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El arca de la redención [Redemption Ark - es]

Электронная книга - «El arca de la redención [Redemption Ark - es]». Краткое содержание книги:

Estamos a comienzos del siglo XXVII. Hace cincuenta años, el hombre puso en marcha un antiguo sistema alienígena que detectaba el nacimiento de formas de vida inteligentes. Los inhibidores llevan mucho tiempo esperando, pero ahora se preparan para volver…
Mientras tanto, una fuerza desconocida ha sembrado el terror en el Sanctasanctórum de los combinados. A medida que la naturaleza de la nueva amenaza se vuelve más clara, Clavain, uno de sus guerreros, empieza a plantearse que es hora de volver al combate. En Resurgam se ha descubierto un cargamento de armas devastadoras que podrían ser utilizadas para el bien de la Humanidad, pero alguien ya ha logrado hacerse con su control…
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El cilindro se quedó de repente muy quieto, como si escuchase.

—Pero tampoco puedo dejarte sin castigo, ¿verdad? Soy un hombre muy moralista, ya sabes. Mis propios crímenes han agudizado mi sentido de la ética hasta un nivel casi sin precedentes. —Se inclinó sobre el cilindro hasta que sus labios estuvieron a punto de besar el metal—. Escucha con cuidado porque no quiero que te quede ninguna duda sobre lo que te va a pasar.

El cilindro se meció un poco.

—Sé lo que tengo que hacer para mantenerte con vida. Un poco de energía por aquí, unos cuantos nutrientes por allá, no hay que ser un genio. Imagino que puedes existir en esta lata durante décadas, siempre que no deje de darte agua y comida. Y eso es exactamente lo que voy a hacer, hasta el momento en que mueras. —Miró a Zebra y asintió—. Creo que eso será todo, ¿no te parece?

—¿Lo pongo en la misma habitación que los demás, H?

—Creo que eso será lo mejor. —Le dedicó una sonrisa radiante a sus invitados y luego contempló con una obvia mirada de cariño a Zebra, que se llevaba al prisionero en la silla.

Cuando la joven ya no pudo oírlo, Clavain dijo:

—Es usted un hombre cruel, H.

—No soy cruel —dijo—. No en el sentido al que usted se refiere. Pero la crueldad es una herramienta muy útil con solo saber reconocer el momento preciso en el que se debe usar.

—Ese cabrón se lo tenía merecido —dijo Antoinette—. Lo siento, Clavain, pero no voy a perder el sueño por ese hijo de puta. Nos habría matado a todos si no hubiera sido por H.

Clavain todavía tenía frío, como si acabara de atravesarlo uno de los fantasmas de los que habían hablado unos minutos antes.

—¿Y la otra víctima? —preguntó con repentina urgencia—. El otro combinado. ¿Era Skade?

—No, no era Skade. Un hombre esta vez. Estaba herido, pero no hay razón para pensar que no se recuperará por completo.

—¿Podría verlo?

—En breve, señor Clavain. Todavía no he terminado con él. Deseo asegurarme del todo de que no puede causarme ningún daño antes de hacerle recuperar la conciencia.

—Mintió, entonces —dijo Antoinette—. El cabrón nos dijo que no le quedaba ningún implante en la cabeza.

Clavain se volvió hacia ella.

—Los habrá mantenido mientras le siguieron siendo útiles, y se los habrá extraído del cuerpo solo cuando estuviera a punto de pasar por algún tipo de control de seguridad. A los implantes no les lleva mucho tiempo desmantelarse solos, unos cuantos minutos y lo único que te queda son unos cuantos rastros en la sangre y en la orina.

—Tenga cuidado —dijo Escorpio—. Hay que tener un cuidado extremo.

—¿Alguna razón especial por la que debería tenerlo? —preguntó H.

El cerdo se adelantó en el sillón.

—Pues sí. Las arañas me pusieron algo en la cabeza, algo conectado con sus implantes. Como una pequeña válvula o algo, alrededor de una vena o arteria. El muere, yo muero, así de sencillo.

—Mmm. —H se había llevado un dedo a los labios—. ¿Y tiene usted la certeza absoluta?

—Ya me he desmayado una vez, cuando intenté estrangularlo.

—Toda una amistad lo que tenían ustedes dos, ¿eh?

—Matrimonio de conveniencia, colega. Y él lo sabía. Por eso tenía que amarrarme con algo.

—Bueno, es posible que en algún momento hubiera habido algo —dijo H—. Pero los hemos examinado a todos. No tiene ningún implante, Escorpio. Si había algo en su cabeza, se lo extrajo antes de que llegara a nosotros.

Escorpio se quedó con la boca abierta, con una expresión de lo más humana de asombro e intensa indignación.

