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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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Como el mismo Tigranes había previsto, a la muerte del rey parto Mitrídates estalló la guerra por la sucesión, complicada por el hecho de que el anciano tenía tres esposas oficiales, dos de ellas hermanastras paternas, y la tercera nada menos que una hija de Tigranes llamada Automa. Mientras una serie de hijos de distintas madres se enzarzaban en luchas disputándose lo que quedaba, se produjo la escisión de otra rica satrapía, la fabulosamente fértil Elimea, regada por los afluentes de la derecha del Tigris, el Coaspes y el Pasitigris; se perdieron los puertos sin aluvión del este del delta formado por el Tigris y el Éufrates, y la ciudad de Susa, una de las sedes reales partas. Y los hijos del anciano Mitrídates seguían guerreando sin preocuparse por nada más.

Igual hizo Tigranes. Su primera acción (en el mismo año de la muerte de Cayo Mario) fue invadir sucesivamente los pequeños reinos de Sofena, Gordiana, Adiabena y Osroena. Al conquistar esos cuatro estados, Tigranes poseía las tierras que bordeaban la orilla oriental del Éufrates desde más arriba de Tomisa hasta Europus; era dueño igualmente de las ciudades de Amida, Edesa y Nisibis, y de todos los puestos de pago de tránsito por el gran río. Pero en lugar de confiar el cobro de los pagos a sus armenios, se granjeó la amistad de los árabes escenitas que dominaban las regiones áridas entre el Éufrates y el Tigris al sur de Osroena, y cobraban derecho de paso a las caravanas que cruzaban su territorio. Tigranes hizo que aquellos beduinos nómadas se instalasen en Edesa y Carres, y les confió el cobro del derecho de tránsito por el Tigris en Samosata y Zeugma. Su rey, que ostentaba el título de Abgar, quedó como cliente de Tigranes, y la población de habla griega de las ciudades que había conquistado el rey de Armenia tuvo que emigrar a regiones de ésta en las que se desconocía la lengua griega. Tigranes quería a toda costa ser el soberano de un reino helenizado civilizado, y ¿qué mejor manera de helenizarlo que implantar colonias de grecoparlantes en las fronteras?

Tigranes había sido en su niñez rehén del rey de los partos y había vivido en Seleucia del Tigris, lejos de Armenia; al morir su padre, era el único hijo que quedaba, pero el rey de los partos exigió un fuerte rescate por éclass="underline" setenta valles de la región más rica de Armenia, la Media Atropatena. Ahora, Tigranes invadía la Media Atropatena y recuperaba los setenta valles llenos de oro, lapislázuli, turquesas y fértiles pastos.

Sin embargo, se encontró con que le faltaban caballos niseos para sus cada vez más cuantiosas catafractas; aquellos extraños caballeros iban cubiertos de pies a cabeza con una armadura de escamas de hierro, igual que sus caballos, que habían de ser grandes para aguantar el peso. Así, durante el siguiente año, Tigranes invadió la Media, región en la que se criaba aquella raza de caballos, y la anexionó a Armenia. Ecbatana, sede real de los reyes partos -y anteriormente de los reyes de Media y Persia, Alejandro Magno entre ellos-, fue incendiada y arrasada, y saqueado su magnífico palacio.

Habían transcurrido tres años, y, mientras Sila avanzaba despacio por la península italiana, Tigranes había puesto los ojos en el oeste, cruzando el Éufrates para llegar a la Comágene; al no encontrar resistencia, había invadido las tierras al norte de Siria entre el monte Amano y las cordilleras del Líbano, incluida la poderosa Antioquía y la mitad sur del valle del río Orontes. Incluso una parte de la Cilicia Pedia, de la orilla oriental del Sinus Issicus, cayó en sus manos.

Siria era un territorio totalmente helenizado y su población de habla griega estaba muy influida por las costumbres griegas. Nada más establecer su autoridad en ella, Tigranes obligó a todas las comunidades de idioma griego a trasladarse a la recién construida capital de Tigranocerta. Los más favorecidos fueron los artesanos, a quienes no se les permitió permanecer en Siria, pero como el rey era consciente de la necesidad de proteger a aquel contingente de población de los pueblos de habla meda entre los que quedaron integrados, ordenó, bajo pena de muerte, tratar con cuidado y afabilidad a los nuevos ciudadanos.

