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El arca de la redención [Redemption Ark - es]

Электронная книга - «El arca de la redención [Redemption Ark - es]». Краткое содержание книги:

Estamos a comienzos del siglo XXVII. Hace cincuenta años, el hombre puso en marcha un antiguo sistema alienígena que detectaba el nacimiento de formas de vida inteligentes. Los inhibidores llevan mucho tiempo esperando, pero ahora se preparan para volver…
Mientras tanto, una fuerza desconocida ha sembrado el terror en el Sanctasanctórum de los combinados. A medida que la naturaleza de la nueva amenaza se vuelve más clara, Clavain, uno de sus guerreros, empieza a plantearse que es hora de volver al combate. En Resurgam se ha descubierto un cargamento de armas devastadoras que podrían ser utilizadas para el bien de la Humanidad, pero alguien ya ha logrado hacerse con su control…
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Y luego cayó.

Esta vez solo hubo un golpe sordo cuando chocaron contra la puerta. A través de la ventanilla, Antoinette vio que el humo naranja se desvanecía en un instante. El taller de reparaciones acababa de perder todo el aire. Las paredes se deslizaron a su lado cuando la nave se abrió camino hacia el espacio.

—Hágalo parar —dijo Reloj.

—Ya no está en mis manos, colega —le dijo Xavier.

—Esto es un truco —dijo la araña—. Desde el principio nos quería a bordo de la nave.

—Pues denúncieme —dijo Xavier.

—Xavier… —Antoinette no tenía que gritar. El silencio era absoluto a bordo del Ave de Tormenta, incluso cuando la nave salió arañando lo que quedaba de la puerta del taller de reparaciones—. Xavier… Por favor, dime lo que está pasando.

—Amañé un programa de emergencia —dijo Xavier—. Me imaginé que vendría bien si alguna vez nos metíamos en una situación así.

—¿Una situación así?

—Supongo que mereció la pena —dijo él.

—¿Por eso no había ningún mono trabajando?

—¡Oye! —fingió sentirse insultado—. Admitirás que soy previsor, ¿no?

Estaban ingrávidos. El Ave de Tormenta se alejó del Carrusel Nueva Copenhague rodeado de una pequeña constelación de escombros. Fascinada a pesar de todo, Antoinette inspeccionó el daño que dejaban atrás. Habían abierto un agujero con forma de nave en la puerta.

—Mierda, Xave. ¿Tienes idea de lo que nos va a costar eso?

—Bueno, pues estaremos un poco más tiempo en números rojos. Supuse que sería una compensación aceptable.

—No les servirá de nada —dijo Reloj—. Seguimos aquí y no hay nada que nos puedan hacer que no les haga daño a ustedes al mismo tiempo. Así que olvídense de la despresurización o de ejecutar patrones de propulsión de muchas gravedades. No van a funcionar. El problema al que tenían que enfrentarse hace cinco minutos no ha desaparecido.

—La única diferencia —dijo el señor Rosa— es que acaban de quemar un montón de buena voluntad.

—Estaban a punto de desgarrarle la cabeza para llegar a sus recuerdos —dijo Xavier—. Si esa es su idea de buena voluntad, se la pueden meter por donde les quepa.

La draga medio montada del señor Rosa flotaba por la cabina. La había soltado durante la huida.

—Tampoco es que se hubieran enterado de nada —dijo Antoinette—, porque no sé lo que Clavain iba a hacer. Quizá no estoy utilizando términos lo bastante sencillos para que me entiendan.

—Coja la draga, señor Rosa —dijo Remontoire. El cerdo lo miró furioso, hasta que Reloj terminó por añadir con un nítido y excesivo énfasis—: Por favor, señor Rosa.

—Sí, señor Reloj —dijo el cerdo con el mismo matiz sarcástico.

El cerdo se manoseó las cinchas. Ya casi se las había quitado cuando la nave se lanzó hacia delante. La draga era lo único que no estaba atado. Se estrelló contra una de las paredes inflexibles del Ave de Tormenta y se rompió en media docena de piezas relucientes.

Xavier no pudo haber programado eso, ¿verdad?, se preguntó Antoinette.

—Muy listo —dijo Reloj—. Pero no lo bastante. Ahora tendremos que sacárselo por otros medios, ¿no?

La nave estaba ahora bajo los efectos de una propulsión constante. Pero Antoinette seguía sin oír nada, y eso empezó a preocuparle. Los cohetes químicos eran ruidosos: transmitían su sonido por todo el armazón del casco aunque la nave estuviera en el vacío. La propulsión de iones era silenciosa, pero no podía sostener ese tipo de aceleración. Aunque el motor de fusión tokamak era totalmente silencioso, suspendido como estaba en un telar de campos magnéticos.

