La Mano De Fátima
- Автор: Фальконес Ильденфонсо
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:
En 1584, Hernando tenía treinta años y el duque treinta y nueve. De su primer matrimonio le sobrevivía un hijo varón de dieciséis años y del segundo, contraído ocho años atrás con doña Lucía, noble castellana, dos niñas de seis y cuatro años y el benjamín, de dos. Salvo Fernando, el primogénito, que había sido enviado a la corte de Madrid, doña Lucía y sus tres vástagos vivían en el palacio de Córdoba, y con ellos lo hacían once parientes hidalgos sin fortuna, de una u otra rama de la familia y de edades diversas, a quienes don Alfonso de Córdoba, titular del mayorazgo, acogía y mantenía.
Dentro de aquella variopinta corte que vivía a expensas del duque, hidalgos orgullosos y arrogantes como aquel que un día pagó cuatro reales a Hernando para que le señalara quién había puesto en duda su linaje, también había parientes más lejanos, retraídos y callados, como don Esteban, un sargento de los tercios impedido de un brazo, un «pobre vergonzante» al que don Alfonso llevó a su hogar.
Los «pobres vergonzantes» eran una categoría especial de mendigos. Se trataba de hombres y mujeres sin recursos, a quienes el honor impedía tanto trabajar como mendigar públicamente, y que eran aceptados por la digna sociedad española. ¿Cómo iban a pedir limosna honorables hombres o mujeres? Se crearon, por tanto, cofradías para atender a sus necesidades. Investigaban sus orígenes y su condición y, si realmente se trataba de vergonzantes, los propios cofrades pedían limosna de casa en casa por ellos para después entregarles el fruto de las dádivas en privado. En una de sus estancias en la ciudad, don Alfonso de Córdoba presidió la cofradía y se enteró de la existencia de su pariente lejano; al día siguiente le ofreció su hospitalidad.
Hernando volvió al palacio después de pasar la tarde con Arbasia. Recorrió con desidia la distancia que separaba la catedral del barrio de Santo Domingo, deteniéndose aquí y allá sin más objetivo que el de perder tiempo, como si quisiera aplazar el momento de cruzar el umbral del palacio. Sólo en las raras y escasas ocasiones en las que el duque recalaba en Córdoba y le pedía que se sentara a su vera, lograba sentirse a gusto en aquella hermosa y tranquila mansión; en ausencia de don Alfonso, sin embargo, el trato que recibía estaba lleno de sutiles humillaciones. Muchas veces se había planteado la posibilidad de abandonar el palacio, pero se veía incapaz de adoptar decisión alguna. Las muertes de Fátima y de sus hijos le habían secado el corazón y mermado la voluntad, dejándole sin fuerzas para enfrentarse a la vida. Fueron muchas las noches en que permaneció insomne, aferrado a su recuerdo, y muchas más las que pasó sumido en pesadillas en las que Ubaid asesinaba a su familia una y otra vez, sin que él pudiera hacer nada para evitarlo. Después, poco a poco, esas terribles imágenes que poblaban sus sueños fueron dejando paso a otros recuerdos más felices que llenaban su mente mientras dormía: Fátima con su toca blanca, sonriente; Inés, seria, esperándole en la puerta de su casa, y Francisco, enfrascado en escribir los números que le dictaba la entrañable voz de Hamid. Hernando se refugió en esas evocaciones y los días se convirtieron en jornadas interminables de las que sólo aguardaba su final, la noche que le permitía reunirse con los suyos aunque fuera en sueños. El resto poco le importaba: al parecer su lugar no estaba con los cristianos ni tampoco con los moriscos. No sabía hacer otra cosa que montar a caballo. Su trabajo en las caballerizas reales se había acabado después del triste incidente con Azirat; en ellas ya no le quedaban amigos. ¿Qué futuro le esperaba si abandonaba el palacio? ¿Regresar a la curtiduría? ¿Enfrentarse al desprecio de sus hermanos en la fe? En una ocasión, convencido de que un trabajo le ayudaría a salir de su estado de melancolía, se había atrevido a insinuar a don Alfonso la posibilidad de trabajar domando a los caballos, pero la respuesta de éste fue tajante.
