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Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:

El libro relata la apasionante historia de un joven morisco en la Andalucía del siglo XVI, atrapado entre dos religiones y dos amores, en busca de su libertad y la de su pueblo. Un relato emocionante que pretende reflejar la tragedia del pueblo morisco, ahora que se cumple, en 2009, el cuarto centenario de su expulsión de España. Una novela que nos relata la vida y aventuras de un joven fronterizo y enamorado que nunca se resignó a la derrota y luchó por la convivencia de las religiones cristiana y musulmana. Ildefonso Falcones arrastra al lector en un fascinante recorrido por escenarios como las agrestes montañas de las Alpujarras -y la guerra que en ellas se libró-, así como por la imponente Córdoba, la antigua ciudad califal: con su mezquita catedral, su vieja medina, sus calles y su bullicio. Una novela en la que los lectores de La catedral del mar encontrarán la misma fidelidad histórica, así como un apasionado relato de amor y odio que arrastra a su protagonista por los caminos de la aventura.
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– Preferimos empezar mejor el día, nunca al mandato de los campaneros. Espera y verás. ¡Va una blanca a que sí! -exclamó después.

– De acuerdo -aceptó la apuesta el Buceador.

– ¡Dos a que no acierta! -apostó Luis.

– ¡Ésa es mía! -cantó Mesa.

– Mira -le indicó el cirujano, señalándole a un hombre delante de ellos, parado a tres o cuatro pasos de distancia, entre unos naranjos, en la mitad de uno de los caminos que desde la galería se internaba en el huerto.

Hernando lo observó: era calvo, tenía los ojos entrecerrados y una sonrisa apretada como si quisiera esconder los labios, aunque un incisivo le sobresalía entre ellos; estaba en pie, hierático, con una loseta plana de mármol en equilibrio sobre su cabeza.

– ¿Qué hace?

– ¿Palacio? Espera y lo verás.

Con la gente que entraba en el huerto entraron también algunos cerdos dispersos y bastantes perros que perseguían a los sacerdotes, en pos del aroma del desayuno que algunos curas todavía conservaban en las manos o dispuestos a lamer las losas sobre las que habían cenado los retraídos. Hernando reparó en cómo algunos de los perros escondían el rabo entre las piernas y echaban a correr a la simple vista del tal Palacio.

– ¿Por qué…?

– ¡Silencio! -le interrumpió el Buceador-. Siempre hay alguno que no lo conoce y pica.

Volvió a prestar atención en el momento en que, efectivamente, un podenco manchado y con el rabo enroscado olisqueaba los zapatos y las andrajosas calzas rojas del hombre. El perro buscó la posición revolviéndose inquieto y cuando por fin levantó la pata dispuesto a orinar sobre la pierna de Palacio, éste calculó la trayectoria e inclinó la cabeza para dejar que la losa resbalara por ella y cayese a peso sobre el lomo del animal, que vio bruscamente interrumpida su micción y salió aullando dolorido. Quieto todavía, como si saludase a la audiencia, Palacio abrió su sonrisa y mostró su incisivo sobresaliente. *

– ¡Bravo! -gritaron Mesa y el cirujano, al tiempo que extendían las manos en busca de las apuestas ganadas.

– ¿Siempre lo hace? -preguntó Hernando.

– ¡Cada día! Fijo como las campanadas -le contestó el Buceador-. Y eso que en alguna ocasión ha sido él quien ha tenido que correr delante del dueño del perro, si es que lo tiene. Esa apuesta, la de que aparezca el dueño del perro, la pagamos diez a uno entre todos -añadió riendo.

Esa noche, Hernando no durmió en el huerto.

– Ayer mismo al anochecer, probablemente al tiempo que mandaba a sus hombres a vigilar las calles que rodean la catedral, el conde ya pidió audiencia con el obispo -le explicó don Julián después del oficio de laudes y oír el relato del morisco sobre los sucesos acaecidos la noche anterior-. Tengo entendido que estaba hecho una furia. No creo que el obispo acceda a recibirlo, por lo que el conde de Espiel hará cuanto esté en su mano para apresarte, y si tiene que mandar una partida para que te secuestre, lo hará. Estoy seguro.

– ¡Para él era un simple caballo, don Julián! ¡Un desecho de las cuadras del rey! ¿Por qué ese empeño?

– No te equivoques: no es un simple caballo, ¡es su honor! Un morisco ha mancillado su nombre y su derecho; no hay mayor afrenta para un noble.

¡El honor! Hernando recordó cómo hacía años, aquel hidalgo que decía descender de los Varus romanos había llegado a jugarse la vida por la mera sospecha de que alguien osara mancillar su linaje. El recuerdo voló entonces hasta las monedas que había sacado del incauto y que luego había corrido a entregar a Fátima. ¡Su Fátima…!

