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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino

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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
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—Sólo soy una niña —respondió ella, mirándolo con ojos muy abiertos.

—Por esto estarás segura. Todo el mundo cree que no eres nadie, pero se equivocan. Eres la persona más importante del mundo, pero puedes engañarlos porque ellos no lo saben. Debes hacer esto, Rachel. Yo y todos los demás te necesitamos. Sé que lo lograrás porque eres lista e inteligente.

La niña se dio cuenta de que el mago tenía los ojos llorosos.

—Lo intentaré, Giller. Seré valiente y lo intentaré. Eres el hombre más bueno del mundo, y si tú me dices que lo haga, lo haré.

El mago sacudió la cabeza.

—No soy ni mucho menos el mejor hombre del mundo; he sido muy estúpido, Rachel. Si hubiera sido más sabio y hubiera recordado lo que me enseñó mi maestro, cuál es mi auténtico deber y por qué me hice mago, tal vez ahora no debería pedirte que me ayudaras. Pero debo hacerlo. Esto es lo más importante que tendrás que hacer en tu vida. No me falles, Rachel. Por favor. Pase lo que pase, no permitas que nadie te detenga. Nadie.

Giller le colocó sendos dedos en las sienes. La niña se vio invadida por un sentimiento de seguridad. Sabía que era capaz de hacerlo y que nunca más tendría que obedecer las órdenes de la princesa. Sería libre. De pronto, el mago retiró los dedos.

—Viene alguien —susurró Giller. Dicho esto, le estampó muy rápidamente un beso en la cabeza y le dijo—: Que los dioses te protejan, Rachel.

Entonces se levantó y se escondió detrás de la puerta, con la espalda pegada a la pared. Acto seguido, la puerta se abrió. Rachel se puso en pie de un salto. Era la princesa Violeta. Rachel la saludó con una reverencia. Cuando se enderezó, la princesa le propinó una bofetada y se echó a reír. Rachel clavó la vista en el suelo y, mientras se frotaba la mejilla, conteniendo a duras penas las lágrimas, vio un pedazo de miga entre los pies de la princesa. Rápidamente lanzó un vistazo a Giller, que seguía tras la puerta con la espalda pegada a la pared. Los ojos del mago se posaron en la miga. Más sigiloso que un gato, el hombre se inclinó, la recogió rápidamente y se la metió en la boca. Seguidamente, se escabulló por la puerta sin que la princesa Violeta se percatara de su presencia.

Obedientemente, Kahlan le ofreció los brazos unidos por las muñecas, con las manos cerradas, esperando que la atara con la cuerda. La mujer tenía la mirada extraviada. Había dicho que no estaba cansada, pero Richard sí lo estaba —la cabeza le martilleaba con tal fuerza que se sentía tremendamente enfermo—, por lo que ella se encargaría de la primera guardia. El joven prefería no pensar en el tipo de guardia que haría con aquella mirada vacía.

Richard tensó la cuerda entre sus temblorosos puños, sintiendo cómo la última brizna de esperanza lo abandonaba. Nada cambiaba, nada iba como él había esperado. La lucha entre ambos continuaba: ella quería morir y él trataba de impedirlo.

—Ya no puedo más —susurró, bajando la vista hacia las muñecas de la mujer a la luz del pequeño fuego—. Kahlan, tú quieres morir, pero es a mí a quien estás matando.

Los ojos verdes de la mujer buscaron los suyos. El resplandor de las llamas brillaba en ellos.

—Entonces, deja que me vaya, Richard. Te lo suplico. Si de verdad te importo, demuéstralo. Deja que me vaya.

El joven bajó la cuerda y la soltó. Con manos temblorosas se sacó lentamente el cuchillo de la mujer del cinto y lo miró durante un momento, allí, en la palma de la mano. Percibía de manera borrosa el destello de la hoja. Entonces, aferró con fuerza el mango y arrojó el arma, envainada, al regazo de Kahlan.

—Tú ganas. Vete. Fuera de mi vista.

—Richard…

—¡He dicho que te vayas! —El joven señaló hacia atrás—. Vuelve y deja que los gars hagan el trabajo. Podrías hacer una chapuza con ese cuchillo. Imagínate si fallas y no logras matarte. Después de todo esto, sería terrible que no lograras matarte.

Dicho esto, le dio la espalda y fue a sentarse sobre un pino caído que yacía delante del fuego. La mujer se quedó mirándolo en silencio y luego se alejó unos pasos.

