La Mano De Fátima
- Автор: Фальконес Ильденфонсо
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:
– ¿Sabéis cuál es la última del conde de Espiel? -preguntó Don Diego a un grupo de nobles que cabalgaban junto a él probando los caballos del rey, Hernando y los lacayos del caballerizo con ellos.
– Cuenta, cuenta -le apremió uno de los caballeros ya con la sonrisa en la boca.
– Pues resulta que desde hace un par de semanas el médico le ha obligado a guardar cama por tercianas, y aburrido por no poder montar o salir de caza, ha ideado la forma de hacerlo desde el lecho…
– ¿Dispara saetas a los pajarillos por la ventana? -bromeó otro de los nobles.
– ¡Quia! -exclamó don Diego, sin poder evitar que la risa aflorase ya a sus labios-. A todo aquel sirviente que comete alguna falta, ¡y son muchas las que cometen los criados del conde!, le ata un cojín a las posaderas y le obliga a correr y saltar por el dormitorio hasta que él, armado con su saeta en la cama, logra acertarle en el culo.
Las carcajadas habían estallado en el grupo de jinetes. Incluso Hernando sonrió entonces al imaginar al conde en camisa de dormir, obeso y sudoroso, nervioso y excitado, tratando de hacer puntería con su ballesta a un sirviente que no cesaba de saltar por encima de sillas y muebles con un cojín atado al culo, pero borró su sonrisa tan pronto como su mirada se cruzó con la de José Velasco que, como sirviente que era de don Diego, se revolvía inquieto sobre la montura.
– Dicen… -balbuceó don Diego entre carcajada y carcajada-, dicen que se ha convertido en el más estricto de los mayordomos de su propia casa y que en todo momento… -el caballerizo real tuvo que dejar de hablar hasta que logró erguirse, con la mano en el estómago-, pregunta por las labores de todos los sirvientes y esclavos y las posibles faltas que pudieran haber cometido para que se los suelten en el dormitorio como liebres.
– ¿Y la condesa? -logró articular entre risotadas uno de los acompañantes.
– ¡Uh! ¡Preocupadísima! -Don Diego volvió a doblarse de la risa-. Les ha sustituido a los desgraciados los cojines de seda por cojines de algodón, algo más compactos, para no quedarse sin servicio… Y sin ajuar.
Las risas volvieron a estallar en el grupo de jinetes.
¡Aquél era el hombre que iba a montar a su caballo!, pensó Hernando con las carcajadas de los nobles resonando en sus oídos.
Azuzó a Azirat con un simple chasqueo de su lengua y el caballo salió al galope. Hacía un magnífico día otoñal. ¡Podía escapar! Podía galopar hasta llegar… ¿adónde? ¿Y su madre? Ya sólo se tenían el uno al otro. Llevaba media legua a un galope relajado, sin rumbo fijo, cuando notó que Azirat se ponía en tensión: a su derecha se abría una dehesa en la que pastaban toros bravos. El caballo parecía desear jugar con ellos, como tantas otras veces.
No se lo pensó dos veces. Acortó las riendas, bajó los talones y apretó las rodillas para afianzarse en la montura. Entró en la dehesa y durante un buen rato volvió a tocar el cielo. Gritó y rió caracoleando frente a las astas de los morlacos, llegando a permitirse el rozar los cuernos con sus dedos en los quiebros, Azirat ágil y veloz, dulce al freno, entregado a sus piernas y a sus movimientos como no lo había estado nunca. ¡Era el mejor! A pesar de su color rojo, era el mejor caballo de los centenares que habían pasado por las cuadras del rey. Y aquel magnífico ejemplar iba a caer en manos del peor y más soberbio jinete de toda Andalucía.
En un determinado momento, Azirat se paró, enfrentado a un inmenso toro negro zaino; los dos tanteándose en la distancia, el toro humillando y el caballo manoteando sobre el sitio.
Entonces Hernando creyó escuchar los silbidos y abucheos de las gentes hacia el conde de Espiel, en la plaza de la Corredera.
El caballo cabeceaba y pateaba, como si él mismo citara a su enemigo. Era extraño, pensó Hernando. Sentía la acelerada respiración de Azirat en sus piernas.
