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El arca de la redención [Redemption Ark - es]

Электронная книга - «El arca de la redención [Redemption Ark - es]». Краткое содержание книги:

Estamos a comienzos del siglo XXVII. Hace cincuenta años, el hombre puso en marcha un antiguo sistema alienígena que detectaba el nacimiento de formas de vida inteligentes. Los inhibidores llevan mucho tiempo esperando, pero ahora se preparan para volver…
Mientras tanto, una fuerza desconocida ha sembrado el terror en el Sanctasanctórum de los combinados. A medida que la naturaleza de la nueva amenaza se vuelve más clara, Clavain, uno de sus guerreros, empieza a plantearse que es hora de volver al combate. En Resurgam se ha descubierto un cargamento de armas devastadoras que podrían ser utilizadas para el bien de la Humanidad, pero alguien ya ha logrado hacerse con su control…
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—Yo también, Bestia. Supongo que pronto lo sabremos.

—Puedo despresurizar, creo. ¿Puedes meter a Antoinette en un traje sin que los otros dos creen ningún problema?

—No va a ser fácil. Ya me preocupa dejarlos solos ahí abajo. No sé cuánto tiempo pasará antes de que decidan empezar a moverse. Supongo que si pudiera meterlos a ellos en un compartimento y a ella en otro…

—Yo quizá pudiera despresurizar de forma selectiva, sí. Pero jamás lo he intentado, así que no sé si funcionará la primera vez.

—Quizá no haya que llegar a eso, si los matones de la Convención llegan aquí antes.

—Pase lo que pase, va a haber lío.

Xavier sabía leer el tono de la Bestia bastante bien.

—¿Te refieres a Antoinette?

—Quizá tenga algunas preguntas difíciles para ti, Xavier.

Xavier asintió muy serio. Eso era lo último que le hacía falta que le recordaran en estos momentos, pero desde luego no se podía discutir.

—Clavain albergaba sus dudas sobre ti, pero tuvo el buen sentido de no preguntarle a Antoinette qué estaba pasando.

—Antes o después va a tener que saberlo. Jim nunca quiso que guardáramos el secreto toda su vida.

—Pero no hoy —dijo Xavier—. Aquí no, y no ahora. Ya tenemos bastante de momento.

Fue entonces cuando vio algo en la consola que le llamó la atención. Fue en el radar tridimensionaclass="underline" tres iconos que se lanzaban a por ellos procedentes del carrusel. Se movían con rapidez, en vectores que los harían rodear el Ave de Tormenta en un movimiento de tenaza.

—Bueno, querías una respuesta, Xavier —dijo la Bestia—. Al parecer la has conseguido.

En estos tiempos, los cúteres de la Convención jamás se alejaban mucho del Carrusel Nueva Copenhague. Si no estaban acosando a Antoinette, y solían estarlo, entonces era a otra persona. Era muy probable que hubieran alertado a las autoridades de que algo extraño estaba pasando en cuanto el Ave de Tormenta dejó el taller de reparaciones. Xavier solo esperaba que no fuera ese oficial concreto de la Convención al que tanto parecían interesarle los asuntos de Antoinette.

—¿Crees que es verdad, que nos matarían sin preguntarnos siquiera por qué estábamos en propulsión de fusión?

—No lo sé, Xavier. En ese momento no es que me sobraran las opciones.

—No… Lo hiciste muy bien. Es lo que yo habría hecho. Lo que Antoinette hubiera hecho, con toda probabilidad. Y desde luego, lo que Jim Bax hubiera hecho.

—Las naves estarán dentro del radio de abordaje en tres minutos.

—Pónselo fácil. Voy a volver a ver cómo les va a los otros.

—Buena suerte, Xavier.

Regresó a donde lo esperaba Antoinette. Vio aliviado que Reloj y el cerdo seguían en sus asientos. Sintió cómo disminuía su peso cuando la Bestia recortó la potencia a los cohetes nucleares.

—¿Y bien? —preguntó Antoinette.

—Vamos bien —dijo Xavier con más confianza de la que en realidad sentía—. La policía estará aquí en cualquier momento.

Estaba en su asiento para cuando perdieron gravedad. Unos cuantos segundos más tarde sintió una serie de golpes secos cuando la nave de la policía se agarró al casco. Hasta ahora, bien, pensó. Por lo menos los iban a abordar. Mejor eso a que te sacaran del cielo de un disparo. Podría defender su caso, e incluso si los muy hijos de puta insistían en que alguien tenía que morir, creía poder mantener a Antoinette fuera de casi todo el follón.

