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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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Finalmente, Richard asintió. La hermana Verna dirigió de nuevo la vista hacia las formas titilantes y se quedó mirándolas, inmóvil. Más allá de la parpadeante luz, al joven le pareció ver oscuras y ominosas nubes de tormenta que se desplazaban por el horizonte, y más que oír oyó los truenos. De algún modo supo que no eran auténticas nubes, sino magia. Cuando Bonnie agitó la cabeza, Richard la tranquilizó con una palmadita en el cuello.

Tras esperar un rato, miró a la Hermana. Ésta seguía inmóvil, en actitud tensa.

— ¿A qué estás esperando, Hermana? ¿Haces acopio de valor?

— Exactamente —contestó ella, sin moverse—. Estoy haciendo acopio de valor, hijo mío.

Esta vez, Richard no se enfureció al oírse llamar «hijo», sino que pensó que, realmente, era tan ignorante como un niño.

— La primera vez que crucé, tú aún ibas envuelto en pañales —prosiguió la Hermana en un susurro, sin apartar la mirada del infierno que se extendía ante sus ojos—. Pero recuerdo cada detalle como si hubiera sucedido ayer. Sí, intento hacer acopio de coraje.

— Cuando antes nos pongamos en marcha, antes llegaremos al otro lado. —Richard estimuló a Bonnie con las piernas.

— O antes nos perderemos. —La Hermana lo siguió—. ¿Tan ansioso estás de perderte, Richard?

— Ya estoy perdido, Hermana.

29

Llegaron a unos escalones de veinte pasos de anchura que sólo revelaban su verdadera naturaleza en el extremo derecho, donde el viento había soplado cerca de la amplia balaustrada de mármol rosa e impedido que la nieve se acumulara. Kahlan se detuvo brevemente al apercibirse que habían llegado a su destino, apoyó con gesto decidido su raqueta en la delgada capa que cubría los escalones y ascendió hasta el pórtico. La imposta estaba decorada con una hilera de estatuas envueltas en piedra tallada que imitaba de manera tan perfecta los pliegues de una tela que uno tenía la impresión de que la ligera brisa los agitaba. Diez columnas blancas a cada lado sostenían el imponente entablamento a una altura de vértigo por encima de la entrada porticada. Los cuerpos caídos en una batalla desesperada yacían unos encima de otros por toda la superficie del césped cubierto de nieve, o apoyados contra los muros exteriores de la entrada abovedada, como si descansaran.

Las puertas ornamentadas con los escudos reales delicadamente tallados de la casa Amnell, sostenidos por dos leones de montaña, estaban hechas trizas en el suelo del vestíbulo. Al fondo, flanqueando el arco de piedra esculpida, se alzaban las estatuas a tamaño real de la reina Bernadine y el rey Wyborn, cada uno sosteniendo una lanza y un escudo en una mano, mientras que en la otra la reina mostraba una espiga de trigo y el rey un cordero. Los senos de la reina habían sido destrozados, y las baldosas de mármol de color rojizo estaban cubiertas por esquirlas y polvo de piedra. A ambas estatuas les faltaba la cabeza.

Con dedos entumecidos, Kahlan se desató las raquetas y las dejó apoyadas contra la estatua de la reina. Chandalen la imitó antes de seguirla al salón de recepciones, a ambos lados del cual se veían espejos rotos y tapices desgarrados. Kahlan se abrigó con la capa. Su aliento se convertía en vapor que se elevaba perezosamente en el aire muerto y en calma, más frío que el del exterior.

— ¿Para qué se usa este lugar? —preguntó Chandalen en un susurro, como si temiera despertar los espíritus de los muertos.

Kahlan tuvo que hacer un esfuerzo para no susurrar ella también.

— Aquí vive la reina de este país. Se llama Cyrilla.

— ¿Una persona sola vive en un sitio como éste? —La incrédula voz del hombre barro resonó en el salón de piedra.

