decírtelo, Sayuri, y por la que tenía que insistir en que Mameha tampoco te lo dijera. Esa razón tenía que ver con Nobu.
Al oírle mencionar el nombre de Nobu, mis emociones se secaron, pues de pronto creí entender adonde quería llegar el Presidente con todo aquello.
– Presidente -le dije-, sé que no me merezco su gentileza. El fin de semana pasado cuando…
– He de confesar, Sayuri, que durante estos últimos días no he podido quitarme de la cabeza lo que pasó en Amami.
Sentía sobre mí los ojos del Presidente; pero no era capaz de devolverle la mirada.
– Hay algo que me gustaría hablar contigo -continuó-. Llevo todo el día pensando en cómo decírtelo. Sigo pensando en algo que sucedió hace muchos años. Supongo que debe de haber una manera mejor de explicarme, pero… espero que entiendas lo que trato de decirte.