La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
— Me pregunto por qué se quedaron tanto tiempo. ¿Sólo para beber y bailar?
— No lo sé —suspiró la mujer—. Tal vez querían descansar y curar a los heridos. O tal vez quisieron celebrar la victoria bebiendo.
— Matar no es motivo de celebración —sentenció Chandalen, alzando bruscamente la mirada hacia ella.
— Lo es para quien hizo esta carnicería.
De mala gana, la mujer al fin subió la escalera que conducía al piso superior. No quería mirar allí, que era donde se encontraban los dormitorios.
Primero comprobaron el ala oeste: los aposentos de los hombres, que era donde se había alojado parte de la tropa. Tratándose de un ejército tan numeroso, probablemente había muchos oficiales. Seguramente éstos habían ocupado las mejores habitaciones, mientras que los soldados ocupaban las posadas y otras casas de la ciudad.
Tras inspirar profundamente para armarse de valor, Kahlan apretó la mandíbula y cruzó el salón central, que tenía una galería desde la que se dominaba la gran escalinata, para dirigirse al ala este. Chandalen, que le pisaba los talones, quiso abrir primero las puertas y mirar dentro, pero esta vez Kahlan no se lo permitió. La mujer se detuvo un instante con la mano sobre el pomo de la primera puerta hasta que, por fin, la abrió. Durante un rato contempló la escena que se ofrecía a sus ojos. Luego se aproximó a la puerta siguiente y la abrió de golpe, y luego otra y otra más.
Todas las alcobas estaban ocupadas por mujeres; todas ellas desnudas. La escena se repetía en una habitación tras otra. Por la suciedad acumulada en las alfombras, el tráfico de hombres parecía haber sido constante. En el suelo se veían montoncitos de virutas, donde un hombre había matado el tiempo de la espera sacando punta a todo lo que encontraba.
— Ahora ya sabemos por qué se quedaron varios días; para hacer esto —susurró Kahlan a Chandalen, sin mirarlo a los ojos. El hombre barro no dijo nada.
Sin duda, esos pocos días habían sido los más largos en la vida de esas mujeres. Kahlan rogó que sus espíritus hubieran hallado al fin la paz.
Al final del corredor estaba la habitación que compartían las mujeres más jóvenes. Despacio, Kahlan abrió la puerta y se quedó petrificada, mirando. Chandalen se acercó y miró por encima del hombro de la mujer.
Ahogando un grito, la mujer se volvió, le puso una mano en el pecho y le rogó:
— Por favor, Chandalen, espérame fuera.
El hombre barro asintió con la vista clavada en sus botas.
Kahlan cerró la puerta tras de sí y apoyó la espalda en ella un rato. Con una mano a un lado del cuerpo y la otra cubriéndole la boca, bordeó un armario ropero volcado y destrozado, y fue recorriendo la fría habitación pasando entre las camas, mirando de un lado a otro. Los valiosos espejos de mano, cepillos, peines y alfileres ordenados con exquisito cuidado sobre los tocadores estaban desparramados por el suelo. El aire helado que entraba por las ventanas rotas hinchaba ligeramente las cortinas de muaré azul.
Eran las damas de honor de la reina. Muchachas de catorce, quince o dieciséis años, unas pocas algo mayores. No eran meros cuerpos sin nombres, pues Kahlan conocía a la mayoría.
La reina las había llevado consigo cuando viajó a Aydindril para hablar ante el consejo. Kahlan no pudo por menos que fijarse en ellas por su vitalidad y la excitación que sentían al hallarse en Aydindril. Ver la majestuosidad de Aydindril a través de sus ojos le había dado una nueva visión de las cosas que la rodeaban y le había hecho sonreír. Hubiera deseado enseñarles ella mismo el castillo, pero al ser la Madre Confesora las hubiera asustado. Pero las admiró desde lejos y envidió su vida llena de posibilidades.