— Mucha gente vive aquí. Para empezar, los consejeros de la reina, que son algo así como los ancianos entre tu gente, y otras personas que se ocupan de las tareas de gobierno del país, y otras más que atienden sus necesidades para que puedan realizar dichas tareas. Mucha gente vive aquí, pero la reina es quien manda tanto en palacio como en el país. Ella está por encima de todos los demás.

Chandalen la siguió en silencio mientras Kahlan empezaba a registrar el palacio. Los ojos del hombre barro se deslizaban de un maravilloso objeto al siguiente; mobiliario primorosamente tallado ahora roto en pedazos y tirado por todas partes o las pesadas colgaduras rojas, azules, doradas o verdes que adornaban las ventanas de tres metros de altura con la parte superior cuadrada, de las que sólo quedaban jirones.

Kahlan descendió un tramo de escaleras que conducía a las habitaciones inferiores. Los peldaños de madera de roble crujían a cada paso por efecto del frío. Chandalen insistió en entrar el primero en cada habitación; abría la puerta con un pie y se deslizaba adentro con una flecha de diez pasos preparada antes de permitir que Kahlan entrara.

Únicamente hallaron cadáveres. En algunas habitaciones encontraron a parte de la servidumbre alineada contra una pared y clavada en ésta con flechas. En las cocinas parecía que, después de ejecutar a los cocineros, a los pinches, a los escanciadores de vino, a los ayudantes, a los lavaplatos, a los encargados de lavar las cacerolas y a las fregonas, los invasores se hubieran corrido una juerga nadando en alcohol. No quedaba ni un barril de cerveza o de vino lleno. En cuanto a la comida, habían arrojado más a las paredes de la que se habían comido ellos.

Mientras Chandalen comprobaba la saqueada despensa, la mirada de Kahlan fue atraída por los cuerpos de dos mujeres jóvenes, ayudantes de cocina, tirados en el suelo detrás de una gran tabla de carnicero. Una estaba completamente desnuda, mientras que la otra llevaba sólo una media de lana marrón arrollada alrededor de su fino tobillo. Su primera suposición era falsa; no toda la servidumbre había sido asesinada antes de lanzarse sobre la bebida.

Con una faz tan inexpresiva como la de las dos jóvenes muertas, Kahlan dio media vuelta, abandonó la cocina y ascendió la escalera de servicio para registrar las plantas superiores. Chandalen corrió tras ella ruidosamente y subió los escalones de tres en tres para alcanzarla.

Kahlan sabía que al hombre barro no le gustaba que se hubiera marchado sin él, pero en vez de eso dijo:

— Hay carne en salazón. Tal vez podríamos coger un poco. No creo que a esta gente le importe, ¿no crees? Supongo que no nos negarán un poco de comida.

La mujer fue subiendo a un ritmo regular, apoyándose en el pasamano, aunque enseguida metió la mano dentro de la capa, porque el mármol pulido estaba tan helado que al tocarlo sentía pinchazos en los dedos.

— Si comes esa carne, morirás. Estoy segura de que la han envenenado, para que si algún compatriota de los muertos regresa a este lugar y come cualquier alimento que hayan dejado, también muera.

En la planta baja no había ni un solo cadáver. Seguramente había sido usada como cuartel general del ejército. En el suelo del salón de baile se veían barriles de vino y ron vacíos. Sobre la moqueta había restos de comida desparramados, tazas y copas, platos rotos, cenizas de tabaco, vendajes ensangrentados, harapos grasientos, espadas, lanzas y mazas rotas o torcidas, virutas de madera oscura de la pata de una mesa de nogal que alguien había tallado hasta que apenas quedó nada, yacijas con agua congelada, manteles sucios, sábanas hechas jirones y edredones acolchados de todos colores que estaban realmente asquerosos. Por todas partes se veían huellas sucias de botas, incluso encima de las mesas. Por los arañazos, parecía que los hombres hubieran bailado sobre ellas.

Chandalen caminó entre la porquería y examinó algunas cosas.

— Hace dos o tres días que se marcharon.

— Sí, eso parece —replicó la mujer, con la mirada baja.

El hombre barro hizo rodar un barril de vino con un pie para comprobar si estaba vacío. Lo estaba.

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