El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #1
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino». Краткое содержание книги:
El Padre Rahl esbozó una leve sonrisa y, cautelosamente, aceptó el objeto que le ofrecía Giller. A continuación le dio la vuelta, admirando las hermosas joyas que refulgían. Acto seguido indicó por señas a uno de sus gorilas que se acercara. Cuando estuvo frente a él, el Padre Rahl lo miró a los ojos y le tendió la caja.
El hombretón la estrujó con una sola mano, haciéndola pedazos. La reina contempló la escena con ojos desorbitados.
—¿Qué significa esto? —preguntó, indignada.
—Eso debería preguntarlo yo, majestad —replicó Rahl con expresión amenazadora—. Esta caja es una falsificación.
—¡¿Qué?! Es imposible… No hay modo de que… Sé con total seguridad que… —La reina se volvió hacia Giller—. ¡Giller! ¿Qué sabes de esto?
—Majestad… no lo entiendo —contestó el mago, con las manos metidas en las mangas de la túnica—. Nadie ha manipulado el sello mágico. Yo mismo me ocupé de ello. Os aseguro que es la misma caja que vos me entregasteis y que yo he custodiado. Seguramente os dieron una caja falsa. Nos han engañado. Es la única explicación posible.
El Padre Rahl taladró con la mirada al mago, mientras éste se explicaba. Entonces miró a uno de sus hombres, el cual agarró al mago por la parte trasera del cuello de la túnica. Con una mano sostenía a Giller en vilo.
—¡Qué estás haciendo! ¡Suéltame, bruto! ¡Muestra respeto por un mago o juro que lo lamentarás! —exclamó el hechicero, con los pies bamboleándose en el aire.
Rachel notaba un nudo en la garganta y lágrimas en los ojos, pero se esforzó por ser valiente y no llorar. Sabía que si lo hacía, llamaría la atención de los demás.
Rahl se lamió las yemas de los dedos.
—Ésa no es la única explicación posible, mago. La caja auténtica posee magia, un tipo particular de magia. Pero la magia de esta otra caja es distinta. Una reina no se daría cuenta, no sabría si la caja es auténtica, pero un mago sí.
»Vuestro mago y yo vamos a tener una pequeña charla a solas —agregó, dirigiendo a la reina una pequeña sonrisa. Con estas palabras, giró sobre sus talones y salió del comedor. La túnica blanca revoloteó tras él. El hombretón que sostenía en vilo a Giller lo siguió. El otro se colocó frente a la puerta y cruzó los brazos. Giller fue sacado de la sala en volandas.
Rachel quería correr tras él, pues temía lo que iban a hacerle. Pero entonces vio que el mago volvía la cabeza y miraba a la gente con ojos muy abiertos. Por un instante, sus ojos oscuros se posaron en los suyos, y la niña oyó su voz en la cabeza tan claramente como si le gritara. La voz en su cabeza gritaba una sola palabra: «¡Corre!».
Un segundo después, Giller ya no estaba allí. Rachel sentía deseos de llorar, pero, en vez de eso, se metió el dobladillo del vestido en la boca. Toda la gente que rodeaba a la reina rompió a hablar al mismo tiempo. James, el artista de la corte, empezó a recoger pedazos de la caja falsa. Ayudándose del muñón de una mano, las sostenía en la otra, dándoles vueltas y examinándolas. La princesa Violeta le quitó uno de los pedazos más grandes y admiró las joyas, que acariciaba con los dedos.
Rachel recordaba la voz que había resonado dentro de su cabeza, la voz que le había gritado que corriera. Miró alrededor; nadie le prestaba atención. Así pues, rodeó las mesas, procurando mantener la cabeza más gacha que los tableros para que nadie la viera. Al llegar al otro lado del comedor, asomó la cabeza para comprobar si alguien miraba. Nadie.
Entonces estiró una mano y cogió algo de comida de las bandejas: un pedazo de carne, tres panecillos y un gran trozo de queso curado. Después de meterse todo eso en los bolsillos, volvió a asegurarse de que nadie miraba.
La niña corrió hacia el vestíbulo, tratando de contener las lágrimas y de ser valiente por Giller. Corría descalza por el suelo alfombrado, por delante de los tapices que colgaban de las paredes. Antes de llegar a la altura de los guardias que custodiaban la puerta, disminuyó el paso para que no la vieran correr. Al verla, los guardias descorrieron el gran cerrojo y la dejaron pasar sin decirle nada. Los guardias apostados al otro lado de la puerta se limitaron a echarle un vistazo antes de fijar de nuevo la vista en el patio.