Kahlan se detuvo delante de varios lechos. Con la espalda rígida, la cabeza alta y la mandíbula tensa se obligó a mirar esos rostros que conocía. Juliana, una de las más jóvenes, siempre había estado muy segura de sí misma. Sabía lo que quería y se lanzaba con decisión a conseguirlo. Tenía debilidad por los jóvenes de uniforme; por los soldados. En una ocasión había tenido problemas con su dueña, la señora Nelda, por eso. Kahlan había intercedido en secreto por ella al informar a la señora Nelda que, pese a los coqueteos de Juliana, los miembros de la guardia local de Aydindril eran todos hombres de un honor impecable que jamás osarían poner el dedo encima a una dama de honor de la reina. Ahora tenía las muñecas atadas a un poste de la cama y, por cómo había sangrado, parecía haber permanecido en esa posición durante todo su calvario. Kahlan maldijo en silencio a los espíritus por esa muestra de cruel humor al dar a la inocente muchacha lo que pensaba que quería.
La pequeña Eslwyth ocupaba el siguiente lecho empapado de sangre. Había recibido incontables puñaladas en los senos y le habían cortado el cuello, como a tantas de sus compañeras, como puercos en el matadero. En el fondo de la habitación, Kahlan se detuvo a los pies de la última cama. Ashley, una de las adolescentes, tenía los tobillos atados a ambos postes de la cama. Había muerto estrangulada con el cordón de la cortina. Su padre era uno de los asesores del embajador de Galea en Aydindril. Su madre había llorado de emoción el día que la reina Cyrilla accedió a aceptar a Ashley como dama de honor. ¿Cómo iba a explicarles a sus padres lo que le había sucedido a su pequeña al servicio de la reina?
Mientras Kahlan volvía sobre sus pasos hacia la puerta, echando una última mirada a cada cuerpo sin vida, a cada rostro helado de horror o con expresión de perpleja sumisión, se preguntó por qué no estaba llorando. ¿Acaso no sería lo más natural? ¿No debería caer de rodillas, lanzar gritos angustiados, golpearse con los puños y llorar hasta ahogarse en sus propias lágrimas? Pero no lloraba. Kahlan se sentía como si no tuviera lágrimas.
Tal vez eran demasiados. Tal vez había visto tantos muertos ese día que ya era incapaz de sentir nada. Como cuando uno se mete en una bañera y el agua está tan caliente que cree que no podrá aguantarlo y que se quemará, pero a los pocos minutos ya parece soportable.
Con suavidad, cerró la puerta. Chandalen la esperaba exactamente en el mismo sitio donde lo había dejado. Apretaba el arco con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos. Kahlan pasó junto a él, esperando que la siguiera, pero el hombre barro no lo hizo.
— La mayoría de las mujeres llorarían —dijo, mirando fijamente la puerta.
— Yo no soy la mayoría de las mujeres —se defendió Kahlan, sonrojándose.
— No —repuso Chandalen, sin apartar la vista de la puerta—, no lo eres.
Finalmente, su mirada abandonó la puerta y fue a fijarse en su arco. Mientras inspiraba hondo, tanto que fue como si llevara minutos sin tomar aire, sus hombros se relajaron.
— Quisiera contarte una historia —dijo.
Kahlan lo esperaba a algunos pasos de distancia.
— Ahora mismo no estoy de humor para historias, Chandalen. Dejémoslo para otro rato.
— Quisiera contarte una historia —repitió el hombre, más fuerte esta vez y clavando en ella sus feroces ojos color avellana.
Kahlan suspiró.
— Si es importante para ti…
Sosteniendo la mirada de Kahlan, Chandalen salvó la distancia que los separaba.
— Cuando mi abuelo era tan joven y tan fuerte como yo soy ahora —empezó a decir el hombre barro, golpeándose el hinchado pecho—, ya tenía mujer y dos hijos. Mucha gente iba a la aldea de la gente barro para comerciar, y nosotros los dejábamos pasar a todos. La aldea estaba abierta a todos. Todo el mundo era bienvenido. Los jocopo eran uno de esos pueblos que venían a comerciar.
— ¿Quiénes son los jocopo? —Kahlan conocía a todos los pueblos de la Tierra Central y jamás había oído hablar de ellos.
— Un pueblo que vivía más al oeste, cerca del Límite.
Kahlan revisó su mapa mental con el entrecejo fruncido.
— Nadie vive al oeste de la gente barro. Esa tierra está desierta.
Chandalen la miró fijamente y prosiguió: