Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:
– ¿Sabías que yo tenía una querida en Roma? -preguntó.
– ¿Cuál? -respondió ella, seria y con toda naturalidad. Mucia Tercia rara vez sonreía.
– Ah, ya veo qúe estás al corriente -replicó él, con no menos naturalidad.
– Sólo de las dos más célebres: Flora y Praecia.
Con toda evidencia, Pompeyo se había olvidado de la existencia de Flora, y durante un instante se quedó sorprendido; luego, se echó a reír y abrió los brazos.
– ¿Flora? ¡Ah, de eso hace muchísimo!
– Praecia fue también querida de mi primer esposo -dijo ella sin que se le alterase la voz.
– Sí, lo sabía.
– ¿Antes o después de entrar en relaciones con ella?
– Antes.
– ¿Y no te importó?
– Si no me ha importado en el caso de su viuda, ¿por qué había de importarme en el de su querida?
– Cierto -replicó ella, acercando unos ovillos de fina lana a la luz para verlos mejor. En el abultado regazo tenía la labor. Finalmente, escogió el rojo más claro, cortó un trozo y, tras chuparlo para humedecerlo y retorcerlo entre los dedos, lo alzó para enhebrarlo, y sólo una vez hecho esto volvió a prestar atención a Pompeyo-. ¿Y qué me tienes que decir de Praecia?
– Estoy creando una facción a mi favor en el Senado.
– Muy acertado -dijo ella, pinchando con la aguja la tela, en la que iba tomando forma un complicado bordado de varios colores, pasando la hebra al otro lado y vuelta otra vez-. ¿Por quién has tenido que empezar, Magnus? ¿Por Filipo?
– ¡Exactamente! ¡Mucia, eres excepcional!
– Simple experiencia -replicó ella-. Me crié oyendo hablar de política.
– Filipo se ha comprometido a crear la facción -prosiguió Pompeyo -, pero hay un senador insobornable.
– Cetego -dijo ella, comenzando a rellenar con rojo vivo un trazo pespunteado.
– Pues si, Cetego.
– Le necesitarás.
– Eso dice Filipo.
– ¿Y cuál es el precio de Cetego?
– Praecia.
– Ah, ya -comentó ella, sin dejar de rellenar afanosamente con hilo rojo-. Así que Filipo te ha encomendado la tarea de conseguir a Praecia para el rey de los senadores pedarios.
– Así parece -contestó Pompeyo, encogiéndose de hombros-. Ella debe de haber hablado bien de mí, si no imagino que se lo hubiera encomendado a otro.
– Mejor tú que el hijo de Cayo Mario.
– ¿Tu crees? -dijo Pompeyo radiante-. ¡Ah, estupendo!
Ella dejó a un lado la labor, y sus ojos verde oscuro escrutaron implacables a su amo y señor.
– ¿Sigues viéndola, Magnus?
– ¡No, claro que no! -replicó Pompeyo indignado, tras lo cual se la quedó mirando dubitativo-. ¿Te habría importado si te hubiera contestado que sí?
– No, claro que no -respondió ella volviendo a su labor.
– ¿Quieres decir que no tendrías celos? -preguntó él, enrojeciendo.
– No, claro que no.
– ¡Eso es que no me amas! -exclamó él, poniéndose en pie de un salto y comenzando a andar por el cuarto.
– Haz el favor de sentarte, Magnus.
– ¡No me amas! -exclamó otra vez.
Ella lanzó un suspiro y dejó la labor.
– ¡Siéntate, Cneo Pompeyo! Claro que te amo.
– ¡Si me amases tendrías celos! -le lanzó él, dejándose caer en la silla.
– No soy una persona celosa. Eso es algo que se es o no se es. ¿Por qué has de querer que sea celosa?
– Ello me indicaría que me amas.
– No; sólo te indicaría que era celosa -replicó ella con meridiana lógica-. Ten en cuenta que me he criado en un hogar muy agitado. Mi padre amaba locamente a mi madre y ella también, pero él siempre tenía celos de ella; y ella pagaba las consecuencias. Finalmente, sus arrebatos de mal humor la impulsaron a caer en brazos de Metelo Nepote, que no es celoso. Y ella es feliz.
