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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino

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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
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—Shota —repuso él con un susurro—, lo siento.

Ella no se detuvo ni se volvió, continuó caminando.

32

Al doblar la esquina, Rachel casi se empotró contra las piernas de un hombre, que caminaba tan silenciosamente que no lo había oído. La niña recorrió con la mirada la larga túnica plateada hasta llegar a una faz. El mago tenía las manos metidas en las mangas del brazo opuesto.

—¡Giller! ¡Me has asustado!

—Lo siento, Rachel. No era ésa mi intención. —El mago escudriñó el pasillo en ambas direcciones, tras lo cual se inclinó hacia el suelo—. ¿Qué estás haciendo?

—Recados —contestó la niña con un profundo suspiro—. La princesa Violeta me ha ordenado que vaya a echar una bronca a los cocineros, y después tengo que decir a las lavanderas que la princesa ha encontrado una mancha de salsa en uno de sus vestidos y que, como ella nunca se mancha, tienen que haber sido ellas las responsables, y que, si vuelven a hacerlo, les hará cortar la cabeza. Yo no quiero decirles eso; las lavanderas son amables. —La niña tocó el bonito trenzado plateado que adornaba la manga de la túnica del mago—. Pero la princesa dice que, si no se lo digo, me arrepentiré.

Giller asintió.

—Bueno, pues haz lo que ella dice. Estoy seguro de que las lavanderas sabrán que esas palabras no son tuyas.

—Todo el mundo sabe que es ella misma quien se mancha los vestidos con salsa —declaró la niña, mirando fijamente los grandes ojos oscuros del mago.

Giller soltó una queda carcajada.

—Tienes razón. Lo he visto con mis propios ojos. Pero ¿quién va a ponerle el cascabel al gato mientras duerme? —La niña hizo una mueca de incomprensión, por lo que el mago le explicó—: Eso significa que te meterías en un lío si se lo dijeras. Es mejor callar.

Rachel hizo un gesto de asentimiento; sabía que el mago estaba en lo cierto. Giller volvió a escrutar el pasillo para comprobar que estaban solos. Entonces se inclinó más hacia la niña y le susurró:

—Lo siento. No he podido hablar contigo antes para preguntarte si todo iba bien. ¿Encontraste la muñeca mágica?

Rachel asintió con una sonrisa.

—Muchas gracias, Giller. Es maravillosa. Desde que me la regalaste, la princesa me ha echado del castillo dos veces. La muñeca me ha dicho que no debo hablar contigo a menos que tú me digas que es seguro, así que esperé, como ella me dijo. Ella y yo hablamos mucho y me hace sentir mucho mejor.

—Me alegro mucho, pequeña.

—Le he puesto por nombre Sara. Una muñeca debe tener un nombre, ¿sabes?

—¿De veras? —Giller enarcó una ceja—. Pues no lo sabía. Sara es un nombre muy bonito.

Rachel sonrió de oreja a oreja. ¡Qué bien que a Giller le hubiera gustado el nombre! La niña le rodeó el cuello con un brazo y le susurró al oído:

—Sara también me ha contado sus problemas. Le he prometido que te ayudaría. No tenía ni idea de que también tú quisieras escapar. ¿Cuándo podremos marcharnos, Giller? Cada día que pasa la princesa Violeta me da más miedo.

La niña se abrazó a él, y el mago le palmeó cariñosamente la espalda.

—Pronto, pequeña. Pero antes tenemos que prepararnos para que no nos encuentren. No querrás que nos sigan, den con nosotros y nos obliguen a regresar, ¿verdad?

Rachel negó con la cabeza, que tenía apoyada en el hombro del hombre. Entonces oyó pasos. Giller se irguió y miró quién se acercaba.

—Rachel, no deben vernos hablando. Alguien podría averiguar… lo de la muñeca, que tienes a Sara.

—Mejor me marcho —se apresuró a replicar Rachel.

—Demasiado tarde. Quédate pegada al muro y demuéstrame lo valiente y lo callada que puedes ser.

