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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino

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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
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—Me lo ha contado uno de los dos guardias que estaban de servicio en el comedor. Ya sabéis a quiénes me refiero: al joven, Frank, y al otro, el que cojea, Jenkins. Me dijo que los guardias de D’Hara les confiaron que se haría un registro del castillo, de las almenas a los sótanos.

—¿Qué buscan? —preguntó una mujer.

—No lo sé. No se lo dijeron ni a Frank ni a Jenkins. Pero no me gustaría estar en la piel de quien tenga lo que buscan. Esos hombres de D’Hara le pueden provocar a uno pesadillas incluso estando despierto.

—Ojalá encuentren lo que quiera que haya debajo de la cama de Violeta —comentó alguien—. No le estaría mal que le provocaran a ella una pesadilla en lugar de provocarla ella, para variar. —Todos rieron.

Rachel siguió adelante, cruzó la enorme despensa llena de columnas, de las que colgaban lámparas. A un lado se apilaban los barriles en hileras, unos encima de los otros; y en el otro, cajas, arcones y sacos. La despensa olía a humedad y moho, y se oía el roer de los ratones. La niña cruzó el almacén andando por el centro, hacia la pesada puerta que se abría al otro extremo. Los goznes de hierro chirriaron cuando tiró con todas sus fuerzas del pomo y abrió la puerta. La herrumbre del pomo le manchó las manos, y tuvo que limpiárselas en la piedra. Otra portalada, a la derecha, daba a los calabozos. Rachel subió la oscura escalera, iluminada únicamente por una antorcha en la parte superior. La niña oía el goteo del agua y su eco. La puerta de lo alto de la escalera estaba un poco abierta, Rachel la cruzó y luego recorrió los pasillos de piedra tan rápida como el viento que siempre soplaba en ellos. La niña estaba tan asustada que tenía ganas de llorar. Quería que Sara estuviera a salvo, con ella, y lejos del castillo.

Por fin, llegó al piso superior. Asomó la cabeza por la puerta y escrutó en ambas direcciones el corredor que conducía a los aposentos de la princesa Violeta. No había nadie. La niña anduvo de puntillas sobre la alfombra, con dibujos de barcas, hasta llegar a la entrada, algo apartada del pasillo. Rachel se deslizó dentro y volvió a escrutar el corredor. Con infinito cuidado abrió la puerta apenas una rendija. La alcoba estaba a oscuras. La niña se introdujo sigilosamente en ella y cerró bien la puerta.

El fuego ardía en la chimenea, pero las lámparas no se habían encendido. Rachel avanzó silenciosamente, sintiendo los pelos de la alfombra en sus pies desnudos. Al llegar a la caja en la que dormía, se arrodilló y entró dentro arrastrándose, retiró la manta con una mano y ahogó un grito. Sara no estaba. Rachel sintió un escalofrío que le recorría todo el cuerpo.

—¿Buscas algo? —Era la voz de la princesa Violeta.

Por un momento, Rachel se quedó como paralizada. Respiraba entrecortadamente, pero se aguantó el llanto. No quería que la princesa Violeta la viera llorar. Cuando salió de la caja, vio una forma negra de pie delante del fuego. La princesa se alejó un paso de las llamas. Tenía las manos a la espalda, por lo que Rachel no veía qué sostenía.

—He subido para meterme en la caja. Es hora de irme a dormir.

—Ya. —Los ojos de Rachel se habían adaptado a la oscuridad y pudo ver la sonrisa de la princesa—. ¿No buscarías esto, por casualidad?

Lentamente se sacó las manos de la espalda. Sostenía a Sara. Rachel abrió mucho los ojos y, de pronto, le entraron ganas de orinar.

—Princesa Violeta, por favor… —gimoteó, estirando los brazos en gesto de súplica.

—Ven aquí y hablaremos de esto.

Rachel se acercó despacio a la princesa y se detuvo frente a ella, retorciendo con un dedo el dobladillo del vestido. De repente, la princesa la abofeteó con más fuerza que nunca. Tan intenso fue el golpe que Rachel lanzó un gritito y tuvo que retroceder un paso. Mientras se llevaba la mano izquierda a la mejilla, que le ardía, las lágrimas le llenaron los ojos. Pero la niña metió un puño en un bolsillo; esta vez estaba decidida a no llorar.

