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Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:

El libro relata la apasionante historia de un joven morisco en la Andalucía del siglo XVI, atrapado entre dos religiones y dos amores, en busca de su libertad y la de su pueblo. Un relato emocionante que pretende reflejar la tragedia del pueblo morisco, ahora que se cumple, en 2009, el cuarto centenario de su expulsión de España. Una novela que nos relata la vida y aventuras de un joven fronterizo y enamorado que nunca se resignó a la derrota y luchó por la convivencia de las religiones cristiana y musulmana. Ildefonso Falcones arrastra al lector en un fascinante recorrido por escenarios como las agrestes montañas de las Alpujarras -y la guerra que en ellas se libró-, así como por la imponente Córdoba, la antigua ciudad califal: con su mezquita catedral, su vieja medina, sus calles y su bullicio. Una novela en la que los lectores de La catedral del mar encontrarán la misma fidelidad histórica, así como un apasionado relato de amor y odio que arrastra a su protagonista por los caminos de la aventura.
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– ¡Camina! -ordenó uno de los hombres al tiempo que le empujaba por la espalda.

Sintió el empujón sobre su espalda como uno de los golpes más fuertes que nunca hubiera recibido. ¡Azirat no podía pretender que él terminase encarcelado! Pero ¿cómo podía librarse de la prisión? No podría correr más que algunos pasos y los hombres iban armados mientras que él…

– ¡Obedece! -Un nuevo empujón estuvo a punto de lanzarle al suelo.

José Velasco soltó su brazo y lo miró extrañado.

– Hernando, no me lo pongas más difícil -le rogó.

La puerta de los Deanes, que daba al huerto de la mezquita, se hallaba a sólo un par de pasos de donde se encontraban. El morisco la miró. También lo hizo José Velasco.

– No intentes… -trató de advertirle el lacayo.

Pero Hernando, pese al dolor que sentía en todo su cuerpo, corría ya hacia la mezquita.

Traspasó la puerta de los Deanes en el momento en que los tres hombres se abalanzaban sobre él; todos cayeron en el interior del huerto de naranjos de la catedral. Hernando luchó y pateó por librarse de ellos, pero sus músculos ya no respondían. Rodeados por la gente que se hallaba en el huerto José Velasco logró inmovilizarlo al tiempo que sus compañeros, ya en pie, lo agarraban de tobillos y muñecas para extraerlo del huerto como si de un fardo se tratase.

– ¡Grítalo! -le apremió un hombre que observaba la escena.

¿Qué…?, pensó Hernando.

– ¡Dilo! -le conminó otro.

¿Qué tenía que decir?

Los hombres del caballerizo ya le habían alzado del suelo y Hernando colgaba igual que un animal.

– ¡Sagrado! -escuchó de voz de una mujer.

– ¡Sagrado! -gritó el morisco, recordando entonces cuántas veces había escuchado esa súplica en sus estancias en la catedral-. ¡Me acojo a sagrado!

En el linde interior de la puerta de los Deanes, los hombres que le acarreaban dudaron, pero inmediatamente hicieron ademán de sacarlo de la catedral.

– ¿Qué pretendéis? -Un sacerdote se interpuso en su camino-. ¿Acaso no habéis oído que este hombre se ha acogido a sagrado? ¡Soltadle bajo pena de excomunión ipso facto! -Hernando notó cómo aflojaba la presión en sus manos y pies.

– Este hombre… -intentó explicar José Velasco.

– ¡Es sacrilegio violar la inmunidad y el derecho de asilo de un lugar sagrado! -insistió el sacerdote interrumpiéndolo con brusquedad.

El lacayo hizo un gesto a los hombres que le acompañaban y éstos soltaron a Hernando, que quedó a los pies de todos ellos.

– No estarás mucho tiempo retraído en la catedral -le espetó José Velasco, temeroso ya del castigo que le impondría su señor por haber permitido que el detenido escapase-. Dentro de treinta días te echarán de aquí.

– Eso lo tendrá que decidir el provisor eclesiástico -volvió a interrumpirle el sacerdote. José y sus hombres, ambos con igual rostro de preocupación que el lacayo, fruncieron el ceño-. Y tú -añadió entonces, dirigiéndose a Hernando-, ve en busca del vicario a comunicarle las circunstancias que te han llevado a pretender este derecho.

43

Algunos hombres aplaudieron la actuación del sacerdote mientras Hernando trataba de levantarse dolorido; si ya lo estaba antes, ahora, después de pelear con José y sus acompañantes, y del tremendo golpe recibido en los riñones al caer al suelo, casi se veía incapaz de moverse. Un rubio de pelo rizado y ojos azules como los suyos se acercó a ayudarle.

