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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino

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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
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Mientras trataba de imaginarse cómo conseguir un pan sin robarlo vio que la princesa Violeta cruzaba la sala en dirección a la escalinata. La seguían la costurera real y dos de sus ayudantes, portando rollos de una bonita tela rosa. Rápidamente, Rachel buscó dónde esconderse pero la princesa ya la había visto.

—Oh, Rachel —dijo la princesa—. Ven aquí.

—¿Sí, princesa Violeta? —repuso la niña, haciendo una reverencia.

—¿Qué estás haciendo?

—Lo que me ordenasteis, princesa. Ahora mismo iba a la cocina.

—Mmm… Olvídate de eso.

—¡Pero princesa Violeta, tengo que ir!

—¿Por qué? —inquirió la princesa, ceñuda—. Te acabo de ordenar que no vayas.

Rachel se mordió el labio; la ceñuda expresión de la princesa la asustaba. Trató de pensar qué respondería Giller.

—Bueno, si no queréis que vaya, no iré. Pero vuestro almuerzo era espantoso, y odiaría que os sirvieran otra vez una comida tan horrible. Estoy segura de que os morís de ganas por comer algo realmente bueno. Pero, si no queréis que vaya, no iré.

La princesa se quedó pensativa un momento, y luego declaró:

—Pensándolo mejor, ve. La comida era realmente espantosa. ¡No te olvides de decirles lo enfadada que estoy con ellos!

—Sí, princesa Violeta. —Rachel hizo una reverencia y se volvió, dispuesta a marcharse.

—Voy a que me prueben un vestido —añadió la princesa, y Rachel se volvió hacia ella—. Luego iré a la cámara de las joyas y me probaré algunas, para ver cómo quedan con mi nuevo vestido. Cuando acabes de reñir a los cocineros, ve a por la llave y espérame en la cámara de las joyas.

Rachel sintió la boca seca.

—Pero princesa Violeta, ¿no preferís esperar hasta mañana, cuando el vestido ya esté terminado, para ver lo bien que os sientan las joyas con el vestido?

La princesa pareció sorprendida.

—Bueno, sí. Me gustaría ver las joyas junto con el vestido. —Tras un instante de reflexión, empezó a subir la escalinata—. Tienes razón. No se me había ocurrido.

Rachel lanzó un hondo suspiro y ya se encaminaba a la escalera de servicio cuando la princesa la llamó.

—Pensándolo bien, Rachel, tengo que ir de todos modos a la cámara de las joyas para elegir algo para la cena de esta noche. Reúnete conmigo allí dentro de un rato.

—Pero, princesa…

—Pero nada. Después de transmitir mi mensaje a los cocineros, ve a buscar la llave y espérame en la cámara de las joyas. Me reuniré contigo cuando acabe de probarme el vestido.

La princesa subió la escalinata y desapareció.

¿Qué iba a hacer ahora? Giller también se reuniría con ella en la cámara de las joyas. La niña respiraba entrecortadamente, al borde de las lágrimas. ¿Qué iba a hacer?

Haría exactamente lo que Giller le había dicho, sí señor. Sería valiente para que a nadie más le cortaran la cabeza. La niña contuvo a duras penas las lágrimas y, decidida, bajó la escalera en dirección a la cocina, mientras se preguntaba para qué querría Giller una hogaza de pan.

—¿Bueno, qué te parece? —susurró Richard—. ¿Alguna idea?

Kahlan, tendida en el suelo junto a él, contemplaba con el entrecejo fruncido la escena, ocultos ambos entre los raquíticos árboles que crecían en la elevada cresta.

—No tengo ni idea —respondió, también en un susurro—. Nunca había visto tantos gars de cola corta congregados en un mismo lugar.

—¿Qué pueden estar quemando?

—No están quemando nada. El humo proviene del suelo. A este lugar se lo conoce como Fuentes Ígneas. Por algunas grietas en el suelo sale vapor del interior de la tierra; por otras agua hirviendo; y hay algunas más que emanan un hediondo líquido amarillo y barro espeso. Nadie se acerca aquí debido a los gases. No tenía ni idea de que hubiera gars.

