La Mano De Fátima
- Автор: Фальконес Ильденфонсо
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:
– No quieren aceptar más tu dinero. No desean deberle favores a un cristiano -le comunicó un día Aisha, cuando él pretendía entregarle una buena cantidad que debía servir para el rescate de esclavos.
Además de los dineros destinados a ese menester, Hernando proporcionaba a su madre el suficiente como para salir adelante sin estrecheces compartiendo casa con varias familias moriscas. Hernando fue en busca de Abbas, el único de los antiguos miembros del consejo que quedaba con vida tras la epidemia de peste que había azotado la ciudad dos años atrás, provocando cerca de diez mil muertos, la quinta parte de la población, entre ellos Jalil y el buen don Julián. Lo encontró en las caballerizas reales.
– ¿Por qué no aceptáis mi ayuda? -le preguntó a solas, en la herrería, tras murmurar un saludo casi ininteligible a su llegada. Después de recibir la noticia de la muerte de Fátima y de sus hijos, y de la violenta reacción de Hernando con el herrador, la amistad entre ambos se había resentido-. Fátima y yo fuimos los primeros en contribuir para la liberación de esclavos moriscos, y lo hicimos en mayor medida que los demás miembros de la comunidad, ¿recuerdas?
Durante unos instantes, Abbas desvió su atención de los instrumentos con que trajinaba sobre una mesa.
– La gente no quiere dádivas del nazareno -le contestó secamente antes de concentrarse de nuevo en sus quehaceres.
– Precisamente tú más que nadie deberías saber que eso no es cierto, que no soy cristiano. El duque y yo nos limitamos a unir nuestras fuerzas para escapar de un corsario renegado que…
– No quiero escuchar tus explicaciones -le interrumpió Abbas sin dejar de trabajar-. Son muchas las cosas que todos sabemos que no son ciertas y sin embargo… Todos los moriscos juraron fidelidad a su rey, por eso están aquí, humillados, porque perdieron la guerra. Tú también juraste lealtad a la causa y sin embargo ayudaste a un cristiano. Si pudiste quebrantar ese juramento, ¿por qué juzgas con tanta dureza a quienes en algún momento no han podido cumplir con sus promesas?
Tras pronunciar estas palabras, el herrador se irguió frente a él, imponente. «¿Por qué sigues juzgándome?», preguntaban sus ojos. «No pude hacer nada por evitar la muerte de tu esposa», parecían querer decirle.
Hernando se mantuvo en silencio. Posó la mirada en el yunque donde se daba forma a las herraduras. No era lo mismo: Abbas le había prometido cuidar de su familia; Abbas le había asegurado que Ubaid no les molestaría. Abbas… ¡Le había fallado! Y Fátima, Francisco, Inés y Shamir estaban muertos. ¡Su familia! ¿Acaso existía perdón para algo así?
– Yo no hice daño a nadie -replicó Hernando.
– ¿Ah, no? Devolviste la vida y la libertad a un grande de España. ¿Cómo puedes asegurar que en verdad no dañaste a nadie? El resultado de las guerras depende de ellos, de todos y cada uno de ellos: de sus padres y de sus hermanos, de los pactos a los que pueden llegar si uno de su familia es hecho preso. Esta misma ciudad santa -continuó Abbas elevando la voz- pudo ser reconquistada por los cristianos porque un solo noble, uno sólo, don Lorenzo Suárez Gallinato, convenció al rey Abenhut de que se hallaba apostado con un gran ejército en Écija, ¡a tan sólo siete leguas de aquí! Y de que debía dirigirse en ayuda de Valencia en lugar de acudir a socorrer a Córdoba. -Abbas resopló; Hernando no supo qué decir-. ¡Un solo noble cambió el destino de la capital musulmana de Occidente! ¿Sigues afirmando que no dañaste a nadie?
Ni siquiera se despidieron.
