Memorias De Una Geisha
- Автор: Golden Arthur
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:
Aquí se detuvo para quitarse la chaqueta, y la dobló y la dejó en la estera a su lado. Sentí el olor a almidón de su camisa, que me recordó a cuando iba a visitar al general a la Posada Suruya y a su habitación, que olía como huelen los planchadores.
– Hace muchos años, cuando Iwamura era una pequeña empresa -empezó a contar el Presidente-, conocí a un hombre llamado Ikeda, que trabajaba para uno de nuestros proveedores al otro lado de la ciudad. Era un genio para las cuestiones de cableado. A veces, cuando teníamos problemas con una instalación, lo pedíamos prestado unos días, y nos los solucionaba inmediatamente. Entonces, una tarde que me apresuraba a volver a casa después del trabajo, dio la casualidad de que me lo encontré en la farmacia. Me dijo que se sentía muy bien porque acababa de irse del trabajo. Cuando le pregunté por qué lo había hecho, me dijo: «¡Me fui porque había llegado el momento de irme!». Allí mismo lo contraté para mi empresa. Unas semanas después, le volví a preguntar: «Ikeda-san, ¿por qué dejaste el trabajo que tenías al otro lado de la ciudad?». Y él me contestó: «Señor Iwamura, llevaba años queriendo trabajar en su empresa. Pero nunca me lo pedía. Siempre me llamaba cuando tenía problemas, pero nunca me pidió que trabajara para usted. Entonces, un día me dije que nunca me lo pediría, porque no querría poner en peligro sus relaciones comerciales con un proveedor. Sólo si era yo el que dejaba el trabajo, tendría usted la oportunidad de contratarme. Así que lo dejé».
Sabía que el Presidente esperaba que dijera algo, pero yo no me atrevía a hablar.
– Pues bien, he estado pensando -continuó-, que tal vez tu encuentro con el consejero era una estratagema parecida a la de Ikeda dejando su trabajo. Y ahora te diré por qué pensé esto. Es algo que dijo Calabaza después de llevarme al teatro. Yo estaba muy enfadado con ella, y le pedí que me dijera por qué lo había hecho. Tardó una eternidad en responderme, y luego me dijo algo que al principio no tenía ningún sentido. Me dijo que le habías pedido que llevara a Nobu.
– Por favor, Presidente -empecé a decir con voz temblorosa-, cometí tal equivocación…
– Antes de seguir, sólo quiero que me digas por qué lo hiciste. Tal vez pensabas que estabas haciendo un favor a la Compañía Iwamura. No sé. O, tal vez, le debías al consejero algo que yo desconozco.
Debí de agitar la cabeza, pues el Presidente se calló de pronto.
– Siento decirlo, Presidente -logré decir-, pero mis motivos eran puramente personales.
Pasado un rato, el Presidente suspiró y me alargó la copa de sake. Yo se la llené, como si mis manos no fueran mías, y entonces él se apuró la bebida y la retuvo un instante antes de tragarla. Al verle con la boca momentáneamente llena, me sentí como una vejiga hinchada de vergüenza.
– Está bien, Sayuri -dijo él-. Te diré exactamente por qué te lo pregunto. No podrás entender por qué he venido aquí esta noche o por qué te he tratado como te he tratado a lo largo de los años, si no tienes una idea clara de la naturaleza de mi relación con Nobu. Créeme, soy más consciente que nadie de lo difícil que puede ser a veces. Pero es un genio; vale más, para mí, que todo un equipo.
No se me ocurría qué hacer o qué decir, así que agarré con mis manos temblorosas la garrafa de sake para servirle más al Presidente. Me pareció un mal signo que él no alzara la copa.
– Un día, cuando hacía poco que te conocía -continuó-, Nobu te regaló una peineta y te la dio en una fiesta delante de todo el mundo. No me había dado cuenta hasta entonces del afecto que te tenía Nobu. Estoy seguro de que antes había habido otros signos, pero se me habían escapado. Y cuando me percaté de lo que sentía, de la forma en que te miraba aquella noche…, supe que no podía quitarle algo que deseaba tan claramente. Nunca dejé de interesarme por tu bienestar. De hecho, conforme pasaban los años, se me iba haciendo más y más difícil escuchar desapasionadamente a Nobu hablarme de ti -aquí el Presidente hizo una pausa, y luego continuó-: Sayuri, ¿me estás escuchando?
