El arca de la redención [Redemption Ark - es]
- Автор: Рейнольдс Аластер
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Год: La Factor
- ISBN: 84-9800-283-4
- Переводчик: Aitor Solar
- Жанр: Космическая фантастика
Электронная книга - «El arca de la redención [Redemption Ark - es]». Краткое содержание книги:
Mientras tanto, una fuerza desconocida ha sembrado el terror en el Sanctasanctórum de los combinados. A medida que la naturaleza de la nueva amenaza se vuelve más clara, Clavain, uno de sus guerreros, empieza a plantearse que es hora de volver al combate. En Resurgam se ha descubierto un cargamento de armas devastadoras que podrían ser utilizadas para el bien de la Humanidad, pero alguien ya ha logrado hacerse con su control…
Clavain frunció el ceño.
—Pero eso no explica cómo terminaron… Ah, espere. Usted los estaba siguiendo, ¿no es cierto?
H asintió con lo que a Clavain le pareció un rastro de orgullo.
—Esperaba que los combinados enviaran a alguien tras usted. Sentía curiosidad, así que había decidido traerlos aquí también para poder determinar qué papel representaban en todo este curioso asunto. Mis naves estaban esperando alrededor de Copenhague, buscando cualquier cosa extraña y, sobre todo, cualquier cosa extraña referida a Antoinette Bax. Solo siento que no interviniéramos antes, quizá se habría derramado un poco menos de sangre.
Clavain se dio la vuelta al oír el sonido de un tictac metronómico que se iba acercando. Era una mujer con tacones de aguja. Un enorme manto negro aleteaba tras ella, como si caminara en medio de su galera privada. Clavain la reconoció.
—¡Ah, Zebra! —dijo H con una sonrisa.
Zebra se acercó a él y luego lo envolvió entre sus brazos. Se besaron más como amantes que como amigos.
—¿Estás segura de que no necesitas descansar un poco? —Preguntó H—. Dos trabajos tan seguidos en un solo día…
—Estoy bien, y también los Gemelos Parlanchines.
—¿Has… mmm… has hecho los arreglos necesarios para el empleado de la Convención?
—Nos hemos ocupado de él, sí. ¿Quieres verlo?
—Imagino que podría divertir a mis invitados. ¿Por qué no? —H se encogió de hombros, como si todo lo que se discutiera fuera si debían tomar el té ahora o más tarde.
—Iré a buscarlo —dijo Zebra. Se dio la vuelta y se alejó taconeando.
Se acercó otro par de pisadas. Clavain se corrigió. Eran en realidad dos pares de pisadas, pero caminaban con una sincronía casi perfecta. Eran los dos enormes hombres sin boca, que colocaron una silla de ruedas entre los sofás. Antoinette estaba sentada en la silla, con aspecto cansado, pero viva. Tenía muy vendadas las manos y los antebrazos.
—Clavain… —empezó a decir.
—Estoy bien —dijo él—. Y me alegro de ver que tú también estás bien. Siento que tuvierais problemas por mi culpa. Sinceramente, esperaba que cuando yo me fuera tú no tuvieras que saber nada más de este tema.
—La vida nunca es tan sencilla, ¿verdad? —dijo Antoinette.
—Supongo que no. Pero lo siento de todos modos. Si puedo compensarlo, lo haré.
Antoinette miró a Xavier.
—¿Tú estás bien? Esa chica dijo que sí, pero no sabía si creerla.
—Estoy bien —le dijo Xavier—. Fresco como una lechuga. Pero al parecer ninguno de los dos tenía la energía necesaria para levantarse de la silla.
—No creí que lo consiguiera —dijo Antoinette—. Estaba intentando poner en marcha tu corazón, pero no tenía fuerza. Sentía que me estaba quedando inconsciente, así que lo intenté por última vez. Supongo que funcionó.
—Lo cierto es que no —dijo H—. Se desmayó. Usted hizo todo lo que pudo, pero también había perdido mucha sangre.
—¿Entonces, quién…?
H señaló a Escorpio con un gesto.
—Aquí, nuestro amigo el cerdo, salvó a Xavier. ¿No es cierto?
El cerdo gruñó.
—No fue nada.
Antoinette dijo:
—Quizá no para usted, señor Rosa. Pero para Xavier la cosa cambió, y mucho. Supongo que debería darle las gracias.
—Tampoco se moleste. Puedo vivir sin su gratitud.
—Aun así lo diré: gracias.
Escorpio la miró y luego gruñó algo ininteligible antes de desviar los ojos.
