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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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Pero Chandalen hizo caso omiso de sus palabras y le ató la banda al brazo izquierdo.

— Yo llevo conmigo el espíritu de mi padre y soy fuerte. Tú luchas para proteger a nuestra gente. El abuelo querría estar junto a ti en esa lucha. Le haces un honor.

Mientras el hombre barro deslizaba el cuchillo hecho de hueso dentro de la banda, Kahlan alzó la barbilla.

— En ese caso, me siento honrada de tener conmigo el espíritu de tu abuelo.

— Eso está bien. Ahora tienes el deber de luchar como lo hizo mi abuelo para proteger a nuestra gente, a toda la gente barro. Jura que cumplirás con este deber —la conminó, alzándole la mano derecha y colocándosela encima del cuchillo.

— Ya he jurado proteger a la gente barro y a todos los demás pueblos de la Tierra Central. Ya he luchado, y seguiré haciéndolo, por todos vosotros.

— Jura a Chandalen —insistió el hombre, apretándole con más fuerza la mano contra el hueso.

Kahlan se quedó mirando su adusta expresión un largo instante antes de ceder.

— Tienes mi palabra, Chandalen. Te lo juro.

El cazador sonrió mientras volvía a cubrirle el hombro izquierdo con la capa y ocultaba el cuchillo.

— Cuando vuelva a ver a Richard el del genio pronto, le daré las gracias por salvarme de ser elegido pareja de la Madre Confesora. No le deseo nada malo. Él también lucha por la gente barro, tal como el Hombre Pájaro nos dijo.

— Toma. —Kahlan se inclinó para recoger del suelo la capa de Chandalen—. Póntela. No quiero que te hieles. Todavía nos queda mucho trecho antes de llegar a Aydindril.

El hombre asintió y se colocó la capa encima de los hombros. Sus labios seguían esbozando una leve sonrisa, que se esfumó al lanzar una mirada hacia las puertas.

— Alguien ha estado aquí después de que se hiciera eso —anunció.

— ¿Qué te lo hace pensar?

— ¿Por qué cerraste las puertas después de mirar dentro?

— Por respeto hacia los muertos.

— Cuando llegamos ya estaban cerradas. Quienes violaron a esas mujeres no tenían respeto. Seguramente dejaron las puertas abiertas para que todo el mundo viera lo que habían hecho. Alguien más estuvo aquí y cerró las puertas.

Kahlan miró las puertas, captando el significado de lo que le decía Chandalen.

— Creo que tienes razón. Quienes hicieron eso no habrían cerrado las puertas.

Chandalen se asomó de nuevo por encima de la barandilla y miró la amplia escalinata.

— ¿Por qué estamos aquí? —preguntó.

— Porque tenía que saber qué le había ocurrido a esta gente.

— Ya lo viste fuera. ¿Qué hacemos aquí, en esta casa?

— Para averiguar si también la reina ha sido asesinada —Kahlan echó un vistazo a los escalones que conducían al piso superior.

— ¿Significa algo para ti esa reina?

De pronto, Kahlan fue consciente de que el corazón le latía con fuerza.

— Sí. ¿Recuerdas las estatuas que vimos al entrar?

— Las de una mujer y un hombre.

— Exacto. La mujer es su madre. Mi madre era una Confesora. La estatua del hombre es de su padre, el rey Wyborn, que también era mi padre.

— ¿Eres la hermana de esa reina? —inquirió Chandalen, enarcando una ceja.

— Hermanastra. —Haciendo acopio de coraje, se encaminó hacia la escalera—. Vamos a ver si está aquí, y después podremos proseguir viaje hacia Aydindril.

El corazón le seguía latiendo con fuerza en el momento en que se detuvieron delante de la puerta de los aposentos reales. Kahlan se sentía incapaz de abrirla. En el pasillo olía muy mal, pero la mujer apenas lo notó.

— ¿Quieres que mire yo?

— No. Debo verlo con mis propios ojos.

Kahlan dio la vuelta al pomo. La puerta estaba cerrada con llave, y ésta seguía metida en la cerradura. Kahlan tocó la gélida placa de metal.

— Ésta es una de esas cerraduras de las que antes te hablé —explicó a Chandalen, mientras sacaba la llave y se la mostraba—. Y esto es una llave. —Volvió a introducir la llave y la giró con dedos temblorosos—. Si tienes la llave, puedes abrir la cerradura y luego la puerta.

