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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino

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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
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Por la expresión de su cara, Rachel supo que Giller hablaba muy en serio. Así pues, hizo un gesto de asentimiento y le aseguró:

—Sí, Giller.

—Esta caja —dijo el mago, posando una mano sobre el objeto en cuestión— es mágica y no pertenece a la reina.

—¿Ah no? ¿Pues a quién, entonces? —inquirió la niña, perpleja.

—Ahora no tengo tiempo para explicártelo. Quizá cuando estemos lejos de aquí. Lo importante es que sepas que la reina es una mala persona. —Rachel asintió con la cabeza; eso ya lo sabía—. La reina hace cortar la cabeza a la gente sólo porque le apetece. Sólo se preocupa de sí misma. Tiene poder. Poder significa que puede hacer lo que le venga en gana. Esta caja contiene magia y le da parte de su poder. Por eso la robó.

—Entiendo. Es como la princesa Violeta; que tiene poder y puede abofetearme siempre que quiere, hacer que me corten el pelo a trasquilones y reírse de mí.

—Exactamente. Muy bien, Rachel. Pero escucha, hay un hombre aún más malo que la reina. Su nombre es Rahl el Oscuro.

—¿El Padre Rahl? —Rachel se sentía confusa—. Pero si todos dicen que es muy amable… La princesa dice que es el hombre más bueno del mundo.

—La princesa también dice que ella no se mancha los vestidos con salsa —replicó Giller, enarcando una ceja.

—Eso es mentira.

—Presta atención, Rachel. —El mago le puso dulcemente las manos en los hombros—. Rahl el Oscuro, el Padre Rahl, es el hombre más malvado que nunca ha existido. Hace daño a muchísima más gente que la reina. Es tan malvado que incluso mata a niños. ¿Sabes qué significa eso, matar a alguien?

Rachel respondió, sintiéndose triste y asustada:

—Significa que les cortan la cabeza o algo parecido, y luego están muertos.

—Sí. La princesa ríe cuando te abofetea, pero Rahl el Oscuro ríe cuando mata a personas. Cuando la princesa cena con todas las damas y los caballeros parece muy amable y educada, pero luego, cuando está sola contigo te pega, ¿verdad?

Rachel asintió. Tenía un nudo en la garganta.

—No quiere que sepan que es mala.

—¡Eso es! ¡Eres una niña muy inteligente! Pues bueno, el Padre Rahl hace lo mismo. Como no quiere que los demás sepan lo malo que es, parece muy educado y finge ser el hombre más amable del mundo. Hagas lo que hagas, Rachel, no te acerques a él, si puedes evitarlo.

—No lo haré.

—Pero si te dice algo, sé amable con él, para que no descubra que sabes cómo es en realidad. No debes permitir que los demás se den cuenta de todo lo que sabes. Así estarás segura.

—Como Sara —comentó la niña con una sonrisa—. No quiero que los demás sepan que la tengo porque me la quitarían. Así está segura.

El mago le dio un rápido abrazo.

—Gracias a los espíritus que eres una niña lista. —Rachel se sintió en el séptimo cielo. Nadie le había dicho nunca que fuera lista—. Ahora presta mucha atención a lo que voy a decirte; ahora viene lo más importante.

La niña volvió a asentir.

—Esta caja es mágica. Cuando la reina se la dé al Padre Rahl, éste la usará para hacer daño aún a más gente. Cortará la cabeza a un montón de personas. Como la reina es mala, quiere que Rahl el Oscuro haga eso y piensa darle la caja.

—¡Giller, tenemos que impedirlo! —exclamó la niña—. ¡No podemos permitir que corten la cabeza a tanta gente!

El mago esbozó una amplia sonrisa bajo su nariz aguileña.

—Rachel —le dijo, cogiéndola por el mentón—, eres la niña más lista que he conocido en mi vida. De veras.

—¡Tenemos que esconder la caja, como yo hago con Sara!

—Exactamente. —Giller señaló la caja que había puesto encima del pedestal y le explicó—: Es una imitación. Esto significa que no es la auténtica, pero lo parece. Así los tendremos engañados por un tiempo y podremos marcharnos antes de que descubran que la verdadera ha desaparecido.

La niña miró la caja falsa; era idéntica a la verdadera.

—Giller, eres el hombre más listo que he conocido.

