Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:
– Tengo buena salud, aunque no tenga buen humor.
– ¿Y eso por qué?
Ella se encogió de hombros con un mohín.
– ¿Qué puede infundírmelo? Ya no vienes tú ni nadie interesante.
– He vuelto a casarme.
– Con una mujer muy extraña.
– ¿Mucia extraña? Bueno, puede que sí; pero a mí me gusta.
– Te creo.
Pompeyo reflexionó un instante sobre lo que había de decir, pero no encontraba el pretexto y optó por callar, mientras Praecia le escrutaba con irónica sonrisa, sin abandonar su postura entre tumbada y sentada. Sus ojos, que eran su mayor atractivo, grandes y de un azul intenso, bailaban irónicos.
– ¡Estoy harto! -dijo Pompeyo de pronto-. Vengo de emisario, Praecia, enviado por otro.
– ¡Qué intrigante!
– Un admirador tuyo.
– Tengo muchos admiradores.
– Pero no como éste.
– ¿Y qué es lo que tanto le distingue? Aparte del hecho de que haya conseguido que seas tú quien venga a pedir en su nombre mis servicios…
Pompeyo enrojeció.
– ¡Estoy entre la espada y la pared y me pone furioso! Pero yo le necesito y él a mí no. Por eso vengo de su parte.
– Eso ya lo has dicho.
– ¡No hables con lengua acerada, mujer, de sobra me pesa el encargo! Se trata de Cetego.
– ¡Cetego! ¡Vaya, vaya! -dijo Praecia con un ronroneo.
– Es muy rico, muy caprichoso y muy repugnante -añadió Pompeyo-. Habría podido dar el paso él mismo, pero le divierte obligarme a mí a hacerlo.
– Su precio -dijo ella- es hacerte actuar de alcahuete.
– Así es.
– Debes de necesitarle mucho.
– ¡Dame una respuesta! ¿Sí o no?
– ¿Has terminado conmigo, Magnus?
– Sí.
– Entonces mi respuesta a Cetego es si.
– Pensé que ibas a negarte -dijo Pompeyo poniéndose en pie.
– En otras circunstancias me hubiera encantado decir no, pero lo cierto es que me aburro, Magnus. Cetego es un poder en el Senado, y me gusta estar con hombres poderosos. Además, veo en ello un nuevo poder para mí. Procuraré que los que busquen los favores de Cetego tengan que hacerlo a través de mi. ¡Me gusta!
– ¡Brrr! -gruñó Pompeyo abandonando la casa.
No confiaba en su paciencia para ir a ver a Cetego y optó por ir a hablar con Lucio Marcio Filipo.
– Praecia está de acuerdo -dijo.
– ¡Excelente, Magnus! ¿Por qué estás tan malhumorado?
– ¡Me ha obligado a hacer de alcahuete!
– ¡Oh, estoy seguro de que no ha sido nada personal!
– ¡Ya lo creo que sí!
En la primavera de aquel año cayó Nola. La ciudad de Campania partidaria de los samnitas había resistido casi doce años a Roma y a Sila, sufriendo un asedio tras otro, la mayor parte de ellos por el cónsul del año, Apio Claudio Pulcro. Por ello, era lógico que Sila le ordenase aceptar la sumisión de Nola, y más lógico que él se encargara con gran placer de comunicar a los magistrados de la ciudad los pormenores de las severas condiciones impuestas por Sila. Del mismo modo que Capua, Faesulae y Volaterrae, Nola quedaba sin tierras, y todas sus posesiones revertían al ager publicus de Roma; sus habitantes no obtendrían la ciudadanía romana, y el sobrino del dictador, Publio Sila, asumía la autoridad de la zona, una mortificación suplementaria, dada la misión encomendada el año anterior para resolver la enrevesada situación de Pompeya, donde la falta de sensibilidad de Publio Sila no había hecho sino empeorar las cosas.
Pero para Sila la rendición de Nola era un signo. Ahora podía dejar el poder con la suerte intacta, ya que no existía la plaza en que había ganado la Corona de Hierba. Mayo y junio fueron un continuo traslado de sus pertenencias a Misenum, donde los obreros se afanaban por terminar los trabajos de su villa: un pequeño teatro, un precioso parque con zonas silvestres, cascadas y fuentes, una gran piscina, y varias salas suplementarias destinadas en apariencia a fiestas y banquetes. Por no hablar de los seis aposentos para invitados, de tal opulencia que todo Misenum hacía comentarios. ¿A quién pensaba recibir Sila, al rey de los partos?