—Bueno, mira allí al fondo. Donde la colina asciende hay la grieta más grande. Veo algo encima, algo con forma oval, envuelto en vapor. No dejan de acercarse a esa cosa para mirarla y tocarla.

La mujer hizo un gesto negativo con la cabeza.

—Tienes mejor vista que yo. No distingo qué es, ni siquiera la forma.

Richard oía y sentía ruidos sordos procedentes del suelo, algunos de ellos seguidos por erupciones de vapor que emanaba de las grietas. Hasta ellos llegaba el olor, espantosamente sofocante, de azufre.

—Tal vez deberíamos bajar a echar un vistazo —susurró Richard casi como si hablara para sus adentros, sin dejar de vigilar los movimientos de los gars.

—Sería más que insensato —replicó duramente la mujer—; una auténtica estupidez. ¿Has olvidado ya lo mal que nos lo hizo pasar uno solo? Allí abajo debe de haber docenas.

—Supongo que tienes razón. ¿Qué hay detrás de ellos, justo arriba, en un lado de la colina? ¿Es una cueva?

Los ojos de Kahlan se fijaron en el oscuro agujero.

—Sí. Lo llaman la cueva del shadrin. Algunos afirman que atraviesa toda la montaña y va a salir al valle del otro lado. Pero no conozco a nadie que lo sepa con seguridad, ni que desee comprobarlo.

Richard contemplaba cómo los gars se disputaban una presa, desgarrándola.

—¿Qué es un shadrin?

—El shadrin es una bestia que se supone que vive en las cuevas. Algunos dicen que no es más que un ser mitológico, pero otros juran que es real. No hay nadie dispuesto a averiguarlo.

—¿Y tú qué crees? —inquirió Richard, mirando a Kahlan.

Ésta se encogió de hombros, observando a los gars.

—No lo sé —confesó—. Hay muchos lugares en la Tierra Central donde se dice que viven bestias mitológicas, pero yo he estado en muchos de esos lugares y no he encontrado nada. La mayoría de esas historias no son más que eso, historias. Pero no todas.

Richard se alegró de que su compañera hablara, pues hacía días que no abría la boca. El extraño comportamiento de los gars parecía haber despertado su curiosidad y conseguido sacarla de su mutismo, al menos de momento. Pero no podían quedarse allí hablando; estaban perdiendo tiempo y, además, si se quedaban demasiado rato, las moscas de los gars acabarían por localizarlos. Así pues, ambos se alejaron a rastras del borde, procurando no levantar la cabeza y moviéndose en silencio. Kahlan volvió a retraerse.

Una vez lejos de los gars, reanudaron la marcha hacia Tamarang, el reino limítrofe con la Tierra Salvaje, gobernado por la reina Milena. Apenas habían avanzado cuando se hallaron ante una bifurcación. Richard supuso que cogerían el camino de la derecha, pues Kahlan le había dicho que Tamarang se encontraba al este, mientras que los gars y las Fuentes Ígneas quedaban a su izquierda. Pero la mujer tomó el camino de la izquierda.

—¿Qué estás haciendo? —le preguntó Richard. Desde que se alejaran de las Fuentes del Agaden había tenido que vigilarla con ojos de águila. Ya no podía confiar en ella. Kahlan estaba empeñada en morir y Richard sabía que, si no vigilaba todos y cada uno de sus movimientos, lograría su propósito.

Kahlan volvió la vista hacia él. Mostraba la misma expresión impasible que había exhibido durante días.

—Es una bifurcación invertida. Más adelante, cuando el terreno y el bosque impiden gozar de una buena perspectiva, los caminos se cruzan y cambian de dirección. El bosque es tan frondoso que apenas se ve el sol y uno no sabe en qué dirección camina. Si tomamos el desvío de la derecha, acabaremos por toparnos con los gars. Pero el de la izquierda conduce a Tamarang.

—¿Por qué se tomaría alguien la molestia de hacer algo así? —inquirió el Buscador, perplejo.

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