La sonrisa del mago se hizo más débil.

—Ojalá lo fuera menos, pequeña. Mira, esto es lo que vamos a hacer.

De nuevo sonriente, Giller cogió el pan que Rachel había robado en la cocina y lo partió en dos. Con sus grandes manos sacó parte de la miga. Parte de ella se la metió en la boca y otra parte en la boca de la niña. Había tanta miga que los carrillos del mago se hincharon. Rachel masticó lo más aprisa que pudo. Sabía muy bien y todavía estaba calentita. Después de comerse la miga, Giller cogió la verdadera caja, la introdujo en una mitad del pan y juntó de nuevo las dos partes. Entonces le mostró la hogaza a Rachel, preguntándole:

—¿Qué te parece?

—Está roto —contestó con una mueca—. La gente se dará cuenta.

Pero el mago negó con la cabeza.

—Eres muy lista. Pero, quizá, siendo como soy mago, podría hacer algo para arreglarlo. ¿Qué te parece?

—Sí, tal vez.

El mago se colocó el pan en el regazo y con las manos hizo gestos en el aire abarcándolo todo. Entonces volvió a sostener el pan frente a la faz de la niña. ¡Volvía a estar intacto! ¡Como si nunca lo hubieran partido!

—Ahora nadie lo sabrá —dijo Rachel con una risita.

—Esperemos que tengas razón, pequeña. He tejido a su alrededor una telaraña mágica, un hechizo, para asegurarme de que nadie podrá ver la caja mágica de dentro.

El mago desplegó el trapo sobre el escabel, colocó el pan en medio e hizo un hatillo. Entonces, lo levantó por el nudo y se lo puso en la palma de la otra mano, frente al rostro de Rachel. Giller la miró a los ojos, sin sonreír; parecía casi triste.

—Veamos, ésta es la parte difícil, Rachel. Tenemos que sacar la caja de aquí. No podemos esconderla en el castillo porque podrían encontrarla. ¿Recuerdas dónde escondí la muñeca, en el jardín?

—Tercera urna de la derecha —declaró la niña, sonriendo, orgullosa de su buena memoria.

—Muy bien. Voy a esconder esto allí, como la muñeca. Quiero que lo cojas, como hiciste con Sara, y lo saques del castillo. Tiene que ser esta noche —añadió, inclinándose hacia ella.

La niña empezó a enroscar el dedo en el dobladillo del vestido. Los ojos se le empezaban a llenar de lágrimas.

—Giller, me da miedo tocar la caja de la reina.

—Sé que te da miedo, pequeña. Pero recuerda que la caja no pertenece a la reina. Quieres impedir que corten la cabeza a un montón de gente, ¿verdad?

—Sí —lloriqueó la niña—. Pero ¿por qué no la sacas tú del castillo?

—Lo haría si pudiera, créeme, pero no puedo. Hay gente que me vigila y que no quiere que salga del castillo. Si me sorprenden con la caja, el Padre Rahl se quedará con ella. Y no queremos eso, ¿verdad?

—No… —Entonces la niña se asustó de verdad—. Giller, me dijiste que escaparíamos juntos. Lo prometiste.

—Y pienso cumplir esa promesa, créeme, Rachel. Pero puede que pasen un par de días antes de que tenga oportunidad de escabullirme de Tamarang. La caja no puede quedarse aquí ni un día más, es demasiado arriesgado, y no puedo ser yo quien la saque de aquí. Debes llevártela tú. Cógela y llévala a tu escondite, en el pino. Espérame allí. Me reuniré contigo.

—Supongo que podré hacerlo. Si dices que es importante, lo intentaré.

Giller se sentó en el escabel, levantó a la niña por la cintura y se la sentó sobre una rodilla.

—Rachel, escúchame bien. Aunque vivas cien años, nunca volverás a hacer algo tan importante como esto. Debes ser valiente, más valiente de lo que lo has sido nunca. No confíes en nadie. No permitas que nadie te arrebate la caja. Yo me reuniré contigo dentro de pocos días, pero, si algo sale mal y yo no puedo ir, debes esconderte en el bosque hasta el invierno. Cuando llegue el invierno, estarás segura. Si supiera de alguien, haría que te ayudara, pero no sé de nadie. Tú eres la única que puede hacerlo.

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