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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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– ¡No, no, desde luego que no! -exclamó Varrón-. ¡Todas las hembras son pasivas y no hallaría satisfacción!

– Entonces, ¿dices que si un hombre quiere saciar sus deseos carnales ha de emparejarse con otro hombre? -preguntó Sila muy serio.

– ¡Oh! ¡Ah! ¡Hummm! -farfulló Varrón, retorciéndose nervioso como una lombriz-. No, Lucio Cornelio; claro que no. Ni mucho menos.

– Entonces, ¿qué hace un hombre decente casado?

– Me gusta estudiar los fenómenos naturales, sí, pero esto son cuestiones que no alcanzan a mis conocimientos -balbució Varrón, maldiciendo el habérsele ocurrido ir a visitar a aquel viejo sorprendente. El problema era que durante los meses en que Varrón había estado curando con el ungüento el rostro de Sila, éste había mostrado gran afecto por él, y se ofendía si no iba a verle de vez en cuando.

– ¡Cálmate, Varrón, te lo preguntaba en broma! -añadió Sila riendo.

– Contigo nunca se sabe, Lucio Cornelio -dijo Varrón, humedeciéndose los labios y pensando en la frase más adecuada para anunciarle la llegada de Pompeyo; Varrón no era tonto y conocía perfectamente la actitud ambigua de Sila hacia Pompeyo.

– Me han dicho -dijo Sila, ajeno a las enrevesadas reflexiones de Varrón- que Varrón Lúculo se ha podido quitar de encima a su hermana adoptiva, prima tuya, creo.

– ¿Terencia? -preguntó Varrón, súbitamente animado-. ¿Ah, sí? ¡Una verdadera suerte!

– Hacía tiempo -añadió sonriente Sila, a quien últimamente encantaban todos aquellos chismes sociales- que una mujer tan rica como Terencia tardaba tanto en encontrar marido.

– Bueno, no es exactamente eso -respondió Varrón contemporizador-. Siempre se encuentran hombres dispuestos a casarse con una mujer rica. Lo malo de Terencia, que es la peor arpía de Roma -créeme-, es que siempre se ha negado a aceptar a los esposos que le buscaba su familia.

– Prefería estar en casa y hacerle la vida imposible a Varrón Lúculo, quieres decir -comentó Sila, más irónico.

– Puede ser. Aunque yo creo que él le gusta. Es una cosa innata y nada puede hacer.

– ¿Y cómo fue? ¿Un flechazo?

– Ni mucho menos. Propuso la unión ese timador de Tito Pomponio que ahora tiene el sobrenombre de Atico por la adoración que siente por Atenas. Por lo visto, él y Marco Tulio Cicerón se conocen hace años, y desde que promulgaste las nuevas leyes Atico viene a Roma todos los años.

– Lo sé -dijo Sila, que no guardaba rencor a Atico por sus veleidades financieras, del mismo modo que tampoco se las reprochaba a Craso, quien sólo había perdido su favor por el modo como había especulado con las proscripciones.

– Bien, la fama de jurista de Cicerón había crecido, a la par que sus ambiciones, pero su bolsa estaba vacía. Necesitaba casarse con una heredera y parecía estar condenado a hacerlo con una de esas muchachas mediocres que nuestros plutócratas menos presentables tan abundantemente engendran. Y fue Atico quien le sugirió a Terencia -añadió Varrón, haciendo una pausa para ver qué cara ponía Sila-. ¿Conoces a Marco Tulio Cicerón? -inquirió.

– Mucho de cuando era un muchacho. Era amigo de mi hijo, que tendría ahora su misma edad. Ya entonces era un prodigio. Pero entre la muerte de mi hijo y el proceso de Sexto Roscio de Amena sólo le había visto sirviendo de contubernalis en mi estado mayor en Campania durante la guerra contra los aliados. Y no ha cambiado; ha encontrado su ambiente, desde luego. Es tan pedante, locuaz y engreído como siempre. Cualidades que convienen perfectamente a un abogado. De todos modos, confieso sin reservas que tiene talento para la oratoria, ¡Y es un cerebro! Su peor defecto es ser paisano de Cayo Mario, porque también es de Arpino.

Varrón asintió con la cabeza.

– Pues Atico se puso en contacto con Varrón Lúculo, quien expuso a Terencia las pretensiones de Cicerón; y, para sorpresa de Varrón, Terencia dijo que quería conocerle. Había oído hablar de su habilidad en los tribunales, y le dijo a Varrón Lúculo que estaba decidida a casarse con un hombre capaz de alcanzar fama, y que creía que Cicerón llegaría a ser famoso.