—No… El muy cabrón no ha podido…

—Es muy probable, Escorpio, que usted hubiera podido irse andando tranquilamente en cualquier momento, y no habría habido nada en absoluto que él pudiera haber hecho para detenerlo.

—Es lo que me dijo mi padre —dijo Antoinette—. No se puede confiar en las arañas, Escorpio. Jamás.

—Como si hiciera falta decírmelo.

—Fue a ti al que engañaron, Escorpio, no a mí.

El cerdo le lanzó una mirada de desprecio pero se quedó callado. Quizá, pensó Clavain, sabía que no podía decir nada que no empeorara su posición.

—Escorpio —dijo H, que había recuperado la seriedad—. Hablaba en serio cuando dije que no es usted mi prisionero. No siento una admiración especial por las cosas que ha hecho. Pero yo también he hecho cosas terribles, y sé que a veces hay razones que los demás no ven. Usted salvó a Antoinette y por ello tiene mi gratitud y, sospecho, la gratitud de mis otros invitados.

—Vaya al grano —gruñó Escorpio.

—Voy a respetar el acuerdo al que llegaron los combinados con usted. Le dejaré marchar, en libertad, para que se pueda reunir con sus compañeros en la ciudad. Tiene usted mi palabra.

Escorpio se levantó del sillón con un esfuerzo notable.

—Entonces yo me largo de aquí.

—Espere. —H no había levantado la voz, pero hubo algo en su tono que inmovilizó al cerdo. Era como si todo lo ocurrido hasta ahora hubiera sido un simple cumplido y H por fin revelara su verdadera naturaleza: no era un hombre con el que se pudiese jugar cuando el tema que se trataba era grave.

Escorpio volvió a relajarse en su asiento y preguntó en voz baja:

—¿Qué?

—Escúchenme, y escúchenme bien. —H miró a su alrededor, tenía la expresión solemne de un juez—. Todos ustedes. No lo diré más de una vez.

Hubo un silencio. Hasta los Gemelos Parlanchines parecían haber caído en un estado más profundo de mutismo.

H se acercó al piano de cola y tocó seis notas tristes antes de bajar la tapa de golpe.

—He dicho que vivimos tiempos de gran trascendencia. Los últimos tiempos, quizá. No cabe duda de que se está cerrando un gran capítulo en la historia de los asuntos humanos. Nuestros pequeños pleitos, nuestros delicados mundos, nuestras facciones infantiles, nuestras cómicas guerritas, están a punto de verse eclipsados. Somos niños que entran tropezando en una galaxia de adultos, adultos de una edad inmensa y un poder todavía más inmenso. La mujer que vivió en este edificio era, según creo, un conducto para alguna de estas fuerzas alienígenas. No sé cómo o por qué. Pero creo que a través de ella estas fuerzas han extendido su alcance y han penetrado entre los combinados. Solo puedo conjeturar que ha sido porque se acercan tiempos desesperados.

Clavain quería hacer alguna objeción. Quería discutir. Pero todo lo que había descubierto por sí mismo y todo lo que H le había mostrado hacía que negarlo fuera más difícil. H tenía razón en su hipótesis, y lo único que él podía hacer era asentir en silencio y pensar que ojalá que fuera de otra manera.

H seguía hablando:

—Y sin embargo, y eso es lo que me aterroriza, hasta los combinados parecen asustados. El señor Clavain es un hombre honrado. —H asintió, como si su aseveración necesitase que la confirmasen—. Sí, lo sé todo sobre usted, señor Clavain. He estudiado su carrera y a veces he deseado poder seguir la línea que usted ha escogido. No ha sido un camino fácil, ¿verdad? Lo ha llevado entre ideologías, entre mundos, casi entre especies. Y durante todo ese tiempo, usted jamás ha seguido nada tan voluble como su corazón, nada tan carente de sentido como una bandera. Solo su fría valoración de lo que, en un momento dado, se debe hacer.

—He sido traidor y espía —dijo Clavain—. He matado inocentes por razones militares. Por mi causa, muchos niños se han quedado huérfanos. Si eso es honor, puede quedárselo.

—Ha habido peores tiranos que usted, señor Clavain, se lo digo yo. Pero lo único que digo es lo siguiente: estos tiempos lo han llevado a hacer lo impensable. Se ha vuelto contra los combinados después de cuatrocientos años, nada menos. No porque crea que los demarquistas tienen razón sino porque ha presentido cómo se ha envenenado su propio bando. Y se ha dado cuenta, quizá sin ni siquiera verlo con claridad, que lo que está en juego es algo más grande que cualquier facción, más grande que cualquier ideología. Es la existencia continuada de la especie humana.

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