– Sí, sí, Presidente.
– No hay ninguna razón por la que habrías de saberlo, pero yo tengo con Nobu una gran deuda. Es cierto que yo soy el fundador de la empresa, y su jefe. Pero cuando la Compañía Eléctrica Iwamura era todavía una empresa joven, tuvimos un problema de liquidez y por poco quebramos. Yo no quería perder el control de la compañía y no escuché los consejos de Nobu cuando me insistió en que teníamos que encontrar quien invirtiera en ella. Finalmente venció su opinión, aunque esto abrió una grieta entre nosotros durante algún tiempo; él se ofreció a dimitir, y yo por poco acepto su dimisión. Pero, claro está, él tenía toda la razón y yo estaba equivocado. De no ser por él habría perdido la empresa. ¿Cómo se puede pagar a alguien una cosa así? ¿Sabes por qué me llaman Presidente y no Director? Porque renuncié a ser director para que lo fuera Nobu, aunque él intentó negarse. Por eso me decidí, en cuanto me di cuenta del afecto que te tenía, a mantener oculto mi propio interés en ti, de modo que pudieras ser suya. La vida ha sido muy cruel con él, Sayuri. No ha recibido muchas gentilezas.
En todos los años que llevaba de geisha nunca había logrado convencerme, ni siquiera por un momento, de que el Presidente sintiera nada especial por mí. Y enterarme ahora de que me había destinado a Nobu…
– Nunca fue mi intención hacerte tan poco caso -continuó-. Pero supongo que te darás cuenta de que si él percibía la más ligera indicación de mis sentimientos, habría desistido de tenerte en ese mismo instante.
Desde mi infancia siempre había soñado que un día el Presidente me diría que me quería; pero al mismo tiempo nunca llegué a creerme del todo que esto podría llegar a suceder. Pero no me había imaginado que me diría exactamente lo que esperaba oír, y al mismo tiempo que Nobu era mi destino. Tal vez, el objetivo que tanto había buscado en la vida se me escapaba; pero, al menos, durante ese instante, estaba en mi poder sentarme con el Presidente en aquella habitación y decirle lo que sentía.
– Por favor, perdóneme por lo que voy a decirle -conseguí finalmente empezar a decir.
Intenté continuar, pero mi garganta decidió tragar por su cuenta -aunque no sé qué es lo que estaba tragando, como no fuera el nudo de emoción que traté de disolver, pues en mi cara ya no cabían más emociones.
– Siento un gran afecto por Nobu, pero lo que hice en Amami… -aquí tuve que esperar unos instantes para poder seguir hablando a que se me pasara la quemazón que tenía en la garganta-. Lo que hice en Amami, lo hice llevada por lo que siento por usted, Presidente. Cada paso que he dado en mi vida desde que era niña en Gion lo he dado en la esperanza de acercarme a usted.
Cuando dije estas palabras, todo el calor del cuerpo se me subió a la cara. Me parecía que de un momento a otro iba a flotar en el aire, como una ceniza sale del fuego, a no ser que centrara mi atención en algo de la habitación. Busqué una mancha en el mantel, pero la propia mesa empezaba a emborronarse y a desaparecer de mi vista.
– Mírame, Sayuri.
Quería hacer lo que me pedía, pero no pude.
– Qué raro -dijo calladamente, casi para sí- que la misma mujer que me miró a los ojos con semejante franqueza de niña se sienta incapaz de hacerlo ahora.
Quizá debería haber sido una tarea sencilla levantar la vista y mirar al Presidente, y, sin embargo, no me habría sentido más nerviosa si hubiera estado sola en un escenario con todo Kioto mirándome. Estábamos sentados en un extremo de la mesa, tan cerca que cuando por fin me sequé los ojos y los levanté para encontrarme con los suyos, pude ver los oscuros anillos de su iris. Me pregunté si no debería mirar hacia otro lado, hacerle una pequeña inclinación y ofrecerle un poco más de sake…, pero ningún gesto habría bastado para romper la tensión. Mientras pensaba todo esto, el Presidente puso a un lado la garrafa de sake y la copa, y luego alargó la mano y agarró el cuello de mi kimono para aproximarme a él. Un momento después, nuestros rostros estaban tan cerca uno del otro que pude sentir el calor de su piel. Yo seguía tratando de entender qué me estaba sucediendo, y qué debería hacer o decir. Entonces el Presidente me atrajo hacia él y me besó.