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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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Pero había cumplido su encomienda: cuando Pompeyo llegase a Roma con su esposa y se alojara en la casa de la Carinae, él podría anunciarle que Sila se complacería en recibirle y le asignaría fecha para una amistosa charla, en palabras del propio Sila, pero Varrón sabía que la «amistosa charla» podía convertirse en un paseo por la cuerda floja sobre un foso de brasas.

¡Ah, pero los jóvenes están seguros de sí mismos y son engreídos! Pompeyo, que aún no había cumplido veintisiete años, iría encantado a ver a Sila.

– ¿Qué tal la vida de casado? -preguntó el dictador afablemente.

– ¡Estupenda! -contestó Pompeyo con encantadora sonrisa-. ¡Una maravilla! ¡Qué esposa me has encontrado, Lucio Cornelio! Hermosa, educada… dulce. Está embarazada. Dará a luz mi primer hijo a finales de año.

– ¿Un hijo, eh?, ¿estás seguro de que será varón, Magnus?

– Seguro.

Sila contuvo la risa.

– Bueno, eres un favorito de la Fortuna, Magnus, y supongo que será un hijo. Cneo hijo. El Carnicero, el Joven Carnicero y el Carnicerito…

– ¡Sí, me gusta! -exclamó Pompeyo sin ofenderse.

– Para seguir la tradición -añadió Sila muy serio.

– ¡Eso es! ¡Tres generaciones!

Pompeyo se recostó en el asiento con satisfacción, pero vio la mirada de Sila, y en sus ojos azules la felicidad cedió a una súbita cautela al reflexionar sobre algo que acababa de ocurrírsele. Sila esperaba sin decir nada a que él se manifestara.

– Lucio Cornelio…

– Dime.

– Esa ley que has promulgado… la de que el Senado busque fuera de sus filas si no se encuentra un jefe militar entre sus miembros…

– ¿Te refieres a la de encomienda especial?

– Eso es.

– ¿Y qué?

– ¿Sería aplicable en mi caso?

– Podría serlo.

– Sólo en caso de que ningún senador se presentara voluntario.

– No estipula eso, Magnus. Dice si no se presenta voluntario un miembro del Senado capaz y con experiencia de mando.

– ¿Y quién lo decide?

– El Senado.

Se hizo otro silencio, tras el cual Pompeyo añadió, como quien no quiere la cosa:

– Sería muy conveniente tener muchos clientes en el Senado.

– Siempre es conveniente, Magnus.

Y en ese momento Pompeyo decidió cambiar de tema.

– ¿Quiénes son los cónsules del año que viene? -quiso saber.

– Catulo, desde luego. Aunque aún no he decidido si será primer o segundo cónsul. Hace un año no tenía duda, pero ahora no estoy tan seguro.

– Catulo es como Metelo Pío, un rigorista.

– Quizá. Desgraciadamente, ni tan mayor ni tan prudente.

– ¿Crees que Metelo Pío podrá vencer a Sertorio?

– De entrada, no creo -respondió Sila sonriendo-. Pero no subestimes al Meneitos, Magnus. A él le cuesta un poco ponerse en marcha, pero una vez que se pone no hay quien le pare.

– ¡Bah! ¡Es una vieja! -replicó Pompeyo con desdén.

– He conocido unas cuantas viejas valientes, Magnus.

– ¿Quién es el otro cónsul? -inquirió Pompeyo, cambiando otra vez de tema.

– Lépido.

– ¿Lépido? -exclamó Pompeyo estupefacto.

– ¿No te parece bien?

– No digo que me parezca mal, Lucio Cornelio; en realidad, creo que me parece bien. Es que no creía que te inclinases por él, que no ha sido muy servil.

– ¿Eso es lo que piensas? ¿Que doy los cargos importantes sólo a los lameculos?

Por mucho que le dijeran Pompeyo no se amilanaba.

– No es eso -replicó para mayor fruición de Sila-, pero no has dado cargos de importancia a otros que hayan manifestado tan abiertamente como Lépido que no está de acuerdo contigo.

– ¿Y por qué iba a hacerlo? -replicó Sila perplejo-. ¡No soy tan tonto para dar cargos a quienes podrían socavar mi autoridad!

– ¿Y por qué a Lépido sí?