Así que la propulsión era por fusión.

Mierda…

Había una condena a muerte obligatoria por utilizar motores de fusión dentro del Cinturón Oxidado. Incluso la utilización de cohetes nucleares tan cerca de un carrusel habría provocado atroces castigos; casi seguro que jamás habría vuelto a atravesar el espacio. Pero la propulsión por fusión era un instrumento que podía ser letal. Una llama de fusión mal dirigida podía partir un carrusel en cuestión de segundos…

—Xavier, si puedes hacer algo, vuélvenos a poner en química de inmediato.

—Lo siento, Antoinette, supuse que esto sería lo mejor.

—¡No me digas!

—Sí, y ya cargo yo con la culpa si hace falta. Pero escucha, aquí estamos secuestrados. Eso cambia las reglas. Ahora mismo queremos que la policía nos haga una visita. Todo lo que estoy haciendo es agitar una bandera.

—Eso suena genial en teoría, Xave, pero…

—Nada de peros. Funcionará. Verán que he mantenido la llama lejos de zonas residenciales a propósito. De hecho, hay incluso una modulación SOS enterrada en el patrón de los impulsos, aunque es demasiado rápida para que nosotros la sintamos.

—¿Crees que la pasma va a notarlo?

—No, pero coño, lo podrán verificar después, que es lo que importa. Verán que esto es un intento claro de pedir ayuda.

—Admiro su optimismo —dijo Reloj—. Pero no llegará a ningún tribunal. Se limitarán a sacarles del cielo de un disparo por violar el protocolo. Jamás tendrá la oportunidad de explicarse.

—Tiene razón —dijo el señor Rosa—. Si quiere vivir, será mejor que le dé la vuelta a esta nave y vuelva a toda prisa al Carrusel Nueva Copenhague.

—¿Y empezar de cero? Tiene que estar de coña.

—Es eso o morir, señor Liu.

Xavier se desabrochó las correas de su asiento.

—Ustedes dos —dijo señalando a los dos visitantes—, será mejor que se queden quietecitos. Es por su propio bien.

—¿Y yo qué? —dijo Antoinette.

—Quédate donde estás, es más seguro. Yo vuelvo en un minuto.

No tenía elección, tenía que confiar en él. Solo Xavier conocía los detalles del programa que le había cargado a la Bestia, y si ella empezaba también a moverse por ahí podría hacerse daño si la nave realizaba otro violento cambio de propulsión. Más tarde discutirían, lo sabía. No le hacía gracia que hubiera instalado todos esos trucos sin siquiera decírselo, pero por ahora tenía que admitir que era Xavier el que dominaba la situación. Incluso si todo lo que conseguían era ganar unos cuantos minutos.

Xavier se había ido rumbo a la cubierta de vuelo.

Antoinette miró furiosa a Reloj.

—Clavain me caía mucho mejor que usted, que lo sepa.

Xavier entró en la cubierta de vuelo del Ave de Tormenta y se aseguró de que la puerta quedaba sellada tras él, luego se acomodó en el asiento del piloto. Los dispositivos de la consola seguían en modo de diagnóstico profundo, no lo que se esperaría de una nave en pleno vuelo. Xavier se pasó los primeros treinta segundos restaurando las lecturas de aviónica normales, devolviendo la nave a algo parecido a un estado de vuelo rutinario. De inmediato, una voz sintética comenzó a chillarle que tenía que desconectar la propulsión de fusión porque, según al menos ocho balizas transmisoras locales, seguía dentro del Cinturón Oxidado y estaba por tanto obligado a no utilizar nada más energético que los cohetes químicos.

—¿Bestia? —susurró Xavier—. Será mejor que lo hagas. A estas alturas ya nos habrán visto, estoy bastante seguro.

La Bestia no dijo nada.

—Todo va bien —dijo Xavier todavía en susurros—. Antoinette se ha quedado abajo con los dos gilipollas. De momento no se va a ninguna parte.

Cuando la nave le habló, su voz era mucho más baja y suave de lo que lo era jamás cuando se dirigía a Antoinette.

—Espero que hayamos hecho lo correcto, Xavier.

La nave comenzó a retumbar cuando la propulsión por fusión fue suplantada sin contratiempos por cohetes nucleares. Xavier estaba bastante seguro de que todavía estaban a menos de cincuenta kilómetros del Carrusel Nueva Copenhague, lo que significaba que incluso utilizar cohetes nucleares contravenía una lista de reglas tan larga como su brazo. Pero todavía quería llamar un poco la atención.

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