—¿Y qué pasa con la nave? —dijo Clavain interrumpiendo el incómodo silencio que siguió—. ¿La nave está bien?
Antoinette miró a H.
—Supongo que no, ¿verdad?
—De hecho está bien. En cuanto Xavier recobró la conciencia, Zebra le pidió que ordenara al Ave de Tormenta que volara con el piloto automático a unas coordenadas que le proporcionamos nosotros. Tenemos unas instalaciones seguras en el Cinturón Oxidado, vitales para algunas de nuestras otras operaciones. La nave está intacta y a salvo. Tiene mi palabra, Antoinette.
—¿Cuándo podré volver a verla?
—Pronto —dijo H—. Pero en cuanto al momento exacto, prefiero no decirlo.
—¿Entonces estoy prisionera? —preguntó Antoinette.
—No exactamente. Todos ustedes son mis invitados. Pero preferiría que no se fueran hasta que hayamos tenido la oportunidad de hablar. El señor Clavain quizá tenga su propia opinión sobre este asunto, es posible que justificada, pero creo que es justo decir que algunos de ustedes me lo deben por salvarles la vida. —Levantó una mano para atajar cualquier objeción antes de que ninguno tuviera la oportunidad de hablar—. No quiero decir que considere que alguno de ustedes está en deuda conmigo. Me limito a pedirles que me concedan un poco de su tiempo. Nos guste o no —y los miró a todos uno por uno—, todos somos jugadores en algo más grande de lo que ninguno podemos llegar a entender. Jugadores reticentes, quizá, pero así han sido siempre las cosas. Al desertar, el señor Clavain ha precipitado algo trascendental. Creo que no tenemos más opción que seguir los acontecimientos hasta el final. Para interpretar, si quieren, los papeles que se nos ha dado de antemano. Eso nos incluye a todos, incluso a Escorpio.
Hubo un chirrido acompañado de unos cuantos taconeos metronómicos más. Había regresado Zebra. Delante de ella empujaba un cilindro metálico recto del tamaño de una gran urna de té. Estaba tan bruñido que lanzaba grandes destellos y le brotaban todo tipo de tuberías y avíos. Iba colocado en el cojín de una silla de ruedas parecida a la que había traído a Antoinette.
Clavain notó que el cilindro se mecía un poco de lado a lado, como si tuviera algo dentro que estuviera intentando escapar.
—Tráelo aquí —dijo H haciéndole un gesto a Zebra para que lo adelantara.
La joven empujó el cilindro y lo colocó entre los dos. El aparato seguía tambaleándose. H se inclinó y le dio unos golpecitos suaves con los nudillos.
—Eh, hola —dijo levantando la voz—. Que bien que haya venido. Me pregunto si sabe dónde están o lo que le ha pasado.
El cilindro se tambaleó cada vez más agitado.
—Permítanme que se lo explique —les dijo H a sus invitados—. Lo que tenemos aquí es el sistema de soporte vital de un cúter de la Convención. El piloto de un cúter nunca abandona su nave espacial durante el tiempo que dura su servicio, que pueden ser muchos años. Para reducir la masa, la mayor parte de su cuerpo se separa de forma quirúrgica y se conserva en frío en el cuartel general de la Convención. No le hacen falta los miembros porque puede dirigir un proxy mediante un interfaz neuronal. Tampoco necesita muchas otras cosas. Se extraen todas, se etiquetan y se guardan.
El cilindro se agitaba hacia delante y hacia atrás.
Zebra estiró la mano y lo sujetó para que no cayera.
—¡Eh! —dijo.
—Dentro de este cilindro —dijo H— está el piloto del cúter responsable de las últimas desavenencias ocurridas a bordo de la nave especial de la señorita Bax. Eres un tipo muy desagradable, ¿eh? Qué divertido debe de ser, aterrorizar a tripulaciones inocentes que no han hecho nada más que violar unas cuantas viejas leyes. Qué risa.
—No es la primera vez que hacemos negocios —dijo Antoinette.
—Bueno, me temo que, esta vez, nuestro invitado quizás haya ido demasiado lejos —dijo H—. ¿No es cierto, compañero? Fue muy sencillo separar tu núcleo de soporte vital del resto de la nave. Espero que no fuera demasiado incómodo para ti, aunque me imagino que el dolor no debió de ser poco cuando te desconectaron del sistema nervioso de tu nave. Quiero disculparme por ello, porque de verdad que la tortura no es lo mío.