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Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:

En esta maravillosa novela escuchamos las confesiones de Sayuri, una de las más hermosas geishas del Japón de entreguerras, un país en el que aún resonaban los ecos feudales y donde las tradiciones ancestrales empezaban a convivir con los modos occidentales. De la mano de Sayuri entraremos un mundo secreto dominando por las pasiones y sostenido por las apariencias, donde sensualidad y belleza no pueden separarse de la degradación y el sometimiento: un mundo en el que las jóvenes aspirantes a geishas son duramente adiestradas en el arte de la seducción, en el que su virginidad se venderá al mejor postor y donde tendrán que convencerse de que, para ellas, el amor no es más que un espejismo. Apasionante y sorprendente, Memorias de una geisha ha batido récords de permanencia en las listas de superventas de todo el mundo y conquistado a lectores en más de veintiséis idiomas. Su publicación en Suma coincide con el estreno en España de la superproducción basada en esta novela.
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El motivo es tan sencillo que yo debería haber sido capaz de prever lo que sucedería. Cuando un hombre obtiene lo que su amigo desea, se enfrenta a una difícil decisión: o bien debe ocultarlo -si puede- donde su amigo no lo vea, o la relación con su amigo se verá perjudicada. Entre Calabaza y yo había surgido justamente este problema: nuestra amistad nunca había vuelto a ser igual tras mi adopción. Así, aunque las negociaciones del Presidente con Mamita para convertirse en mi danna duraron varios meses, finalmente llegaron al acuerdo de que yo dejaría de trabajar como geisha. No era yo la primera geisha que abandonaba Gion; además de las que huían, estaban las que se casaban y las que abrían sus propias casas de té y sus okiyas. Yo, sin embargo, me encontraba atrapada en un extraño ámbito intermedio. El Presidente quería apartarme de Gion para alejarme de Nobu, pero en modo alguno tenía la intención de casarse conmigo, puesto que ya estaba casado. La mejor solución, y esto era lo que el Presidente había propuesto, habría consistido en instalarme en mi propia casa de té, donde Nobu jamás habría intentado visitarme. Pero Mamita no estaba dispuesta a permitirme abandonar la okiya, ya que ella no recibiría renta alguna de mi relación con el Presidente si yo dejara de pertenecer a la familia Nitta. Por este motivo el Presidente aceptó finalmente pagar a la okiya una cantidad considerable de dinero mensual para que Mamita me permitiera abandonar mi carrera. Yo seguí viviendo en la okiya, como lo había hecho durante tantos años; pero ya no iba a la escuelita por las mañanas ni recorría Gion para hacer visitas de cortesía en ocasiones especiales, ni, por supuesto, acompañaba a ningún cliente por las tardes.

Dado que sólo había empezado a pensar en hacerme geisha para ganarme el afecto del Presidente, no debería haber tenido sensación alguna de pérdida al apartarme de Gion. Sin embargo, a lo largo de los años había ido haciendo muchas amistades, tanto con otras geishas como con muchos de los hombres que había conocido. No es que por haber dejado de acompañar a los clientes se me hubiera prohibido ver a otras mujeres. Lo que sucedía era que las que se ganaban la vida en Gion tenían poco tiempo para conversaciones. A veces sentía envidia cuando veía a dos geishas que, caminando presurosas para llegar a su próxima cita, se reían de algo que había sucedido en la anterior. No envidiaba las inseguridades de su existencia, pero sí aquella sensación de promesa que yo recordaba tan bien, la expectativa de que la noche guardase algún travieso placer.

Veía con frecuencia a Mameha. Tomábamos el té juntas varias veces por semana. Yo me sentía enormemente en deuda con ella por todo lo que había hecho por mí desde la infancia, y especialmente en relación con el Presidente. Vi un día en una tienda un grabado sobre seda del siglo XVIII; representaba a una mujer que le enseñaba caligrafía a una jovencita. La profesora tenía un rostro exquisitamente ovalado y miraba a su alumna con tal benevolencia que me recordó inmediatamente a Mameha, de manera que se lo compré de regalo. La tarde lluviosa en la que ella lo colocó en la pared de su lúgubre apartamento me sorprendí escuchando el ruido del tráfico que avanzaba por la Avenida Higashioji. No podía evitar una sensación de pérdida al acordarme de su elegante apartamento de hacía algunos años, y del encantador sonido de la cascada del arroyo Shirakawa que entraba por las ventanas. El propio Gion me había parecido entonces como una exquisita pieza de tela antigua; pero tantas cosas habían cambiado. Ahora el apartamento diminuto de Mameha tenía esteras del color del té viejo y olía a las infusiones de la farmacia china que había en el bajo (hasta tal punto que hasta sus kimonos exhalaban a veces cierto olor medicinal).