– ¿Me estás amenazando para que no tenga celos de ti?
– En absoluto -respondió ella sin alterarse-. Yo no soy como mi madre.
– ¿Me amas?
– Mucho.
– ¿Amabas al hijo de Mario?
– No -dijo ella, agotando el hilo rojo y cortando otra hebra-. El hijo de Mario no era afectuoso con su esposa, y tú eres deliciosamente afectuoso. Una cualidad digna de amor.
La respuesta complació a Pompeyo, que volvió al tema inicial.
– Mucia, el problema es que no sé cómo abordar este asunto. Tengo que actuar de mediador. ¡De alcahuete, hablando claro!
Ella contuvo la risa. Qué maravilla, se reía!
– Entiendo perfectamente lo difícil de tu posición, Magnus.
– ¿Qué hago?
– Actúa con naturalidad. Enfréntate a ello y hazlo. A ti las cosas sólo se te van de las manos cuando dejas de pensar o te preocupas por el qué dirán. Así que no dejes de reflexionar y deja de preocuparte por lo que piensen los demás, porque si no te saldrá todo mal.
– Iré a verla y se lo pediré.
– Exacto -añadió ella, volviendo a enhebrar la aguja y mirándole de nuevo con sutilísima sonrisa-. De todos modos, este consejo tiene su precio, querido Magnus.
– ¿Ah, si?
– Por supuesto. Quiero que me cuentes detalladamente el resultado de tu entrevista con Praecia.
Resultó que el momento de la negociación fue notablemente oportuno. Como ya no dependía ni del hijo de Mario ni de Pompeyo, Praecia había entrado en una especie de profunda inactividad marcada por la falta de estímulos y de intereses. Acomodada y decidida a mantener su independencia, era ahora una mujer demasiado mayor para suscitar pasiones, y, del mismo modo que muchas de sus colegas en el arte amatorio de menor fama, Praecia se había convertido en una especialista en fingimiento; pero, además, era una experta de gran inteligencia en juzgar caracteres. Por ello asumía cualquier relación sexual desde una posición de superioridad, segura de su capacidad para dar placer a su sumisa presa. Lo que a ella le gustaba era entrometerse en los asuntos de hombres que normalmente poco o nada tenían que ver con mujeres. Y lo que más le gustaba era entrometerse en política. Eso era para ella un bálsamo para su inteligencia y sus dotes.
Cuando le anunciaron la visita de Pompeyo, no cometió el error de suponer inmediatamente que el joven venía a reanudar relaciones, aunque sí lo pensó porque había oído que su esposa estaba encinta.
– Mi muy querido Magnus -dijo con gran afabilidad, tendiéndole los brazos cuando él entró en el despacho.
Pompeyo la besó en las mejillas y se sentó en una silla a cierta distancia de la camilla en que ella estaba reclinada, lanzando un suspiro de placer tan artificial que Praecia esbozó una sonrisa.
– ¿Y bien, Magnus? -preguntó ella.
– Bueno, Praecia -contestó él-, veo que todo sigue tan perfecto como siempre. ¿Hay alguien que no te encuentre perfecta, a ti y a todo lo que te rodea, aunque su visita sea inesperada?
El tablinum de Praecia, pues ella lo llamaba como los hombres, estaba armoniosamente decorado en azul celeste, crema y los precisos toques de oro. En cuanto a ella, era una mujer que se levantaba cada día para dedicarse a unos cuidados personales tan minuciosos como prolongados, que transformaban su físico en una especie de obra de arte. Aquel día lucía vestiduras de sutiles gasas colór verde salvia, y se había peinado el pelo rubio claro como Diana cazadora, formando una geométrica cimera de la que irradiaban zarcillos que parecían naturales y no el resultado de un concienzudo retorcimiento frente al espejo. Los hermosos y serenos planos de su rostro no estaban pintados en exceso; Praecia no era tan tonta como para maltratar vulgarmente los dones de la Fortuna a pesar de que ya contaba cuarenta años.
– ¿Qué tal te han ido las cosas últimamente? -inquirió Pompeyo.