– No pretenderás que la gente piense que no soy generoso con quien me salvó la vida. -Se hallaban en el despacho del duque. Don Alfonso leía un documento mientras un numeroso grupo de personas esperaba en la antesala-. ¿Acaso te falta algo aquí? -añadió sin levantar los ojos del papel-. ¿No eres bien tratado?
¿Cómo decirle al duque que su propia esposa era la primera que le humillaba? El agradecimiento de don Alfonso de Córdoba era sincero Hernando lo sabía, y no percibía en él un ápice de impostura, pero doña Lucía…
– ¿Y bien? -le insistió el noble desde detrás de su escritorio.
– Ha sido una necedad -se retractó Hernando.
Pasara lo que pasase, nunca volvería a la curtiduría, se dijo ese día, una vez más, cuando llegó a las puertas del palacio. El portero le hizo esperar un instante de más antes de abrir la puerta. Lo recibió en silencio, sin la reverencia con que saludaba a los demás hidalgos. En la entrada, el morisco le entregó su capa.
– Con Dios -le dijo él de todos modos, mientras el hombre la recogía sin mirarlo.
A sabiendas de que el portero le observaba a sus espaldas, reprimió un suspiro y se enfrentó a la inmensidad del palacio: en ese momento, y hasta que no pudiera refugiarse en la soledad de la biblioteca, se iniciaba un sinfín de pequeñas afrentas. La cena estaba pronta a ser servida y Hernando vio moverse por el palacio a varios criados; lo hacían en silencio, presurosos. Más de cien personas atendían a los duques, a su familia y a cuantos pululaban a su alrededor.
Hernando había tenido que aprender a distinguir a todo aquel personal. El capellán, el mayordomo, el secretario, el camarero y la camarera de los duques encabezaban la larga lista. Les seguían el maestresala, el caballerizo, el contador y el tesorero. Tras ellos el veedor, el botellero, el repostero de estrados y el repostero de plata; el comprador, el despensero, el repartidor y el escribano. Las ayas de los niños y sus profesores. Y por último el resto de los criados, decenas de ellos: varones en su mayoría; algunos de ellos libres, otros esclavos, y entre estos últimos varios moriscos. Para terminar, media docena de niños que actuaban como pajes.
Doña Lucía había dispuesto que Hernando fuera instruido en los modales cortesanos, principalmente en los de la mesa, una de las ceremonias más importantes en las que debía distinguirse a los caballeros. La dama tomó esa decisión tras la primera comida de Hernando en la larga mesa a la que se sentaban los duques, el capellán y los once hidalgos. Ese día, los pajes y oficiales de mesa sirvieron capones y palominos, carnero, cabrito y lechones como primer plato. Luego, el consabido potaje de los cristianos, cocido hecho con carne de gallinas, carnero, vaca y legumbres, todo aderezado con libras de tocino para el caldo. Después, el manjar blanco: pechugas de gallina cocidas a fuego lento en salsa de azúcar, leche y harina de arroz, y para terminar, pasteles hojaldrados y fruta. Hernando, sentado a la derecha del duque, frente al capellán, se encontró con tenedores, cuchillos y cucharas de plata dorada ordenadamente dispuestos; platos y tazas, copas y vasos de cristal, saleros, servilletas y una escudilla con agua que le trajo un paje. Ante la socarrona mirada de los hidalgos y del capellán, Hernando hizo ademán de llevársela a los labios para beber cuando, azorado, vio cómo el duque le guiñaba un ojo antes de lavarse las manos en ella.
Doña Lucía no pensaba tolerar esa falta de modales en su mesa. Cuando terminaron de comer, el morisco fue llamado a una salita privada donde le esperaban los duques; don Alfonso sentado en un sillón, con la vista algo baja, un poco molesto, como si con anterioridad a la llegada del morisco se hubiera tenido que plegar a las exigencias de su esposa. Al contrario que el duque, doña Lucía le esperaba en pie, soberbia, vestida de negro hasta el cuello por el que asomaban unas delicadas puntillas blancas. Hernando no pudo evitar compararla con las mujeres musulmanas, recatadas y ocultas ante los extraños. A diferencia de ellas, y como todas las nobles cristianas, doña Lucía se mostraba a la gente, aunque, como cualquier dama recatada, trataba de esconder sus atractivos: se fajaba los pechos después de apretarlos con unas laminillas de plomo e intentaba que su tez tuviera un tono macilento, para lo cual ingería con regularidad tierra arcillosa.