Memorias De Una Geisha
- Автор: Golden Arthur
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:
Los primeros días tras nuestro regreso a Kioto, me dejé arrastrar por una frenética corriente de actividad. No tenía más remedio que maquillarme y asistir a las compromisos que tenía en las casas de té, como si nada hubiera cambiado en el mundo. Me recordaba constantemente a mí misma lo que Mameha me había dicho en una ocasión: que el trabajo era lo mejor para superar las decepciones; pero mi trabajo no parecía ayudarme en ese sentido. Cada vez que entraba en la Casa de Té Ichiriki, recordaba que estaba al caer el día que Nobu me mandara llamar para decirme que por fin había quedado sellado el trato. Teniendo en cuenta lo ocupado que había estado durante los meses pasados, esperaba no tener noticias suyas en un tiempo prudencial, una o dos semanas, tal vez. Pero el miércoles por la mañana, tres días después de volver de Amami, me dieron el recado de que la Compañía Iwamura había telefoneado a la Casa de Té Ichiriki solicitando mi presencia esa tarde.
Me vestí con un kimono amarillo de gasa de seda y una enagua verde con un obi azul oscuro con hilos dorados. La Tía me tranquilizó diciéndome que estaba muy bonita, pero cuando me miré al espejo, vi a una mujer derrotada. Ciertamente, en el pasado también había habido momentos en los que no me había agradado nada mi aspecto cuando salía de la okiya; pero por lo general encontraba algo a lo que agarrarme en el curso de la velada. Por ejemplo, cierta enagua anaranjada siempre realzaba el azul de mis ojos en lugar del gris, por cansada que estuviera. Pero esa tarde tenía las mejillas especialmente hundidas -aunque me había maquillado a la occidental, como solía en los últimos años- e incluso me parecía que tenía el peinado torcido. Lo único que se me ocurría para disimular mi abatimiento, era decirle al Señor Bekku que me atara el obi un dedo más alto.
La primera cita que tenía aquella noche era un banquete que ofrecía un coronel americano en honor del nuevo gobernador de la Prefectura de Kioto. Tenía lugar en la antigua hacienda de la familia Sumintomo, que había pasado a ser el cuartel general de la Séptima División del ejército americano. Me asombró ver que habían pintado de blanco muchas de las hermosas piedras del jardín y que había carteles en inglés, que por supuesto yo no entendía, clavados aquí y allá en los árboles. Cuando terminó la fiesta, volví a la Casa de Té Ichiriki, y una camarera me condujo al piso superior, a la misma habitacioncita en la que me había visto con Nobu la noche que cerraban Gion. En esta habitación me comunicó que me había buscado un lugar seguro para pasar la guerra; era, pues, totalmente apropiado que nos volviéramos a ver en este mismo sitio para celebrar que ya era mi danna, aunque yo la verdad es que no tenía mucho que celebrar. Me arrodillé en un extremo de la mesa, de modo que Nobu se sentara en el lateral con la habitación frente a él. Tuve el cuidado de ponerme del lado desde el que podía servirme sake con su único brazo sin que estuviera la mesa por medio; seguro que quería que brindáramos después de que me comunicara que ya habían terminado las negociaciones. Sería una noche agradable para Nobu. Y yo pensaba hacer todo lo posible por no estropeársela.
El ambiente era bastante agradable, con una iluminación muy suave y tamizada con el reflejo rojizo de las paredes. Se me había olvidado el olor de aquella habitación, a polvo mezclado con el del aceite que se emplea para pulir la madera, pero al volver a olerlo, me encontré recordando ciertos detalles de aquella tarde con Nobu que, de no ser así, no me hubieran venido a la cabeza. Recordé que tenía agujereados los calcetines; por uno de ellos asomaba un dedo fino con la uña cuidadosamente recortada. ¿Podría ser verdad que sólo hubieran pasado cinco años y medio desde esa tarde? Parecía que había nacido y muerto toda una generación; tantos habían muerto de la gente que había conocido entonces. ¿Sería ésta la vida para la que había vuelto a Gion? Era exactamente como me había dicho Mameha una vez: «No nos hacemos geishas para tener una vida feliz; nos hacemos geishas porque no tenemos otra opción». Si mi madre no hubiera muerto, a estas alturas yo sería una esposa y madre en un pueblecito de pescadores que pensaría en Kioto como un lugar lejano al que se envía el pescado. ¿Y habría sido realmente peor mi vida? Nobu me había dicho en una ocasión: «Yo soy un hombre muy fácil de entender, Sayuri. Sencillamente no me gusta tener delante de mí lo que no puedo alcanzar». Tal vez, a mí me sucedía lo mismo; me había pasado toda mi vida en Gion imaginándome al Presidente delante de mí, y ahora resultaba que no podía tenerlo.
Cuando había esperado diez o quince minutos, empecé a pensar si Nobu iba a venir realmente. Sabía que no debía hacerlo, pero bajé la cabeza y la reposé sobre la mesa para descansar un momento, pues durante las últimas noches había dormido muy mal. No me quedé dormida, sino que floté a la deriva en mi desgracia. Y entonces tuve el sueño más extraño. Creí oír el sonido de unos tambores a lo lejos y un silbido como de agua saliendo a presión por una espita, y entonces sentí la mano del Presidente en el hombro. Sabía que era su mano porque cuando levanté la cabeza para ver quién me había tocado, allí estaba él. El sonido de los tambores habían sido sus pisadas subiendo las escaleras y el silbido, la puerta al ser descorrida. Y ahora estaba de pie a mi lado con una camarera detrás de él. Lo saludé con una reverencia y pedí disculpas por haberme quedado dormida. Estaba tan confusa que durante un momento me pregunté si estaba realmente despierta; si todo aquello no sería un sueño. El Presidente se estaba sentando en el cojín donde yo esperaba que se sentara Nobu, pero éste no aparecía por ningún lado. Mientras la camarera dejaba el sake sobre la mesa, me atrapó un pensamiento atroz. ¿Habría venido el Presidente a decirme que Nobu había tenido un accidente o que le había sucedido algo aún peor? Porque si no, ¿por qué no había venido él en persona? Estaba a punto de preguntárselo al Presidente cuando la dueña de la casa de té se asomó por la puerta de la habitación.
– ¡Hombre, Presidente! ¡Hacía semanas que no lo veíamos por aquí!
La dueña siempre era muy amable con sus clientes, pero adiviné en su tono de voz que tenía algo más en mente. Probablemente se estaba preguntando por Nobu, lo mismo que yo. Mientras yo le servía una copa de sake al Presidente, ella se acercó y se arrodilló a la mesa. Cuando él alzó la copa para beber, ella le agarró, impidiéndole que se la llevara a la boca, y se inclinó sobre la bebida, oliendo sus vapores.
– Presidente, nunca entenderé por qué prefiere este sake a los otros -dijo-. Esta tarde hemos abierto una botella del mejor que hemos tenido en años. Estoy segura de que Nobu-san lo apreciará cuando llegue.
– Sin duda que lo apreciaría -contestó el Presidente-. A Nobu le gustan las cosas buenas. Pero no vendrá esta noche.
Me alarmé al oír esto; pero no levanté los ojos de la mesa. Me di cuenta de que la dueña de la casa de té también se había quedado sorprendida, pues enseguida cambió de tema.