– ¡Silencio! -gritó entonces el sacerdote-. Aquel que alborote perderá el derecho de asilo y será expulsado del templo.

Los aplausos cesaron de inmediato, pero las chanzas y burlas hacia los hombres del caballerizo real que habían tenido que ceder al sagrado estallaron tan pronto como el sacerdote estuvo a la suficiente distancia como para no oírlas o, por lo menos, para no molestarse en regresar a fin de amonestar de nuevo al numeroso grupo de delincuentes y desgraciados que se hallaban asilados en la catedral para escapar de la justicia seglar. Y así fue, puesto que el sacerdote, sin ni siquiera volverse, negó cansinamente con la cabeza al escuchar las carcajadas que estallaron a sus espaldas.

– Me llamo Pérez -dijo el rubio que le había ayudado a levantarse, al tiempo que le ofrecía su mano.

– Pero lo llamamos «el Buceador» -terció otro hombre que se les unió y que mostraba el torso casi descubierto, pese al frío de octubre.

– Hernando -se presentó él.

– Pedro -dijo a su vez el del torso descubierto.

– Vamos a ver al vicario -le conminó el Buceador.

– No hace falta que me acompañes -lo excusó el morisco.

– No te preocupes -insistió el rubio que ya se dirigía hacia el interior de la catedral-, aquí no tenemos nada que hacer: no nos permiten ni jugar a los naipes. Ni siquiera podemos aplaudir, como habrás comprobado. -Hernando trató de darle alcance pero trastabilló por el dolor. Pérez le esperó y ambos se introdujeron en el templo-. Se peleó con el vicario -le explicó el rubio haciendo un gesto hacia el que se llamaba Pedro, que permaneció en el huerto-. Parece ser que ha tenido un problema con un collar muy valioso -explicó cuando ya deambulaban entre las columnas de la antigua mezquita-, pero no quiere contárnoslo en detalle; por lo visto tampoco quiso explicárselo al vicario.

La sacristía, como bien sabía Hernando, se hallaba adosada al muro sur de la catedral, junto al tesoro, en una capilla entre el mihrab y la biblioteca, que aún seguía en obras para convertirse en sagrario mayor. Pérez se extrañó ante la sonrisa con la que don Juan, el vicario, recibió al nuevo retraído después de que, desde el quicio de la puerta, humildemente, pidieran permiso para entrar.

– El conde de Espiel es un mal enemigo -afirmó don Juan tras la explicación que le ofreció el morisco. Pérez escuchó con atención la historia mientras el vicario tomaba notas en unos legajos-. Le pasaré estos datos al provisor a ver qué es lo que decide acerca de tu situación. En breve espero poder decirte algo… y siento lo de tu familia -añadió cuando los dos retraídos ya abandonaban la sacristía.

– ¿Por qué te conoce? -le preguntó su compañero tan pronto como se encontraron fuera de ella-. ¿Es tu amigo? ¿Cómo…?

– Vamos a la biblioteca -le interrumpió Hernando.

Don Julián trajinaba con los últimos tomos que restaban en la biblioteca. La nueva librería, junto a la puerta de San Miguel, era de menor tamaño y la mayoría de los libros y rollos terminaban en la biblioteca particular del obispo, allí donde también se escondían Coranes y profecías árabes.

– ¿Permiso? -preguntó Hernando desde la reja que ahora separaba andamios y operarios del resto de la mezquita.

– ¿También conoces al bibliotecario? -le susurró el sorprendido Buceador ante la sonrisa con que don Julián recibía al morisco; una sonrisa que poseía un deje de tristeza desde la desaparición de Fátima y sus hijos.

Pasearon por entre el millar de columnas de la mezquita con el Buceador tras ellos, y Hernando tuvo que repetir la misma historia que hacía unos instantes acababa de contar al vicario.

– ¡El conde de Espiel! -suspiró don Julián sumándose a los malos augurios del vicario-. En cualquier caso, el provisor estará a tu favor: los de Espiel fueron una de las familias nobles que más tenazmente se opusieron a la construcción de la nueva catedral hasta que el emperador Carlos I autorizó su construcción y, con las nuevas obras, los Espiel perdieron su capilla. Luego, en desplante hacia el cabildo catedralicio, financiaron otra iglesia en la que consiguieron el patronato de su capilla mayor. Desde entonces no hay buenas relaciones entre el conde y el obispo.

– ¿En qué me beneficiará tener a mi favor al provisor?

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