Sintió una brisa. Le estallaron los oídos. Parecía una descompresión, pero se acabó antes de que hubiera empezado a sentir miedo de verdad. El aire se quedó quieto de nuevo. A lo lejos, oyó sonidos metálicos sordos y chillidos del metal al combarse y partirse.

—¿Qué acaba de pasar? —preguntó el señor Rosa.

—La policía debe de haber cortado nuestra cámara estanca para abrirse paso —dijo Xavier—. Una ligera diferencia de presión entre su aire y el nuestro. No había nada que les impidiese entrar con normalidad, pero supongo que no estaban dispuestos a esperar a que la cámara cumpliera el ciclo.

Ahora oyeron unos sonidos metálicos que se acercaban.

—Han enviado un proxy —dijo Antoinette—. Odio a los proxys.

Llegó menos de un minuto después. Antoinette se estremeció cuando la máquina se desdobló en la habitación, extendiéndose como un repugnante origami negro. Barrió la habitación dibujando arcos letales con sus miembros como estoques. Xavier se removió cuando la hoja de un brazo le pasó a milímetros de los ojos, partiendo el aire con un diminuto latigazo. Hasta el cerdo daba la sensación de preferir estar en algún otro sitio.

—Eso no ha sido muy inteligente —dijo el señor Rosa.

—No íbamos a hacerles daño —añadió Reloj—. Solo queríamos información. Ahora están metidos en un lío todavía mayor.

—Tenían una draga —dijo Xavier.

—No era una draga —dijo el señor Rosa—. Solo era un mecanismo de reproducción eidética. No les habría hecho ningún daño.

El proxy dijo:

—La propietaria legal de esta nave es Antoinette Bax. —La máquina se movió y se agachó delante de ella, lo bastante cerca para que la joven escuchara el zumbido bajo y constante que emitía, y oliera el matiz a ozono de las chispas del paralizador—. Ha contravenido las regulaciones de la Convención de Ferrisville sobre al uso de propulsión de fusión dentro del Cinturón Oxidado, antes conocido con el nombre de Banda Resplandeciente. Este es un delito civil de categoría tres que conlleva una pena de muerte neuronal irreversible. Por favor, preséntese para una identificación genética.

—¿Qué? —dijo Antoinette.

—Abra la boca, señorita Bax. No se mueva.

—Eres tú, ¿verdad?

—¿Yo, señorita Bax? —La máquina sacó de golpe un par de manipuladores con las puntas de goma y le sujetó la cabeza. A la joven le dolió y le siguió doliendo cada vez más, como si poco a poco le comprimieran el cráneo en un torno. Otro manipulador sacó con gesto eficiente una parte de la máquina antes oculta. Terminaba en una hoja curvada y diminuta, como una guadaña.

—Abra la boca.

—No… —Sentía que se le llenaban los ojos de lágrimas.

—Abra la boca.

Aquella maligna y diminuta hoja (que de todos modos era lo bastante grande como para cortarle un dedo) flotó a unos milímetros de su nariz. Antoinette sintió que la presión aumentaba. El zumbido de la máquina se intensificó y se convirtió en una profunda pulsión orgásmica.

—Abra la boca. Es la última advertencia.

La mujer abrió la boca, pero tanto para gruñir de dolor como para darle al proxy lo que quería. El metal se desdibujó, demasiado rápido para que ella lo viera. Sintió un momento de frialdad en la boca y la sensación de que algo metálico le rozaba la lengua durante un instante.

Luego la máquina retiró la hoja. El miembro articulado se plegó y metió la hoja en una abertura separada del compacto chasis central del proxy. Algo zumbó y chasqueó en el interior: un secuenciador rápido, sin duda, que comparaba su ADN con los archivos de la Convención. Oyó el quejido creciente de una centrifugadora. El proxy todavía le tenía la cabeza agarrada como si fuera un torno.

—Suéltala —dijo Xavier—. Ya tienes lo que quieres. Ahora suéltala.

El proxy liberó a Antoinette, que jadeó, cogió aire y se limpió las lágrimas. Luego la máquina se volvió hacia Xavier.

—Interferir en las actividades de un agente o de un mecanismo oficialmente designado de la Convención de Ferrisville es un delito de categoría uno que…

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