Memorias De Una Geisha
- Автор: Golden Arthur
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:
Te sorprenderá saber que era la primera vez en mi vida que me besaban. El General Tottori había apretado a veces sus labios contra los míos cuando había sido mi danna, pero había sido de una forma totalmente desapasionada. A veces me preguntaba si no lo haría sencillamente para descansar la cara en algún sitio. Incluso aquel Yasuda Akira, el hombre al que había seducido una vez en la Casa de Té Tatematsu y que me había regalado un kimono, me había besado cientos de veces en el cuello y en la cara, pero nunca había posado sus labios en los míos. Así que te puedes imaginar que aquel beso, el primero verdadero de mi vida, me pareció lo más íntimo que había experimentado nunca. Tenía la sensación de que estaba tomando algo del Presidente, y que él me estaba dando algo, algo más privado de lo que nadie me había dado. Tenía un sabor muy especial, tan definido como el de un dulce o una fruta, y cuando lo probé, me temblaron los hombros y se me distendió el estómago, porque por alguna razón trajo a mi mente una docena de escenas distintas que no sabía por qué tenía que recordar ahora. Pensé en el vapor que salía cuando la cocinera de la okiya levantaba la tapadera de la olla. Vi una imagen de la pequeña avenida que era el cruce más importante de Pontocho, tal como la había visto una noche abarrotada de seguidores tras la última actuación de Kichisaburo, el día que éste se retiró del teatro. Estoy segura de que podría haber pensado en cientos de cosas más, porque parecía que todas las barreras de mi mente se hubieran roto y mis recuerdos empezaran a fluir libremente. Pero entonces, el Presidente, sin soltar la mano con la que me sujetaba el cuello, apartó su cara de la mía. Pero estaba todavía tan cerca que pude ver la humedad de sus labios y seguí oliendo el beso que acabábamos de darnos.
– Presidente -dije-. ¿Por qué?
– ¿Por qué qué?
– ¿Por qué… todo? ¿Por qué me ha besado? Hasta hace un momento estaba hablando de mí como de algo que le regalaba a Nobu-san.
– Nobu no quiere saber de ti, Sayuri. No me estoy quedando con nada suyo.
En medio de mis confusos sentimientos, no entendía qué quería decir el Presidente.
– Cuando te vi en aquel teatro con el consejero, tenías una expresión en los ojos que me recordó a la que había visto hace muchos años en aquella niña que encontré en la orilla de Shirakawa -me respondió-. Parecías tan desesperada que te habrías ahogado si alguien no te hubiera salvado. Cuando Calabaza me dijo que lo que pretendías es que te viera Nobu, me decidí a contárselo yo mismo. Y cuando él reaccionó enfadándose de aquel modo… pensé que si no te podía perdonar por lo que habías hecho, estaba claro que no era tu verdadero destino.
Una tarde, cuando era una cría allá en Yoroido, un muchachito llamado Gisuke se subió a un árbol para tirarse al estanque. Trepó mucho más alto de lo que debía; y el agua no era lo bastante profunda. Pero cuando le dijimos que no saltara, le dio miedo bajar por si caía sobre las rocas que había bajo el árbol. Fui corriendo al pueblo a buscar a su padre, el Señor Yamashita, que subió despacio la cuesta. Yo me preguntaba si se estaría imaginando el peligro que corría su hijo. Llegó bajo el árbol, cuando el muchacho, ignorante de la presencia de su padre, perdió el equilibrio y cayó. El Señor Yamashita lo agarró con la misma facilidad que si alguien hubiera dejado caer un saco en sus brazos, y lo dejó de pie en el suelo. Todos gritamos de contentos y nos pusimos a saltar en la orilla del estanque, mientras que Gisuke se quedó inmóvil, parpadeando de sorpresa, y en sus pestañas se posaban unas lagrimitas.
Ahora sé lo que debió de sentir Gisuke. Yo estaba cayendo y me iba a estrellar contra las rocas, cuando el Presidente dio un paso y me recogió en sus brazos. Tuve tal sensación de alivio que ni siquiera me podía limpiar las lágrimas que se me escapaban por el rabillo del ojo. Se me enturbió la vista, y la figura del Presidente se desdibujó, pero vi que se aproximaba a mí, y un momento después me había tomado entre sus brazos como si fuera una cobija. Sus labios fueron directamente al pequeño triángulo de carne que mi kimono dejaba al descubierto en el cuello. Y cuando sentí su aliento en él, y la urgencia con la que por poco me devora, no pude remediar recordar una escena de muchos años antes, cuando entré en la cocina de la okiya y encontré a una de las criadas inclinada sobre el fregadero, tratando de ocultar la pera que se estaba llevando a la boca, cuyos jugos le corrían por el cuello. «Me apetecía tanto», me dijo, y me rogó que no se lo dijera a Mamita.
Capítulo treinta y cinco
Hoy, después de casi cuarenta años, recuerdo la noche que pasé con el Presidente como el momento en el que se callaron en mí todas las voces de dolor. Desde el día en que me había marchado de Yoroido no pensaba sino en que cada vuelta de la rueda de la vida traería un nuevo obstáculo a mi paso; y, claro está, eran los obstáculos y las preocupaciones lo que le había proporcionado a mi vida su intensidad. Cuando avanzamos contracorriente cada punto de apoyo adquiere una importancia característica.
Pero mi vida se hizo mucho más dulce y agradable a partir del momento en el que el Presidente se convirtió en mi danna. Me fui sintiendo como un árbol cuyas raíces hubieran encontrado al fin la tierra húmeda y fértil bajo la árida superficie. Nunca había tenido motivos, como ahora, para sentirme más afortunada que otros. Y he de decir que tuve que pasar un largo periodo en aquel estado de felicidad antes de que empezara a serme posible mirar atrás y admitir lo infeliz que había sido en el pasado. Estoy segura de que de otro modo no habría podido hacer la narración de mi vida. Nadie es capaz de hablar honestamente de sus sufrimientos hasta que ha dejado de sentirlos.
La tarde en la que el Presidente y yo tomamos el té en la Ichiríki sucedió algo extraño. No sé cómo, cuando bebí sake de la más pequeña de las tres tazas que utilizamos, se me escapó una gota por la comisura de los labios. Yo llevaba un kimono negro de cinco cenefas con un dragón bordado en rojo y oro que llegaba a la altura del muslo. Recuerdo que vi cómo me caía la gota bajo el brazo y resbalaba por la seda negra del muslo hasta detenerse en los gruesos hilos de plata con los que habían sido bordados los dientes del dragón. Seguro que cualquier geisha habría pensado que derramar sake constituía un mal augurio; pero me pareció a mí que aquella gotita de humedad que se me había escapado como una lágrima era casi la narración de mi vida. Cayó por el espacio vacío, sin control alguno sobre su destino; se deslizó por un camino de seda; y fue a detenerse ante las fauces del dragón. Pensé en los pétalos que había arrojado al río Kamo desde el taller del Señor Arashino, confiando en que sabrían encontrar el camino hasta el Presidente. Me pareció que tal vez así había sucedido.
Con la ingenuidad esperanzada que tan grata me había sido desde la infancia, siempre había imaginado que mi vida sería perfecta si llegaba a ser la amante del Presidente. Era un pensamiento infantil que yo había acariciado incluso de adulta. Pero debería haber sido menos ingenua. ¿Cuántas veces tenía que aprender la dolorosa lección, la de que aunque queramos arrancarnos la saeta que nos hirió, ésta nos deja en el pecho una herida que nunca se cura? Al expulsar de mi vida a Nobu, no solamente perdía su amistad, sino que me exilaba de Gion.