De repente, el toro embistió enfurecido y Hernando tiró de las riendas y presionó los flancos de Azirat para que estuviese presto a requebrar, pero notó que el caballo no respondía. En sólo un suspiro, los abucheos que todavía resonaban en su cabeza se convirtieron en aplausos y vítores nacidos de gente alguna y cuando ya alcanzaba a ver los ojos coléricos del negro zaino, soltó las riendas de Azirat para que éste marcase su destino. Entonces el caballo se alzó de manos y ofreció su pecho a las astas del toro.
El impacto fue mortal y Hernando salió despedido a varios pasos de distancia al tiempo que el morlaco, en lugar de ensañarse con el caballo ya tendido en tierra, se retiraba orgulloso, en homenaje, quizá por la ley que rige la vida de los animales, a aquel de los suyos que había decidido no huir ante su envite.
Más tarde, José Velasco, a quien don Diego ordenó que siguiera y vigilara al morisco con discreción, aseguraría, jurando y perjurando ante todo aquel que quisiera escucharle, que fue el propio caballo el que, como si lo desease, se había entregado a una muerte segura después de burlar con una elegancia y un arte nunca vistos a cuantos toros se había enfrentado durante esa mañana de otoño.
Pero los juramentos del lacayo, fantasías donde las hubiere al decir de quienes prestaron atención a su historia, no fueron suficientes para que un magullado Hernando evitara la detención y encarcelamiento que de inmediato y de acuerdo con la jurisdicción que le competía, ordenó don Diego López de Haro, burlado en su buena fe por conceder al morisco aquel deseo que le había suplicado. Al desengaño del caballerizo, se sumó la preocupación por la segura y predecible violenta respuesta del conde de Espiel ante la muerte de su caballo.
– Has tenido la posibilidad de medrar y la has desaprovechado -le dijo el caballerizo delante de los trabajadores de las cuadras, Abbas entre ellos, cuando Hernando fue materialmente transportado por José Velasco desde la dehesa-. No puedo hacer nada por ti. Quedarás a disposición de la justicia y de lo que contigo quiera hacer el conde de Espiel, propietario del caballo que has malogrado.
Pero Hernando no escuchaba; tampoco reaccionó ante las palabras de don Diego: se hallaba absorto en la magia de aquel momento en que Azirat cobró voluntad propia y decidió por su cuenta. ¡Ningún caballo de los que había montado llegó nunca a hacer algo parecido!
– Llevadlo a la cárcel -ordenó a sus lacayos-. Yo, don Diego López de Haro, caballerizo de Su Majestad don Felipe II, así lo ordeno.
Hernando ladeó la cabeza hacia el noble. ¡Cárcel! ¿Lo habría previsto Azirat? Quizá debería haber muerto él también, pensó mientras caminaba por el Campo Real, frente al alcázar de los reyes cristianos, donde la Inquisición, escoltado por José Velasco y un par de hombres más. No tenía nada por lo que vivir. Sólo su madre, pensó con tristeza. Se dirigían a la calle de la cárcel, y Hernando lo hacía renqueante y dolorido, agarrado del brazo por José, todavía confundido entre lo que había presenciado en la dehesa y los lógicos razonamientos de quienes escucharon sus explicaciones y se negaron a creerlas. ¡Pero él lo había visto! José y Hernando se miraron y una mueca ininteligible apareció en los labios del lacayo. Cruzaron bajo el puente de la catedral y ascendieron en silencio por la calle de los Arquillos, la mezquita a su derecha. La gente con la que se cruzaban miraba con curiosidad a la comitiva.
Sólo Dios podía haber guiado los pasos de Azirat, igual que hacía con todos los creyentes, concluyó Hernando. Pero si él había salido ileso, ¿de qué servía el sacrificio del caballo? ¿Para terminar en la cárcel a disposición del hombre por cuya causa había entregado su vida Azirat? «El diablo jamás entrará en una tienda habitada por un caballo árabe», escribió el Profeta para elevar a los nobles brutos a defensores de los creyentes. ¿Qué pretendía decirle Dios a través de Azirat? José Velasco tiró de su brazo ante la duda que llevó a Hernando a detener sus pasos. ¿Cuál era el mensaje divino que podía esconderse en lo sucedido esa mañana?, continuó preguntándose.