Y mientras Sila legislaba para convertirse en dictador de Roma, Tigranes había adoptado oficialmente el título que toda su vida había ambicionado: rey de reyes. La reina Cleopatra Selene de Siria -hermana menor y otrora esposa de Ptolomeo Soter-, que había reinado en Siria con varios esposos seléucidas, fue obligada a dejar Antioquía para vivir en modestas condiciones en una aldehuela del Éufrates, ocupando su lugar en el palacio de Antioquía el sátrapa Magadates, que reinó en Siria con el nombre de Tigranes, rey de reyes.

Rey de reyes, pensó Sila con sorna. Todos esos déspotas orientales se creen rey de reyes; al parecer, hasta los dos bastardos del rey Ptolomeo Soter, que ahora reinaban en Egipto y Chipre con sus mitridáticas esposas. Pero el testamento de Ptolomeo Alejandro era auténtico: bien lo sabía Sila que había sido testigo. Tarde o temprano Egipto sería de Roma. De momento, había que dejar que Ptolomeo Auletes reinase en Alejandría, pero Sila se juró que no darían un solo momento de descanso a aquel títere de Mitrídates y Tigranes. El Senado de Roma enviaría constantemente delegaciones a Alejandría exigiéndole renunciar al trono y entregar Egipto a Roma, el propietario legítimo.

En cuanto al rey Mitrídates del Ponto, era muy interesante saber que había perdido doscientos mil hombres congelados en el Cáucaso; habría que disuadirle una vez más para que renunciara a anexionarse Capadocia. Porque, quejándose en una carta a Sila de que Murena había saqueado e incendiado cuatrocientos pueblos del río Halys, Mitrídates había empezado a apoderarse de la orilla del río que pertenecía a la pobre Capadocia, y para que su acción tuviese visos de legitimidad, había dado al rey Ariobarzanes de Capadocia por nueva esposa a una de sus hijas. Cuando Sila supo que aquella hija tenía cuatro años, envió otro mensajero al rey Mitrídates ordenándole en nombre de Roma que abandonase Capadocia, con hija o sin ella. El mensajero acababa de regresar con una carta en la que Mitrídates prometía hacer lo que se le decía, e informaba a Sila que iba a enviar una embajada a Roma para ratificar el tratado de Dardania.

– Más vale que la envíe cuanto antes -se dijo Sila, mientras, concluyendo aquellas reflexiones sobre los reyes de Asia, iba en busca de su esposa, y en su presencia concluyó en voz alta sus pensamientos-. Si se demora, no me encontrará a mí para regatear, y no les arriendo la ganancia si tienen que negociar con el Senado.

– ¿Qué dices, amor? -inquirió Valeria sorprendida.

– Nada. Dame un beso.

Le bastaba con sus besos, pues Valeria Mesala era una preciosidad. Hasta el momento, el cuarto matrimonio había sido una agradable experiencia para Sila, pero no muy estimulante. Y en parte era debido a su edad y a la enfermedad; lo sabía. Pero más aún a los defectos seductores y sensuales de las romanas aristócratas, que no sabían relajarse debidamente en la cama para aceptar las triquiñuelas sexuales que el dictador ansiaba. Fallaba su energía y necesitaba esas triquiñuelas. ¿Por qué las mujeres, aun amando locamente a un hombre, no podían ceder incondicionalmente a sus fantasías sexuales?

– Yo creo -dijo Varrón, que fue el desventurado confidente- que las mujeres son receptáculos pasivos, Lucio Cornelio. Están hechas para sujetar cosas, desde el pene de un hombre hasta un niño. Y quien sostiene cosas es un ser pasivo. ¡Tiene que ser pasivo, si no la sujección peligra! Lo mismo sucede con los animales. El macho es el activo y sacia su gran deseo montando a varias hembras.

Había ido a informar a Sila de que Pompeyo iba a hacer una breve visita a Roma, y preguntaba si Sila quería ver al joven.

– ¿Quieres decir, querido Varrón, que un hombre decente casado debe andar fornicando con la mitad de las hembras de Roma?

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