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Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:

El libro relata la apasionante historia de un joven morisco en la Andalucía del siglo XVI, atrapado entre dos religiones y dos amores, en busca de su libertad y la de su pueblo. Un relato emocionante que pretende reflejar la tragedia del pueblo morisco, ahora que se cumple, en 2009, el cuarto centenario de su expulsión de España. Una novela que nos relata la vida y aventuras de un joven fronterizo y enamorado que nunca se resignó a la derrota y luchó por la convivencia de las religiones cristiana y musulmana. Ildefonso Falcones arrastra al lector en un fascinante recorrido por escenarios como las agrestes montañas de las Alpujarras -y la guerra que en ellas se libró-, así como por la imponente Córdoba, la antigua ciudad califal: con su mezquita catedral, su vieja medina, sus calles y su bullicio. Una novela en la que los lectores de La catedral del mar encontrarán la misma fidelidad histórica, así como un apasionado relato de amor y odio que arrastra a su protagonista por los caminos de la aventura.
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– Como juez eclesiástico, es quien debe decidir si tu asilo se ajusta a las normas canónicas y a los concilios. En principio, no eres un asesino ni un salteador de caminos; y, por lo que me has explicado, tu delito puede incluirse en aquellos que tienen derecho al asilo eclesiástico. Pero hay otra circunstancia más importante: el derecho de asilo no es indefinido, puesto que en caso contrario los templos se convertirían en moradas de delincuentes. Aquí, en Córdoba, se aplica un plazo máximo de treinta días durante los cuales se supone que el retraído puede hacer las gestiones oportunas para paliar las consecuencias de su falta. Conociendo al conde de Espiel, tú no lo conseguirás. -Hernando asintió con tristeza-. El conde no cederá un ápice. Ni siquiera se avendrá a una pena que no implique castigos corporales, que es una de las formas más usuales de terminar con el asilo: la Iglesia exige a la justicia seglar que se comprometa a tratar con benevolencia al delincuente y, si se firma ese pacto, lo entrega. Ahí es donde más influye el provisor, porque si no obtiene ese acuerdo, puede prorrogar el plazo del asilo sin limitación.

– ¿Qué ganaría el conde si no pacta con la Iglesia? No podrá extraerme de la catedral y tampoco obtendrá ninguna satisfacción por mí… ¿delito?

– La mayoría de los cristianos -le contradijo don Julián- no osa contravenir el sagrado. La simple amenaza de excomunión ipso facto para quien atenta contra el asilo es suficiente para amedrentar a sus piadosas conciencias. -Instintivamente, Hernando se llevó la mano a los riñones y recordó la rapidez con la que le soltaron Juan Velasco y sus hombres a la sola mención de la excomunión-. Pero el conde de Espiel, como muchos otros principales -continuó el sacerdote-, puede contratar a gente que actúe en su nombre para no ser excomulgado. No te fíes de nadie. En cuanto se entere de que estás retraído aquí, sus hombres se apostarán en las puertas para impedir que te entren comida, que te visiten; en resumen, para hacerte la vida imposible. No te fíes de quien se te acerque en el huerto, ni siquiera aquí dentro. Podrían secuestrarte y hacerte desaparecer en alguna de las mazmorras de los estados del conde.

– Eso significa que, si no me secuestra… -murmuró Hernando-, ¿tendré que estar aquí toda la vida?

Don Julián se detuvo y, volviéndose hacia el Buceador, le hizo un autoritario gesto para que se apartase.

– Eso significa -susurró don Julián tras comprobar que Pérez se hallaba dos columnas más allá- que quizá sea llegada la hora de que huyas a Berbería.

– ¿Y mi madre? -fue todo lo que se le ocurrió preguntar.

– Puede ir contigo. -Los dos hombres se miraron. ¡Cuánto trabajo y cuántos anhelos habían compartido juntos!-. Empezaré a preparar el viaje -añadió don Julián cuando Hernando dejó transcurrir unos instantes sin oponerse a la idea.

– Si preparas esa fuga, ten en cuenta que primero he de pasar por las Alpujarras, por el castillo de Lanjarón…

– ¿La espada?

– Sí -afirmó con la mirada perdida en el bosque de columnas-. La espada de Muhammad.

– Será arriesgado, pero imagino que posible -consideró el sacerdote-. A pesar de la prohibición y de las nuevas deportaciones que se han llevado a cabo en Granada, son muchos los moriscos que vuelven a ese reino. -Don Julián sonrió-. ¡Qué mágica atracción tienen sus atardeceres rojos! Bueno. De Granada podríais ir a las costas de Málaga o Almería y embarcar en alguna fusta morisca de las de Vélez, Tetuán, Larache o Salé.

Cuando hubo anochecido, Hernando abandonó la catedral y salió al huerto con la promesa por parte de don Julián de ocuparse de todo, tanto de la huida como de interceder por él ante el provisor. Allí se encontró con Aisha esperándole; don Julián había ordenado que le dieran aviso.