Llegó julio y la última farsa electoral del dictador. Para disgusto de Catulo, él fue nombrado segundo cónsul; el primer cónsul fue Marco Emilio Lépido, un nombre que nadie se esperaba dada su postura independiente en el Senado desde que Sila había impuesto la dictadura.
A principios de mes, Valeria Mesala y los mellizos marcharon a Campania, donde todo estaba dispuesto en la villa. En Roma nadie esperaba sorpresas. Sila dejaría el poder tal como lo había asumido y ejercido: con un aura de gran respetabilidad y ceremonia. Roma estaba a punto de perder su primer dictador en ciento veinte años, y el primero que se había mantenido en el cargo más de seis meses.
Se celebraron sin novedad los ludi Apollinares instituidos por el remoto antepasado de Sila, y lo mismo sucedió con las elecciones. Y el día siguiente a las elecciones curules una gran multitud se congregó en el bajo Foro para ver cómo Sila renunciaba al cargo; iba a hacerlo en público y no en la Curia Hostilia, y había elegido los rostra una hora después del amanecer.
Y lo hizo con dignidad e impresionante majestad; primero despidiendo a los veinticuatro lictores con gran cortesía y costosos obsequios de su peculio, y después dirigiéndose a la multitud desde la tribuna antes de encaminarse con los electores al campo de Marte, donde tuvo lugar, por parte de Flaco, príncipe del Senado, la derogación de la ley por la que se le había nombrado dictador. Desde la Asamblea centuriada, partió hacia su casa, siendo ya un ciudadano cualquiera desprovisto de imperium y de auctoritas.
– Pero me gustaría que algunos fueseis testigos de que salgo de Roma -dijo a los cónsules Vatia y Apio Claudio, a Catulo, a Lépido, a Cetego y a Filipo-. Llegaos mañana a la puerta Capena una hora después del amanecer. ¡Exactamente en la puerta! Y me veréis decir adiós a Roma.
Le obedecieron al pie de la letra, naturalmente; por mucho que fuese un privatus sin poderes de magistrado, había sido durante no poco tiempo dictador, y era como si perdurara su poder. Sila sería peligroso mientras viviese.
Todos acudieron, pues, a la puerta Capena, aunque los tres protegidos de Sila más importantes -Lúculo, Mamerco y Pompeyo- no estaban en Roma. Lúculo se hallaba en viaje de negocios relacionados con los juegos de septiembre, Mamerco estaba en Cumas y Pompeyo había regresado a Piceno, en espera del nacimiento de su primer hijo. Cuando Pompeyo se enteró de la ceremonia en la puerta Capena, se alegró enormemente de no haber estado presente, mientras que a Lúculo y a Mamerco les sucedió todo lo contrario.
El mercado colindante con la puerta estaba lleno de gente dedicada a vender, comprar, mirar, enseñar, pasear, galantear y comer, un público que, indudablemente, contempló con sumo interés a aquel séquito de hombres ataviados con toga bordada en púrpura, que hubo de soportar las habituales andanadas de insultos despectivos contra las clases altas; pero no era la primera vez que los senadores curules los escuchaban e hicieron oídos sordos, situándose junto al impresionante arco de la puerta y charlando animadamente mientras aguardaban.
No tardaron en oír compases de música con gaitas, tambores y flautas entonando armoniosamente un himno báquico, y en la plaza del mercado se produjo un revuelo que hizo que la multitud abriese paso a un cortejo que llegaba desde el Palatino. Lo abrían rameras cargadas de flores y con togas color naranja, tocando panderetas y arrojando pétalos de rosa que extraían de las togas; a continuación, venían monstruos y enanos con el rostro embadurnado o pintado, algunos con máscaras cornudas con campanillas, avanzando con sus piernas deformes y vestidos con abigarrados centunculi, como trozos de arco iris; les seguían los músicos, algunos de los cuales simplemente llevaban flores, y otros hacían cabriolas imitando a sátiros o a caprichosos eunucos. En medio de ellos, rodeado de niños que bailaban entre risas, caminaba un burro gordo y ebrio con las pezuñas doradas, una guirnalda de rosas en el cuello y las tristes orejas asomando por unos agujeros en un sombrero de paja de ala ancha. Y a horcajadas, sobre un paño púrpura, iba el igualmente ebrio Sila, agitando una copa de oro que no cesaba de derramar vino, vestido con una toga de púrpura de Tiro bordada en oro y con flores en el cuello y en la cabeza. Junto al burro caminaba una hermosa mujer, que se veía claramente que era un hombre, con el negro pelo salpicado de blanco y el cuerpo ceñido con un sutil vestido de color azafrán; llevaba un gran jarro de oro y cada vez que Sila bajaba la copa él la llenaba con el rojo líquido.