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El arca de la redención [Redemption Ark - es]

Электронная книга - «El arca de la redención [Redemption Ark - es]». Краткое содержание книги:

Estamos a comienzos del siglo XXVII. Hace cincuenta años, el hombre puso en marcha un antiguo sistema alienígena que detectaba el nacimiento de formas de vida inteligentes. Los inhibidores llevan mucho tiempo esperando, pero ahora se preparan para volver…
Mientras tanto, una fuerza desconocida ha sembrado el terror en el Sanctasanctórum de los combinados. A medida que la naturaleza de la nueva amenaza se vuelve más clara, Clavain, uno de sus guerreros, empieza a plantearse que es hora de volver al combate. En Resurgam se ha descubierto un cargamento de armas devastadoras que podrían ser utilizadas para el bien de la Humanidad, pero alguien ya ha logrado hacerse con su control…
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H parecía más divertido que irritado.

—Esta es mi ciudad, Escorpio. Conozco a todos y todo lo que hay en ella.

—Pero Lasher…

—Te sigue siendo tan encarnizadamente leal como siempre, sí. Soy consciente de eso y no he intentado volverlo contra ti. Era admirador tuyo antes de convertirse en tu segundo, ¿no es cierto?

—No sabe una mierda de Lasher.

—Sé lo suficiente, sé que se mataría si usted diese la orden. Y como ya le he dicho, no hice ningún esfuerzo por conseguir lo contrario. Yo… anticipé su consentimiento, Escorpio. Eso es todo. Anticipé que usted aceptaría mi petición y haría lo que le pido. Le dije a Lasher que usted ya le había ordenado que reuniera el ejército, y que yo solo estaba transmitiendo la orden. Así que me tomé la libertad. Lo admito. Como ya he insinuado, estos no son tiempos para hombres que dudan. Y nosotros no somos hombres que duden, ¿verdad?

—No…

—Ese es el espíritu. —Le dio una palmada en el hombro con un gesto de bulliciosa camaradería—. La nave es la Hijo de Eldritch, de la aureola comercial de las Industrias Macro Hektor. ¿Cree que usted y Lasher pueden capturarla, Escorpio? ¿O me he dirigido a los cerdos equivocados?

—Que lo jodan, H.

El hombre sonrió radiante.

—Lo tomaré como un sí.

—No he terminado. Yo elijo a mi equipo. No solo a Lasher sino a todos los que yo diga. No importa en qué sitio del Mantillo estén, no importa en qué mierda estén metidos ni la mierda que hayan hecho, usted me los consigue. ¿Entendido?

—Haré lo que pueda. Tengo mis límites.

—Bien. Y cuando haya terminado, cuando haya puesto a disposición de Clavain una nave…

—Viajará en esa misma nave. Verá, no hay otra forma. ¿De verdad pensó que podría volver a fundirse en la sociedad Stoner? Puede salir de aquí ahora mismo, con todas mis bendiciones, pero no pienso darle mi protección. Y por muy leal que sea Lasher, la Convención ha olido la sangre. No hay razón para que se quede atrás, al igual que no hay razón para que Antoinette y Xavier se queden aquí. Como ellos, si es inteligente, se irá con Clavain.

—Está hablando de abandonar Ciudad Abismo.

—Todos debemos tomar decisiones en la vida, Escorpio. No siempre son fáciles. No las que cuentan, en cualquier caso. —H agitó la mano con gesto despectivo—. No tiene que ser para siempre. Usted no nació aquí, como tampoco nací yo. La ciudad seguirá aquí dentro de cien o doscientos años. Quizá no tenga el mismo aspecto que ahora pero, ¿qué importa? Puede que sea mejor, o peor. Sería cosa suya encontrar su lugar en ella. Por supuesto, quizá para entonces no desee volver.

Escorpio volvió a mirar las líneas de argot comercial que rodaban ante sus ojos.

—¿Y esa nave… la que ha descubierto…?

—¿Sí?

—Si la tomara y se la diera a Clavain, y luego decidiera quedarme a bordo… Hay algo en lo que insistiría.

H se encogió de hombros.

—Una o dos exigencias por su parte no serían excesivas. ¿Qué es lo que quiere?

—Ponerle nombre. Se convierte en la Luz del Zodíaco. Y no es negociable.

H lo miró con un interés frío y distante.

—Estoy seguro de que Clavain no pondría objeciones. ¿Pero por qué ese nombre? ¿Significa algo para usted?

Escorpio dejó la pregunta sin respuesta.