– Me habré retirado antes de que él asuma el cargo. Y Lépido -añadió Sila deliberadamente- tiene grandes ambiciones. Y he pensado que es mejor nombrarle cónsul antes de que yo muera.

– Es buen hombre.

– ¿Porque me pone en tela de juicio públicamente? ¿O a pesar de eso?

Pero «es buen hombre» era lo más que Pompeyo estaba dispuesto a decir. Lo cierto era que aunque el nombramiento de Lépido no le parecía lógico en Sila, el asunto no le interesaba gran cosa. Mucho más le interesaba la ley de Sila relacionada con el encargo especial del Senado. Al enterarse, había pensado si le afectaba a él, pero no al punto de preguntarle nada a Sila; pero ahora que ya habían transcurrido dos años desde la promulgación, sí que había decidido hacer averiguaciones más que preguntarle. Sí, el dictador tenía toda la razón. Ya era difícil lograr sus objetivos siendo miembro del Senado, pero lograr sus objetivos a través del Senado no siendo miembro de él era realmente difícil.

Al salir de casa de Sila, camino de la suya, fue paseando sumido en sus pensamientos. En primer lugar, tendría que crear una facción dentro del Senado, y luego un grupo más pequeño de partidarios dispuestos -por un precio, naturalmente- a intrigar activa y constantemente a su favor y dedicarse a actividades turbias. Pero, ¿por dónde empezar?

A la mitad de la escalinata de los Joyeros, Pompeyo se detuvo, dio la vuelta y, subiendo los escalones de dos en dos a pesar de la engorrosa toga, regresó al clivus Victoriae. ¡Filipo! Comenzaría por Filipo.

Lucio Marcio Filipo había prosperado mucho desde el día en que había hecho una visita a la villa marítima de Cayo Mario para anunciar al famoso militar que acababan de nombrarle tribuno de la plebe y se ponía a su disposición, a un precio, naturalmente. ¿Cuántas veces había Filipo cambiado de toga? Sólo él lo sabía. Lo que sabían los demás era que siempre se las había arreglado para salir adelante y hasta acrecentar su fama. Cuando Pompeyo fue a verle, era consular y ex censor y uno de los más viejos del Senado. Muchos le odiaban y pocos le estimaban, pero no por eso dejaba de tener su influencia; se las había arreglado para convencer a sus colegas de que era un hombre notable con influencia.

La entrevista con Pompeyo le resultó divertida e interesante; hasta entonces nada había tenido que ver con el niño mimado de Sila, pero estaba convencido de que Pompeyo era un joven que Roma no debía perder de vista. Además, Filipo se hallaba otra vez en dificultades financieras. ¡No como antes, claro! Las proscripciones de Sila habían sido una bicoca, y él se había quedado con fincas por valor de varios millones al precio de unos miles de sestercios, pero, como muchos de su clase, Filipo no era un buen administrador, el dinero se le escapaba a velocidad inaudita, y no sabía llevar bien sus empresas agrícolas ni escoger administradores de confianza.

– En pocas palabras, Cneo Pompeyo, yo soy lo contrario de Marco Licinio Craso, que aún conserva los primeros sestercios que hizo, y ha ido añadiendo millones y millones. Las gentes de sus propiedades tiemblan cada vez que le ven, mientras que las mías se sonríen aviesamente.

– Necesitas un Crisógono -dijo Pompeyo, mirándole de hito en hito con sus ojos azules y su atractivo rostro, franco y abierto.

Filipo era un hombre con tendencia a la adiposidad, y con los años se había puesto más fofo aún; ahora sus ojos castaños quedaban casi ocultos bajo los gruesos párpados superiores y las abultadas bolsas de los inferiores. Unos ojos que se fijaron en el joven interlocutor con manifiesto gesto de sorpresa. Él no estaba acostumbrado a que le trataran con aire protector.

– ¡Crisógono acabó empalado en las agujas al pie de la roca Tarpeya!

– Pero bien útil que le fue a Sila -replicó Pompeyo-. Corrió esa suerte porque se enriqueció con las proscripciones, no porque se enriqueciera robando directamente a su amo. Durante los muchos años que estuvo al servicio de Sila trabajó con denuedo. Créeme, Lucio Marcio, un Crisógono es lo que necesitas.

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