– Huiremos a Berbería -le anunció en un susurro, poniendo fin a una nueva explicación de lo sucedido. En la penumbra, fue incapaz de percibir que a su madre se le demudaba el semblante.

– Ya no estoy para aventuras… -se excusó Aisha.

– Tengo veintiséis años, madre. Me tuviste a los catorce. ¡No eres tan mayor! Primero iremos a Granada y desde allí, o desde Málaga, no nos será difícil cruzar en alguna fusta hasta Tetuán.

– Pero…

– No nos queda otra solución, madre, salvo que quieras que me ponga en manos del conde. Y tampoco nos será sencillo -llegó a concluir con don Julián-. Tendremos que esperar que transcurran los días y los hombres del conde de Espiel se cansen y relajen la vigilancia a la que seguro me someterán. Debes estar preparada.

Pese a la conmoción de la noticia y las prisas, Aisha tuvo la precaución de llevarle algo de comida: pan, cordero y fruta; agua sobraba en el aljibe del huerto. Acababan de terminar los oficios de completas cuando Aisha se despidió de su hijo. Los porteros cerraban las puertas de acceso a la catedral y toda la gente que se refugiaba o se limitaba a merodear por su interior se acomodó en el gran huerto. Algunos lo abandonaron; los retraídos o asilados se agruparon en aquellos lugares que a base de reyertas se habían ido ganando unos a otros. A excepción del espacio que ocupaban la puerta del Perdón, la torre del campanario y una parte cerrada destinada a consistorio del arcediano, las tres galerías que cerraban el huerto se hallaban disponibles para los retraídos y en ellas buscaban cobijo durante las frías noches.

– ¿Era tu madre?

Hernando se volvió para encontrarse con el Buceador, quien, ante los evidentes contactos con la jerarquía eclesiástica del nuevo inquilino del huerto, había decidido unirlo a su cuadrilla por si pudiera serles de alguna utilidad.

– Sí.

– Ven con nosotros. Tenemos algo de vino.

Hernando aceptó y, acompañado del Buceador, se dispuso a cruzar el huerto hasta la galería del muro sur desde la puerta del Perdón, donde se había despedido de su madre. La vio pasar bajo la gran arcada, compungida, pese al proyecto de huir a Berbería que le acababa de proponer. ¿A qué venía aquella tristeza?, se preguntó.

– ¿Buceador? -inquirió unos pasos más allá, soltando por fin lo que llevaba todo el día preguntándose.

– Sí. Eso es lo que soy -sonrió el rubio-: buceador. Trabajo…, trabajaba -se corrigió-, para un capitán vasco que ostentaba la concesión real para el rescate de naves hundidas y tesoros en las costas españolas. Discutimos por unas monedas de oro que encontré lejos del pecio que estábamos rescatando en Cádiz -dijo chasqueando la lengua-, salí corriendo y logre refugiarme aquí cuando estaban a punto de pillarme.

Pese a las explicaciones que le proporcionó Pérez, que se detuvo frente al morisco para explicárselo mediante palabras y gestos, al llegar a la galería todavía Hernando no lograba entender cómo funcionaba ese imaginario artilugio de bronce bajo el que se sumergían los buceadores y que les permitía el rescate de los tesoros hundidos en la mar.

– No te preocupes -le dijo quien después se presentaría como Luis, un hombre de facciones rectilíneas y nariz quebrada que se tapaba la cabeza con un pañuelo colorado atado en la nuca-, ninguno lo hemos logrado entender todavía. Lo más probable es que sea mentira.

Pérez le soltó una patada que el otro esquivó entre risas.

A la luz de los hachones colocados en los arcos de las galerías que daban al huerto, se hallaban sentados en el suelo otros seis hombres, alrededor de una bota de vino y la comida que les suministraban sus parientes o amigos.

– Bienvenido a la galería de los niños -le saludó un rubio de pelo lacio haciéndole un sitio a su lado.

Hernando miró a lo largo de la galería, donde sólo vislumbró grupos similares.

– ¿Niños? -se extrañó al tiempo que se sentaba.

– Hace algunos años que esta galería -le explicó el del pelo lacio, Juan, un cirujano que había tratado de complementar su profesión con negocios poco claros que le llevaron a solicitar asilo ante la denuncia de algunas viudas a las que sanó su cuerpo… y sus bolsas- estaba destinada al recogimiento de los niños expósitos de Córdoba; dormían en cunas aquí mismo -añadió haciendo un amplio gesto con la mano por la galería-, hasta que una noche una piara de cerdos se comió a unas cuantas criaturas. Entonces el piadoso deán catedralicio sufragó un hospital para expósitos y devolvió la galería a los retraídos. Por eso la llaman la de los niños.

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