Rachel se secó unas lágrimas mientras bajaba los fríos escalones de piedra. Aunque pugnaba por contenerse, no pudo evitar que algunas se le escaparan. Los guardias que patrullaban el terreno ni siquiera se fijaron en la chiquilla que avanzaba rápidamente por los adoquines hacia el jardín.
Lejos de las antorchas que colgaban de los muros exteriores del castillo, reinaba la oscuridad, pero la niña conocía el camino. Sentía la hierba húmeda bajo sus pies descalzos. Al llegar a la tercera urna, se arrodilló y, tras comprobar que nadie la vigilaba, metió una mano bajo las flores. Al notar el trapo que envolvía el pan, tiró de él, deshizo los nudos, desplegó el paño y colocó junto al pan la carne, los tres panecillos y el queso. Después hizo de nuevo el hatillo.
Cuando se disponía a correr hacia la puerta del muro, de pronto se acordó, y lanzó un grito ahogado. Se quedó paralizada, con los ojos muy abiertos.
¡Se había olvidado a Sara! ¡Se había dejado la muñeca en la caja donde dormía! La princesa Violeta la encontraría y la arrojaría al fuego. No podía dejarla allí; escapaba para no volver nunca más. Sara tendría miedo sin ella. La princesa la arrojaría al fuego.
Guardó de nuevo el hatillo con el pan debajo de las flores, miró en torno y corrió hacia el castillo. A aproximarse a la luz que emitían las antorchas, tuvo que disminuir la marcha y caminar. Uno de los guardias de la puerta la miró y le dijo:
—Acabas de salir.
Rachel tragó saliva.
—Sí, lo sé, pero tengo que volver a entrar un momento.
—¿Has olvidado algo?
La niña asintió con la cabeza y logró decir «sí».
El hombre sacudió la cabeza y levantó el ventanuco.
—Abre —indicó al guardia de dentro. Rachel oyó el ruido del pesado cerrojo.
Una vez dentro, escrutó el pasillo. Al fondo se abría la gran sala con el suelo ajedrezado y la escalinata, a la que se accedía dando unas cuantas vueltas por largos pasadizos y atravesando unas cuantas cámaras de gran tamaño, una de ellas el comedor. Era el camino más corto, pero la reina, la princesa o incluso el Padre Rahl, podrían estar allí y verla. Ya era tarde, por lo que era posible que la princesa Violeta la obligara a subir a su alcoba y la encerrara.
La niña giró y cruzó la pequeña puerta de la derecha, que daba al pasadizo del servicio. Era el camino más largo, pero ni en los pasillos ni en la escalera reservados a la servidumbre se encontraría con nadie importante. Ningún criado la pararía; todos sabían que era la compañera de juegos de la princesa y no querrían enfurecer a ésta. Tendría que bajar hasta las alcobas de los sirvientes y atravesar por debajo las grandes salas y la cocina.
Los escalones eran de piedra, con el borde alisado por el uso. Por una ventana abierta de la parte superior entraba la lluvia. Además, había una humedad permanente porque los muros rezumaban agua. En algunos puntos era muy poca, en otros más, y algunos escalones se veían cubiertos por un limo verde. Rachel procuraba ir siempre con cuidado para no pisar el limo. La luz de las antorchas colocadas en hacheros de hierro teñían la piedra y los escalones de color rojo y amarillo.
Había algunas personas en los pasadizos de la planta baja; sirvientes que llevaban ropa de cama y mantas, lavanderas con cubos de agua y fregonas, así como hombres que acarreaban fardos de leña para los fuegos de arriba. Algunas personas se detenían y hablaban en susurros unas con otras. Parecían excitadas. Rachel oyó pronunciar el nombre de Giller y se le hizo un nudo en la garganta.
En las dependencias de los criados todas las lámparas de aceite, que colgaban de las vigas de los techos bajos, estaban encendidas, y los sirvientes se reunían en grupitos para contarse qué habían visto. Rachel se fijó en un hombre que hablaba en voz alta rodeado por muchas mujeres y algún que otro varón. Era Sanders, el hombre que solía vestir una suntuosa chaqueta, saludaba a las elegantes damas y caballeros que acudían a la cena y anunciaba sus nombres al entrar en el comedor.