—Richard… después de todo lo que hemos pasado juntos, no quiero que acabemos así.

—Me da igual lo que tú quieras. Has perdido ese derecho. —El joven tuvo que esforzarse para poder ordenarle—: Fuera de mi vista.

Kahlan hizo un gesto de asentimiento y bajó la mirada. Richard se inclinó hacia adelante, con los codos apoyados en las rodillas y el rostro hundido entre sus temblorosas manos. Sentía ganas de devolver.

—Richard. —Kahlan pronunció su nombre con suavidad—. Cuando todo esto acabe, confío en que pensarás bien de mí y que me recordarás con afecto.

El joven saltó. En un abrir y cerrar de ojos, estaba agarrando la blusa de ella con los puños.

—¡Sólo te recordaré por lo que eres! ¡Una traidora! ¡Estás traicionando a todos los que han muerto y a todos los que morirán! —Kahlan, con ojos desorbitados, intentaba retroceder, pero él la tenía bien cogida—. ¡Estás traicionando a todos los magos que dieron sus vidas por ti, a Shar, a Siddin y a toda la gente barro que tuvo que morir! ¡Y, sobre todo, estás traicionando a tu hermana!

—Eso no es cierto —protestó ella débilmente.

—¡Los estás traicionando a ellos y a un montón de personas! Si Rahl vence, todos, también Rahl el Oscuro, tendremos que agradecértelo a ti. ¡Lo estás ayudando!

—¡Estoy haciendo esto para ayudarte a ti! ¡Ya oíste lo que dijo Shota! —Kahlan empezaba a enfadarse, también.

—Eso no vale. No conmigo. Sí, oí perfectamente a Shota. Dijo que tanto tú como Zedd os volveríais contra mí de algún modo. ¡Pero no dijo que tuviera que ser un error!

—¿Qué quieres decir?

—¡No estamos haciendo todo esto por mí, sino para detener a Rahl! ¿Cómo sabes que, una vez tengamos la caja, no va a entregársela? ¿Y si soy yo quien os traiciona y la única oportunidad para evitar que la caja caiga en manos de Rahl es que tú y Zedd os volváis contra mí?

—Eso es absurdo.

—¿Y acaso no lo es que tú y Zedd tratéis de matarme? Para eso, sería preciso que dos se equivocaran, pero para lo otro sólo tendría que equivocarme yo. ¡No es más que la estúpida adivinanza de una bruja! ¡Estás dispuesta a morir por una estúpida adivinanza! No podemos saber qué pasará en el futuro. No podemos saber qué quiso decir Shota, ni si es verdad, ni si realmente pasará. No lo sabremos hasta que llegue el momento. Y entonces tendremos que enfrentarnos a ello.

—Yo sólo sé que no puedo permitirme seguir viviendo y arriesgarme a que se cumpla la profecía. Tú eres el hilo que nos mantiene unidos en la lucha.

—Sí, un hilo sin aguja. Tú eres mi aguja. Sin ti, no habría podido llegar tan lejos. A cada paso que doy, te necesito. Hoy mismo, sin ir más lejos, en la bifurcación inversa, sin ti me hubiera equivocado. Tú conoces a la reina y yo no. Incluso si consigo encontrar la caja sin ti, ¿qué voy a hacer con ella? ¿Adónde iré? No conozco la Tierra Central. ¿Adónde iré Kahlan? Dímelo. ¿Cómo saber dónde estaré a salvo? Podría ir directamente hacia el terreno de Rahl y llevarle la caja en bandeja.

—Shota dijo que tú eras el único que tenías una oportunidad. Sin ti, todo está perdido. Tú eres la esperanza, no yo. Shota dijo que si yo seguía con vida… Richard, no puedo permitirlo. Simplemente, no puedo.

—Eres una traidora a todos nosotros —susurró cruelmente Richard.

—Pienses lo que pienses, hago esto por ti.

Richard lanzó un grito y la empujó con todas sus fuerzas. Kahlan cayó al suelo de espaldas. Entonces, el joven se acercó a ella, levantando polvo con las botas, y se quedó mirándola fijamente con ojos furiosos.

—¡No te atrevas a decir algo así! —le gritó. Tenía ambos puños cerrados—. ¡Haces esto por ti misma, porque no tienes agallas para vencer y lo que eso implica! ¡No te atrevas a decir que haces esto por mí!

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