Después, mucho después, cuando supo que la nave se había ido, que la habían capturado, que habían expulsado a su tripulación y habían salido disparados del sistema rumbo a la estrella Delta Pavonis, alrededor de la cual orbitaba un mundo del que él apenas había oído hablar llamado Resurgam, H salió a uno de los balcones situados en el nivel medio del Cháteau des Corbeaux. Una brisa cálida le pegó el borde de la túnica a los pantalones. Respiró hondo varias veces, saboreó los aromas a ungüentos y especias de ese aire. Allí el edificio todavía estaba dentro de la burbuja de atmósfera respirable que vomitaba el abismo por medio del enfermo Lilly, el inmenso mecanismo de bioingeniería que los combinados habían instalado durante su breve y feliz inquilinato. Era de noche, y por algún extraño alineamiento de ánimo personal y condiciones ópticas exteriores se encontró con que Ciudad Abismo era de una belleza extraordinaria, esa belleza que todas las ciudades humanas tienen la obligación de mostrar en algún punto de su vida. La había visto sufrir tantos cambios… Pero no eran nada comparados con los cambios que había vivido él.

Está hecho, pensó.

Ahora que la nave ya iba de camino, ahora que había ayudado a Clavain en su misión, por fin había hecho la buena obra más grande e incontrovertible de su vida. No era, supuso, un desagravio adecuado para todo lo que había realizado en el pasado, para todas las crueldades que había infligido, para todas las amabilidades que había omitido. Ni siquiera era suficiente para expiar su fracaso a la hora de rescatar a la larva atormentada antes de que la Mademoiselle lo venciera por la mano. Pero era mejor que nada.

Cualquier cosa era mejor que nada.

El balcón se extendía por un costado negro del edificio, bordeado solo por el más bajo de los muros. Caminó hasta el borde. La brisa cálida (no muy distinta de la exhalación constante de un animal) ganaba fuerza, hasta que en realidad dejó de ser una brisa. Mucho más abajo, tanto que los kilómetros mareaban, la ciudad se abría en chorros enmarañados de luz, como el cielo sobre su ciudad natal después de uno de los reñidos combates aéreos que recordaba de su juventud.

Había jurado que cuando por fin alcanzara la expiación, cuando al fin encontrase una obra que pudiera contrarrestar algunos de sus pecados, terminaría con su vida. Mejor terminar con las cuentas sin saldar del todo que arriesgarse a cometer algo todavía peor en el futuro. El poder para hacer el mal todavía anidaba en su interior, lo sabía; yacía enterrado en lo más profundo y llevaba muchos años sin surgir, pero aún estaba allí, tenso, acurrucado, esperando, como una hamadríade. El riesgo era demasiado grande.

Miró abajo, intentaba imaginarse lo que se sentiría. Todo se acabaría en un momento, salvo por la lenta y elegante interpretación de la gravedad y la masa. Se habría convertido en poco más que un ejercicio de balística. Se acabaría la capacidad de sentir dolor; se acabaría el ansia de redención.

La voz de una mujer rompió la noche.

—¡No, H!

No volvió la vista, se limitó a permanecer en el borde. La hipnótica ciudad seguía tirando de él.

La joven cruzó el balcón. Sus zapatos repicaban sobre el suelo. H sintió que los brazos de ella se deslizaban por su cintura. Con dulzura, con gesto cariñoso, ella lo apartó del borde.

—No —le susurró—. No es así como acaba. Aquí no, ahora no.

24

—Ahí tienes el coche para escapar —dijo el hombrecito moreno señalando con un gesto el solitario vehículo estacionado en la calle.

Thorn observó la sombra desplomada detrás de la ventanilla del coche.

—El conductor parece dormido.

—No lo está. —Pero por si acaso, el conductor de Thorn estacionó al lado del otro coche. Los dos vehículos tenían una forma idéntica, el diseño estándar patrocinado por el Gobierno. Pero el coche de la huida era más viejo y gris, y la lluvia formaba una película mate sobre los trozos desiguales de chapa reparada. Su conductor salió y esquivó los charcos para llegar al otro coche, luego golpeó con gesto rápido la ventanilla. El otro conductor bajó su cristal y los dos hablaron durante un minuto aproximadamente. El conductor de Thorn reforzaba sus argumentos con numerosas muecas y gestos de las manos. Luego volvió y entró con Thorn, murmurando por lo bajo. Quitó el freno de mano y su coche comenzó a alejarse con un siseo de las llantas.

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