La princesa se aproximó a ella y le golpeó la otra mejilla con el dorso de la mano. Los nudillos le causaron un dolor más intenso que la palma. Rachel apretó los dientes y cerró los dedos alrededor de algo en el bolsillo para no sucumbir a las lágrimas.

—¿Qué te dije que haría si alguna vez te encontraba una muñeca? —La princesa Violeta se volvió hacia el fuego.

—Princesa Violeta, por favor, no… —La niña temblaba por el dolor que sentía en la cara y porque estaba muy asustada—. Por favor, dejad que me la quede. No os hace ningún daño.

La princesa soltó una odiosa carcajada.

—Ni hablar. La voy a tirar al fuego como te dije que haría. Así aprenderás la lección. ¿Cómo se llama?

—No tiene nombre.

—Bueno, no importa. De todos modos arderá.

La princesa se volvió hacia el fuego. Rachel aún aferraba algo que llevaba en el bolsillo. Era la cerilla mágica que Giller le había regalado. Se la sacó del bolsillo y la miró.

—¡No te atrevas a tirar mi muñeca al fuego o te arrepentirás!

—¿Qué acabas de decir? ¡Cómo te atreves a hablarme así, a mí! Tú no eres nadie. Yo soy la princesa.

Rachel acercó la cerilla al tapete que cubría un pequeño velador de mármol que tenía cerca.

—Luz para mí —musitó.

El tapete prendió. La princesa pareció sorprendida. Rachel acercó la cerilla a un libro situado encima del velador, echó una fugaz mirada a los ojos de la princesa para asegurarse de que miraba y susurró de nuevo las palabras mágicas. El libro empezó a arder con un rugido. La princesa Violeta asistía al espectáculo con ojos desorbitados. Rachel cogió el libro en llamas por una esquina y lo arrojó a la chimenea, mientras la princesa la miraba. Entonces, giró el cuerpo, dio un paso hacia la princesa y le acercó la cerilla mágica.

—Dame la muñeca o te quemaré a ti también.

—No te atreverás.

—¡Dámela! Si no lo haces, te prenderé fuego y te quemarás.

La princesa le tendió la muñeca, al mismo tiempo que le decía:

—Toma, Rachel. Por favor, no me quemes. Me da miedo el fuego.

Rachel cogió la muñeca con la mano izquierda y la abrazó, sin apartar la cerilla mágica de la princesa. Ésta empezaba a darle lástima, pero entonces recordó lo mucho que le dolía la cara por sus bofetones. Le dolía más que en ninguna otra ocasión.

—Vamos a olvidar todo esto, Rachel. Puedes quedarte con la muñeca, ¿vale? —Ahora la princesa hablaba con voz realmente amable y no desagradable como antes.

Pero Rachel sabía que era una trampa. Tan pronto como tuviera los soldados cerca, la princesa ordenaría que le cortaran la cabeza. Entonces sí que se reiría de ella y, además, quemaría a Sara.

—Métete en la caja —dijo Rachel—. Así comprobarás lo cómoda que es.

—¿Qué?

Rachel la pinchó con la cerilla mágica.

—Métete ahora mismo o te quemo.

La princesa avanzó lentamente hacia la caja, con la cerilla clavada a la espalda, mientras trataba de persuadir a su compañera de juegos.

—Rachel, piensa en lo que estás haciendo. ¿Realmente quieres…?

—Cállate y métete dentro. A no ser que quieras que te prenda fuego.

La princesa se arrodilló y entró gateando en la caja. Rachel miró al interior.

—Ve al fondo.

La princesa obedeció. La puerta se cerró con un sonido metálico. Rachel se encaminó al cajón y sacó la llave con la que cerró la puerta de hierro de la caja, asimismo de hierro, y luego se guardó la llave en el bolsillo. Acto seguido se arrodilló y atisbó en el interior por una pequeña abertura. En la oscuridad únicamente distinguió los ojos de la princesa, que la miraban.

—Buenas noches, Violeta. Que duermas bien. Esta noche yo dormiré en tu cama. Estoy harta de tu voz, así que será mejor que no abras la boca. Si te oigo, vendré y te quemaré la piel. ¿Entendido?

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