– Como bien sabes -continuó don Julián interrumpiendo sus pensamientos-, además de bibliotecario soy el capellán de la de San Bernabé, una de las tres pequeñas capillas que existen tras el altar mayor. Esta noche te proporcionaré un juego de las llaves de sus rejas y mientras los porteros cierran el templo y echan a la gente, te esconderás en un armario empotrado que hay en ella y que vaciaré durante el día. Deja transcurrir un tiempo prudencial; luego sal y escóndete en algún otro lugar para dormir, pero lleva cuidado: aun con el templo cerrado, hay vigilantes, sobre todo en el tesoro.

– No debes arriesgarte tanto. Si me descubriesen…

– Ya soy viejo, y tú tienes mucho que hacer por nosotros, aunque sea desde Berbería. Has sufrido muchos reveses, Dios sabrá por qué, pero la esperanza de nuestro pueblo descansa en personas como tú.

Los retraídos no se preocuparían por sus ausencias nocturnas, trató de convencerle el sacerdote, y en cuanto a la intercesión por Mesa, el ladrón de cédulas, que Hernando no olvidó, fue recibida por el sacerdote con un gesto pesaroso y la promesa de hacer cuanto pudiera por él. Por su parte, el conde de Espiel aumentó la presión en las calles y pese a que también estaba considerado sacrilegio y causa de excomunión -lo que terminó de convencerle de la necesidad de refugiarse por las noches en el interior de la mezquita-, Aisha fue despojada de la comida que transportaba, por los esbirros del conde que vigilaban las calles. Mientras tanto don Julián, con la ayuda de Abbas, quien rogó al sacerdote que mantuviera a Hernando ajeno a su intervención, intentaban encontrar una vía de escape a Berbería, pero el conde, consciente de que aquélla era la única posibilidad del morisco, también se movía en esa dirección: sus espías, cargados de dineros y de pocos escrúpulos, pagaban o amedrentaban a todos aquellos que se dedicaban a tales menesteres.

Pese a la relativa facilidad con la que Hernando logró burlar a los porteros mientras éstos hacían salir a la gente que aún estaba en la catedral tras los oficios de vísperas, en momento alguno dejó de notar el frenético palpitar de su corazón, el sudor en sus manos y el temblor que hizo tintinear el manojo de llaves que portaba, obligándole a mover la cabeza de uno a otro lado ante lo que para él era un estruendo. Don Julián se ocupó de engrasar la cerradura y los goznes de la gran reja de la capilla de San Bernabé, excesivamente alta para la diminuta capilla.

– ¡Abandonad el templo! -escuchó que exigían los porteros alzando la voz, sin llegar a gritar, después de cerrar la reja tras de sí. A su izquierda, tras un magnífico tapiz, se escondía el armario mencionado por don Julián.

Sin embargo, Hernando se quedó hechizado por los reflejos que la luz de las lámparas de aceite que colgaban del techo de la catedral, así como del millar de velas que titilaban en las capillas y los altares, arrancaban al mármol blanco del interior de la capilla. Había pasado infinidad de veces por delante de esa capilla pero entonces, rozando con sus dedos el mármol del altar y del retablo que cubría la totalidad de su pared frontal, percibió la gran diferencia entre aquélla y todas las demás. La de San Bernabé era una joya de aquel estilo romano tan difícil de introducir en unas tierras exacerbadamente católicas como las regidas por el rey Felipe. Las diferentes escenas de los retablos en mármol blanco habían sido esculpidas por un maestro francés, como si peleasen con la profusión de colores, molduras doradas e imágenes oscuras o apocalípticas que adornaban el resto de la catedral.

Hernando respiró hondo, en un intento de impregnarse de la serenidad y belleza que reinaba en el lugar, cuando oyó cómo los porteros volvían tras haber cerrado las puertas de acceso a la catedral y comprobaban las rejas de las capillas. Oyó sus risas y sus comentarios y saltó hacia el tapiz, introduciéndose en el interior del armario justo en el instante en que los porteros se asomaban a la de San Bernabé.

Esa noche no abandonó su escondite. Rendido por el cansancio, por las muchas noches pobladas de dolorosas pesadillas, se acurrucó en el suelo y se dejó vencer por el sueño. Le despertó el alboroto que se produjo en la catedral al amanecer y no le fue difícil salir del pequeño armario: los oficios de prima se desarrollaban en el altar mayor y en el coro, al otro lado de la gran construcción en cuya parte trasera estaba la capilla. Para que no le pillasen con ellas, escondió las llaves, atándolas con un alambre herrumbroso por debajo del barrote inferior de la reja.

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* Con mi admiración y agradecimiento al maestro de la novela, Miguel de Cervantes, de quien he tomado prestado al «loco de Córdoba», personaje de la segunda parte de El Quijote. (N. del A.)

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