– ¿Qué cuantía tiene su dote?

– ¡Es enorme! Doscientos talentos.

– La cola de pretendientes debe de dar la vuelta a la casa y no deben faltar hombres bien parecidos. Empiezo a sentir respeto por esa Terencia que ha sido capaz de resistir a los más hábiles cazafortunas de Roma -dijo Sila.

– Terencia -añadió el primo- es fea, agria, arisca y tacaña. Todavía soltera con veintiún años… Ya sé que las muchachas han de obedecer al paterfamilias y casarse con quien se les dice, pero es que no hay hombre, ni muerto ni vivo, capaz de lograr que Terencia haga algo que no quiera.

– Y el pobre Varrón Lúculo es muy buena persona -comentó Sila.

– Es lo que pasa.

– Entonces Terencia vio a Cicerón.

– Efectivamente. Y, pásmate, consintió en casarse con él.

– ¡Suerte para Cicerón! Un favorito de la Fortuna. Le vendrá de perlas su dinero.

– Eso crees tú -añadió Varrón-. Ha redactado ella el contrato de matrimonio, y conserva pleno dominio de su riqueza, aunque acepta dotar a las hijas que tenga y contribuir a financiar la carrera de los hijos. ¡Pero no creo que Cicerón haga cambiar a Terencia!

– ¿Y él qué tal es actualmente?

– Bastante buena persona. Pero creo que en el fondo es un blando, aunque sea un engreído inaguantable y se crea que no tiene rival en cuanto a inteligencia. Y es un ambicioso advenedizo. Le molesta que le recuerden su lejano parentesco con Cayo Mario. Si Terencia hubiese sido una de esas hijas mediocres de plutócrata, creo que ni la hubiera mirado a la cara; pero su madre era patricia y estuvo casada con Quinto Fabio Maximo, por lo que la vestal Fabia es su cuñada. Así que Terencia le pareció «bien», ¿te das cuenta? -añadió Varrón con una mueca-. Cicerón es un Icaro, Lucio Cornelio. Está decidido a remontar el vuelo hasta el reino del sol, algo peligroso si eres un hombre nuevo sin un mal sestercio.

– No sé qué habrá en el aire de Arpino que hace que nazcan esa clase de individuos -dijo Sila-. ¡Menos mal para Roma que este hombre nuevo de Arpino no tiene inclinaciones militares!

– Todo lo contrario, tengo entendido.

– ¡Ah, sé lo que digo! Cuando era uno de mis contubernalis me servía de secretario y palidecía al ver una espada. Ahora que mejor secretario no he tenido nunca. ¿Cuándo es la boda?

– Después de que Varrón Lúculo y su hermano celebren los ludi romani en septiembre -contestó Varrón echándose a reír-. En este momento no piensan en otra cosa que no sea celebrar los mejores juegos que ha visto Roma en este siglo.

– Lástima que yo ya no esté para verlos -dijo Sila, sin mostrarse entristecido.

Se hizo un silencio, que Varrón aprovechó antes de que a Sila se le ocurriese otro tema.

– Lucio Cornelio, no sé si sabes que Cneo Pompeyo Magnus viene dentro de poco a Roma… -dijo casi con timidez-. Le gustaría venir a verte, aunque no ignora lo ocupado que estás.

– ¡Para Magnus no estoy ocupado! -contestó Sila animado, mirando inquisitivo a Varrón -. ¿Continúas tras sus pasos con papel y pluma para anotar todas sus andanzas?

Varrón se ruborizó; nunca se sabía la real interpretación que daba Sila a las cosas más inocentes. ¿No pensaría que sería mejor que se dedicara a registrar los hechos (y andanzas) de Lucio Cornelio Sila?

– De vez en cuando -respondió modestamente-. Empecé por casualidad porque hallándonos juntos estalló la guerra y no supe resistir a su entusiasmo. Me dijo que debía dedicarme a la historia, y eso es lo que hice. No soy el biógrafo de Pompeyo.

– Muy bien dicho.

Así, cuando Varrón salió de la casa del dictador en el Palatino, tuvo que detenerse a enjugarse el sudor de la frente. Todos hablaban del león y el zorro que era Sila, pero él personalmente pensaba que la peor fiera que albergaba aquel hombre era un gato común.

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