La recriminación de Abbas persiguió a Hernando durante varios días. Una y otra vez trató de convencerse de que el corsario Barrax sólo quería a don Alfonso para obtener un rescate por él. ¡Su libertad no pudo haber influido en el desarrollo de la guerra de las Alpujarras!, se repetía con insistencia, pero las palabras del herrador no dejaban de regresar a su mente en los momentos más inoportunos. Por eso le gustaba visitar la capilla del Sagrario de la catedral, la antigua biblioteca que tantos recuerdos le traía. Allí lograba el sosiego, mientras contemplaba cómo Cesare Arbasia, el maestro italiano contratado por el cabildo, pintaba y decoraba la capilla desde el suelo hasta la bóveda, incluyendo las paredes y los dobles arcos. Poco a poco, aquel fondo en tonos ocres y rojos se iba llenando de ángeles y escudos. La mano del artista alcanzaba hasta el más pequeño rincón. ¡Hasta los capiteles de las columnas se recubrían de una capa dorada!
– Dijo el gran maestro Leonardo da Vinci que los creyentes prefieren ver a Dios en imagen antes que leer un escrito referido a la divinidad -le explicó uno de aquellos días el italiano-. Esta capilla se hará a imagen y semejanza de la Sixtina de San Pedro de Roma.
– ¿Quién es Leonardo da Vinci?
– Mi maestro.
Hernando y Cesare Arbasia, un hombre de unos cuarenta y cinco años, serio, nervioso e inteligente, habían trabado amistad. El pintor se había fijado en aquel morisco, siempre impecablemente ataviado a la castellana, como era obligado en la corte del duque, en la tercera ocasión en que lo vio sentado en la capilla, contemplando su labor durante horas, y ambos habían congeniado con facilidad.
– Poco te importan las imágenes, ¿no es verdad? -le había preguntado un día-. Nunca te he visto observarlas, ya no con devoción, sino ni tan siquiera con curiosidad. Te interesas más por el proceso de pintura.
Así era. Lo que más atraía a Hernando era el método, tan diferente al que había visto utilizar a los guadamacileros y pintores cordobeses, que usaba el italiano para pintar la capilla del Sagrario: el fresco.
El maestro revocaba la parte del muro que deseaba pintar con una mezcla de cierto espesor hecha con arena gruesa y cal, que después alisaba a conciencia y enlucía con arena de mármol y más cal. Sólo podía pintar sobre ella mientras estuviera fresca y húmeda, por lo que, en ocasiones, cuando veía que el revoco iba a secarse antes de que pudiera finalizar su tarea, los gritos e imprecaciones en su lengua materna resonaban por toda la catedral.
Los dos hombres se observaron en silencio durante unos instantes. El italiano sabía que Hernando era cristiano nuevo e intuía que continuaba profesando la fe de Mahoma. Al morisco no le preocupó confesarse a él. Estaba seguro de que Arbasia también escondía algo: se comportaba como un cristiano, pintaba a Dios, a la Virgen, a los mártires de Córdoba y a los ángeles; trabajaba para la catedral, pero algo en sus formas y en sus palabras lo diferenciaba de los piadosos españoles.
– Yo soy partidario de la lectura -reconoció el morisco-. Nunca encontraré a Dios en simples imágenes.
– No todas las imágenes son tan simples; muchas de ellas reflejan aquello que esconden los libros.
Con esa enigmática declaración por parte del maestro dieron por terminada la conversación ese día.
El palacio del duque de Monterreal estaba en la zona alta del barrio de Santo Domingo. Su cuerpo principal databa del siglo xiv, la época en que fue conquistada la ciudad de Córdoba, de cuyo esplendor califal era testigo un antiguo alminar que destacaba en una de sus esquinas. La casa constaba de dos pisos de altísimos techos, a los que se les habían añadido varias edificaciones hasta llegar a conformar un laberíntico entramado. Poseía dos grandes jardines y diez patios interiores, que unían unos edificios con otros. Todo el conjunto ocupaba una inmensa extensión de terreno. Su interior mostraba las riquezas propias de un noble: una profusión de grandes muebles, esculturas, tapices y guadamecíes, que no obstante iban cediendo su lugar, poco a poco, a pinturas al óleo; la plata y el oro se mostraba en vajillas y cuberterías; el cuero y la seda bordada aparecían por doquier. El palacio contaba con todos los servicios: múltiples dormitorios y letrinas, cocina, almacenes y despensas, capilla, biblioteca, contaduría, caballerizas y vastos salones para fiestas y recepciones.