Cuando hubo colgado la pintura en la pared y después de admirarla un rato, volvió a la mesa. Se sentó, los ojos fijos en el fondo de la taza que tenía entre las manos, como si esperase encontrar allí las palabras que buscaba. Me sorprendió ver que la edad empezaba a hacer visibles los tendones de sus manos. Al fin dijo con una huella de tristeza en la voz:

– Qué curioso lo que nos trae el futuro. Debes procurar no esperar nunca demasiado, Sayuri.

Y tenía razón. Me habría ido mejor en los años siguientes si no hubiera seguido creyendo que un día Nobu me perdonaría. Finalmente tuve que dejar de preguntarle a Mameha si él había preguntado por mí; me dolía verla suspirar y mirarme con tristeza como si quisiera decirme que sentía que yo todavía tuviera aquella esperanza.

La primavera del año en que me convertí en su amante, el Presidente compró una lujosa casa al noreste de Kioto y la llamó Eishin-an, «Retiro de la Próspera Verdad». Su intención era albergar en ella a los invitados de la compañía, pero lo cierto es que quien con más frecuencia la utilizaba era él mismo. Era allí donde él y yo nos encontrábamos para pasar la velada tres, cuatro o incluso más veces por semana. Los días en los que había tenido mucho trabajo llegaba tan tarde que lo único que quería era darse un baño caliente mientras yo le hablaba antes de dormirse. Pero a menudo llegaba al atardecer y cenaba mientras hablábamos y observábamos cómo los criados encendían farolillos en el jardín.

Cuando llegaba, el Presidente solía hablar un rato sobre su trabajo. Me contaba los problemas que implicaba algún producto nuevo, o me hablaba de un accidente de tráfico en el que se había perdido un camión cargado de piezas, o de alguna otra cosa así. A mí me gustaba escucharle, por supuesto, pero me daba perfecta cuenta de que el Presidente no me contaba aquellas cosas porque quisiera que yo las supiera, sino para vaciar su conciencia de ellas como quien vacía un cubo de agua. Así que yo escuchaba atentamente, no tanto sus palabras como su tono de voz; porque del mismo modo que el sonido se eleva a medida que se vacía un cubo, yo oía que la voz del Presidente se iba dulcificando a medida que hablaba. Cuando llegaba el momento adecuado, yo cambiaba de tema y enseguida nos encontrábamos hablando de todo lo que no era serio, de lo que le había pasado por la mañana camino del trabajo, o de algo relacionado con una película que habíamos visto allí mismo, en Eishin-an, o yo le contaba una historia chistosa que le había oído contar a Mameha, quien se reunía con nosotros a veces allí. Este sencillo proceso de vaciar primero la conciencia del Presidente para después relajarle con conversación intrascendente tenía un efecto parecido al de mojar una toalla que se hubiera secado arrugada al sol. Cuando llegaba y le lavaba las manos con un trapo húmedo sus dedos estaban rígidos como bastones. Después de un rato de charla, empezaban a adquirir flexibilidad, como si estuviera dormido.

Yo quería que mi vida transcurriera así, acompañando al Presidente por las noches y buscándome ocupaciones que me entretuvieran durante las horas diurnas. Pero en otoño de 1952 acompañé al Presidente en su segundo viaje a los Estados Unidos. Él había estado allí el invierno anterior y ninguna otra experiencia le había causado una impresión comparable. Decía que había entendido por vez primera el sentido verdadero de la prosperidad. Por ejemplo, en aquella época la mayoría de los japoneses sólo tenían electricidad a ciertas horas, mientras que en las ciudades americanas había luz veinticuatro horas al día; y, mientras en Kioto nos llenaba de orgullo el que la nueva estación del ferrocarril tuviera los andenes de cemento y no de madera, el piso de las estaciones americanas era de mármol. Incluso en los pueblos pequeños de los Estados Unidos los cines eran tan lujosos como nuestro Teatro Nacional, decía el Presidente, y los baños públicos estaban inmaculados en todas partes. Lo que le maravillaba en máximo grado era que cada familia estadounidense tuviera una nevera, y que ésta se pudiera comprar con el equivalente al salario mensual medio de un trabajador. En Japón un trabajador debía invertir el equivalente al salario de quince meses para conseguir tal cosa, y pocas familias se lo podían permitir.

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