Era evidente que alguien había cerrado la puerta en señal de respeto hacia la reina.

Las ventanas estaban intactas, al igual que el mobiliario. Dentro hacía tanto frío como en el resto del palacio, pero el hedor los obligó a contener la respiración.

Excrementos humanos cubrían por completo la antesala. Los dos contemplaron la escena, horrorizados. Había pilas oscuras sobre las alfombras así como sobre la mesa y el escritorio. Las sillas de terciopelo azul estaban empapadas con orina amarilla congelada. Alguien había defecado incluso en la chimenea.

Tapándose la nariz con la capa, Kahlan y Chandalen cruzaron cautelosamente la sala en dirección a la próxima puerta cerrada. Lo que les esperaba en la alcoba real aún era peor; apenas podían poner el pie en el suelo sin pisar excrementos. Y la cama era lo peor de todo, pues estaba completamente cubierta de heces. Incluso las delicadas escenas florales pintadas en las paredes habían sido ensuciadas. Si los excrementos no se hubieran congelado, no habrían podido soportar el hedor. Incluso así apenas era tolerable.

Por suerte, no había cadáver alguno. La reina no estaba allí.

Los nombres de la lista mental que se había hecho Kahlan con los posibles invasores quedó reducida a un solo país, el que ocupaba el primer puesto de la lista.

— Keltas —murmuró para sí.

— ¿Por qué harían algo así? —Chandalen estaba perplejo—. ¿Acaso son niños maleducados?

Después de echar una última mirada en torno, Kahlan abandonó los aposentos reales y volvió a cerrar la puerta. Sólo entonces volvió a respirar hondo.

— Es un mensaje. Así demuestran que no sienten respeto alguno hacia la gente que vivía aquí. El mensaje expresa su desprecio hacia esa gente y cualquier cosa que les perteneciera. Han mancillado el honor de sus enemigos de todas las formas imaginables.

— Al menos, tu hermanastra no está aquí.

— Sí, es un consuelo —replicó Kahlan, tensando al cuello las cintas de la capa.

Mientras bajaba la escalera, se detuvo para mirar una vez más las puertas cerradas del primer piso. Chandalen la imitó y miró la hilera de puertas.

— Prindin y Tossidin nos estarán esperando —dijo Kahlan, para romper el silencio.

— ¿Cómo es que no estás furiosa? —inquirió Chandalen, que sí lo estaba.

Sólo entonces se dio cuenta Kahlan de que mostraba su cara de Confesora.

— Ahora mismo no me serviría de nada mostrarme furiosa. Cuando llegue el momento, ya verás si lo estoy, o no.

30

En una atestada casa construida con adobe y cañas cerca de la brecha en el muro de la ciudad, Kahlan miró mientras Chandalen encendía una pequeña hoguera para ella en la chimenea. No había ni rastro de los dos hermanos.

— Caliéntate un poco —le dijo el hombre barro—. Yo voy a comprobar si Prindin y Tossidin andan cerca y cuando los encuentre les diré que los estamos esperando.

Cuando Chandalen se hubo ido, Kahlan se quitó la capa, aunque sabía que no era una buena idea acostumbrarse al calor, pues luego sería mucho más duro soportar el frío. Pero las llamas la atraían. Kahlan se arrodilló junto al fuego, se frotó las manos y tembló mientras poco a poco el calor le iba penetrando en los huesos.

La pequeña habitación era una de las dos que habían constituido el universo de una familia. La mesa estaba rota, pero un rudimentario banco pegado a la pared se había salvado. Por el suelo sucio se veían algunas prendas de vestir, junto con bandejas de hojalata torcidas y una rueca destrozada con tres bobinas aplastadas.

Kahlan recuperó de los escombros una cacerola abollada, pues era más sencillo usar ésa que desempaquetar la suya. La llenó de nieve que recogió fuera, la colocó encima de tres piedras en el fuego y luego volvió a calentarse los dedos, que presionó contra su helado rostro. Quedaba algo de té en una lata aplastada en un rincón, pero Kahlan sacó el suyo de la mochila mientras esperaba que la nieve se fundiera y los tres hombres barro regresaran.

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