La niña obedeció. Giller se colocó delante de ella, tapándola con la túnica. Rachel oyó el tintineo de unas armaduras y pensó que sólo serían unos soldados. Pero entonces oyó unos ladridos. ¡El perro de la reina! ¡Tenían que ser la reina y su guardia! Giller y ella se meterían en un buen lío si la reina la descubría escondida detrás de la túnica del mago. ¡Incluso podía descubrir lo de la muñeca! La niña intentó cubrirse aún mejor con los pliegues de la túnica. La prenda se movió ligeramente cuando Giller saludó a la reina con una leve reverencia.

—Majestad —dijo el mago, a la vez que se erguía.

—¡Giller! —contestó ella con su voz malévola—. ¿Qué haces merodeando por aquí?

—¿Merodeando, majestad? Creí que parte de mi trabajo consistía en asegurarme de que nadie merodea. Simplemente estaba comprobando el sello mágico que protege la cámara de las joyas, para asegurarme de que nadie ha intentado entrar. —Rachel oyó al perrito de la reina husmear por el borde de la túnica de Giller—. Si así lo deseáis, majestad, dejaré tales asuntos al azar y, aunque me sienta inquieto, no emprenderé ninguna investigación. —El chucho empezó a dar la vuelta al mago, acercándose a la niña; Rachel lo oía husmear. Ojalá se marchara antes de que la descubriera—. Así pues, todos nos acostaremos después de rezar a los buenos espíritus para que cuando el Padre Rahl llegue todo salga bien. Y si algo falla, bueno, le diremos que, como no queríamos que nadie merodeara por el castillo, no comprobamos nada. Tal vez incluso lo entienda.

El perro de la reina empezó a gruñir. A Rachel se le llenaron los ojos de lágrimas.

—No hay por qué alterarse tanto, Giller, yo sólo preguntaba. —Rachel vio el pequeño hocico negro del perro que asomaba bajo la túnica—. Tesoro, ¿qué has encontrado ahí? ¿Qué hay, mi pequeño Tesoro?

El perro gruñó y lanzó un breve ladrido. Giller retrocedió un poco, obligando así a la niña a que se pegara aún más contra el muro. Rachel trató de pensar en Sara y deseó que estuviera con ella.

—¿Qué pasa, Tesoro? ¿Qué hueles?

—Me temo, majestad, que también he estado merodeando por los establos. Estoy seguro de que es eso lo que el perro huele. —Giller introdujo una mano en la túnica, junto a la cabeza de la niña.

—¿En los establos? —La voz de la reina aún no había perdido del todo su tono maligno—. ¿Qué puede haber en los establos que consideres necesario investigar? —Rachel percibía la voz cada vez más fuerte; la reina se inclinaba para coger al chucho—. Pero ¿qué haces, Tesoro?

Rachel se llevó a la boca el dobladillo de su vestido para evitar hacer ningún ruido mientras temblaba. Giller sacó la mano de la túnica, y Rachel vio que tenía una pizca de algo entre los dedos pulgar e índice. El perro metió la cabeza bajo la túnica y empezó a ladrar. El mago abrió los dedos y dejó caer sobre la cabeza del chucho un polvo que centelleaba. Tesoro estornudó. Entonces Rachel vio que la mano de la reina se introducía bajo la túnica y cogía al perro.

—Vamos, vamos, mi Tesoro. No pasa nada. Pobrecito mío. —Rachel oyó cómo la reina le besaba la trufa, algo que le encantaba hacer. Acto seguido ella también empezó a estornudar—. ¿Qué decías, Giller? ¿Qué asuntos puede tener un mago en un establo?

—Como os decía, majestad, si fueseis un asesino y quisierais introduciros en el castillo de la reina con la idea de dispararle una flecha larga y gruesa, ¿creéis que trataríais de entrar por la puerta principal, como si nada? ¿O preferiríais entrar con vuestro largo arco en un carromato, acaso escondido bajo una pila de heno, o detrás de unos sacos? Luego, una vez en los establos, podríais salir aprovechando la oscuridad. —Giller podía hacer que su voz también sonara malvada, pero a Rachel le pareció divertido que esa voz se dirigiera a la reina.

—Bueno… yo…, pero, ¿hay… crees que… has encontrado algo?

—¡Pero ya que me prohibís que merodee por los establos, pues también los tacharé de mi lista! No obstante, si no os importa, a partir de ahora cuando aparezcáis en público, preferiría no estar cerca de vos. No quiero estar en medio si uno de vuestros súbditos decide enviaros desde lejos una prueba de su amor.

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