La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
Pencroff busc� en su chaleco la caja de cerillas, que no abandonaba nunca, ya que era un fumador rabioso. No la encontr�. Busc� en los bolsillos del pantal�n y tampoco hall� nada, con lo cual lleg� al colmo su estupor.
-��Buena la hemos hecho! -dijo mirando a Harbert-. Se habr� ca�do de mi bolsillo y la he perdido. T�, Harbert, �no tienes nada, ni eslab�n, ni nada que pueda hacer fuego? -�No, Pencroff!
El marino sali� seguido del joven, rasc�ndose la frente.
En la arena, en las rocas, cerca de la orilla del r�o, por todas partes buscaron con el mayor cuidado, pero in�tilmente. La caja era de cobre y no hubiera podido escapar a sus miradas.
-�Pencroff -pregunt� Harbert-, �no has tirado la caja desde la barquilla?
-�Ya me guard� bien -contest� el marino-; pero, cuando ha sido uno sacudido como nosotros por los aires, un objeto tan peque�o puede haber desaparecido. �Mi pipa! �Tambi�n me ha abandonado! �Diablo de caja! �D�nde puede estar?
-�El mar se retira -dijo Harbert-; corramos al sitio donde tomamos tierra.
Era poco probable que se encontrase la caja, que las olas hab�an debido arrastrar por los guijarros durante la alta marea; sin embargo, nada se perd�a con buscarla. Harbert y Pencroff se dirigieron r�pidamente hacia el lugar donde hab�an tomado tierra el d�a anterior, a doscientos pasos m�s o menos de las Chimeneas.
All�, entre los guijarros y entre los huecos de las rocas, registraron minuciosamente, pero en vano. Si la caja hubiera ca�do en aquella parte, habr�a sido arrastrada por las olas. A medida que el mar se retiraba, el marino registraba todos los intersticios de las rocas, sin encontrar nada. Era una p�rdida grave en aquellas circunstancias, y por el momento, irreparable.
Pencroff no ocult� su vivo descontento. Su frente se hab�a arrugado gravemente y no pronunciaba ni una palabra. Harbert quer�a consolarle haci�ndole observar que probablemente las cerillas estar�an mojadas por el agua del mar y que no valdr�an.
-�No -contest� el marino-. Est�n dentro de una caja de cobre que cierra muy bien. �Y, ahora, c�mo nos las arreglaremos?
Ya encontraremos alg�n medio de procurarnos fuego -dijo Harbert-. Smith y Spilett no ser�n tan tontos como nosotros.
-�S� -respondi� Pencroff-, pero mientras estamos sin fuego, y nuestros compa�eros no encontrar�n m�s que una triste cena a su vuelta.
-�Pero -dijo vivamente Harbert-�es imposible que no traigan cerillas o yesca!
-�Lo dudo -respondi� el marino sacudiendo la cabeza-. En primer lugar, Nab y Smith no fuman, y temo que Spilett haya preferido conservar su carnet y su l�piz en vez de la caja de cerillas.
Harbert no contest�. La p�rdida de la caja era evidentemente un hecho sensible; sin embargo, el joven contaba con poder procurarse fuego de una manera u otra. Pencroff, hombre m�s experimentado, a quien no le asustaban las dificultades grandes y peque�as, no era del mismo parecer; pero, de todos modos, no hab�a m�s que un partido: esperar la vuelta de Nab y del periodista, renunciando a la cena de huevos, que quer�a prepararles. El r�gimen de carne cruda no le parec�a, ni para ellos ni para �l mismo, una perspectiva agradable.
Antes de volver a las Chimeneas, el marino y Harbert, previniendo el caso de que el fuego les faltara definitivamente, hicieron una nueva recogida de litodomos y volvieron silenciosamente a su morada. Pencroff, con los ojos fijos en el suelo, segu�a buscando su caja. Remont� la orilla izquierda del r�o desde su desembocadura hasta el �ngulo en que la almad�a estaba amarrada; volvi� a la meseta superior, la recorri� en todos los sentidos, y registr� las altas hierbas y la orilla del bosque; pero en vano.
Eran las cinco de la tarde cuando Harbert y el marino entraron en las Chimeneas. Es in�til decir que registraron todos los corredores hasta los m�s oscuros rincones, y que tuvieron que renunciar decididamente a sus pesquisas.
Hacia las seis, en el momento en que el sol desaparec�a detr�s de las altas tierras del oeste, Harbert, que iba y ven�a por la playa, anunci� la vuelta de Nab y de Gede�n Spilett.
�Volv�an solos!� Al joven se le encogi� el coraz�n; el marino no se hab�a equivocado en sus presentimientos. �No hab�an encontrado al ingeniero Ciro Smith!
El corresponsal, al llegar, se dej� caer sobre una roca sin decir palabra. Rendido de cansancio y muerto de hambre, no ten�a fuerzas para hablar.
En cuanto a Nab, sus ojos enrojecidos probaban cu�nto hab�a llorado, y las nuevas l�grimas que no pod�a retener dec�an demasiado claramente que hab�a perdido toda esperanza.
El reportero hizo relaci�n de las pesquisas que hab�an practicado para encontrar a Ciro Smith. Nab y �l hab�an recorrido la costa en un espacio de m�s de ocho millas, y, por consiguiente, mucho m�s all� de donde se hab�a efectuado la pen�ltima ca�da del globo, ca�da a la que sigui� la desaparici�n del ingeniero y del perro Top. La playa estaba desierta. Ning�n rastro, ning�n vestigio. Ni un guijarro fuera de su sitio, ni un indicio sobre la arena, ni una se�al de pie humano en toda aquella parte del litoral. Era evidente
que ning�n habitante frecuentaba aquella parte de la costa. El mar estaba tambi�n desierto como la orilla, y, sin embargo, era all�, a algunos centenares de pies de la costa, donde el ingeniero hab�a encontrado su tumba.
En aquel momento, Nab se levant� y con una voz que denotaba los sentimientos de esperanza que quedaban en �l exclam�:
-��No!, �no!, �no est� muerto! �No!, �no puede ser! �El, morir! Yo o cualquier otro hubiera sido posible, �pero �l, jam�s! �Es un hombre que sabe librarse de todo!
Despu�s las fuerzas le abandonaron. -�Ah!, �no puedo m�s! -murmur�.
Harbert corri� hacia �l.
-�Nab -dijo el joven-, �lo encontraremos! �Dios nos lo devolver�! �Pero, entretanto, necesita reponerse! �Coma, coma un poco, se lo ruego!
Y, al decir esto, le ofrec�a al pobre negro unos pu�ados de mariscos, triste e insuficiente alimento.
Nab no hab�a comido desde hac�a muchas horas, pero rehus�. Privado de su due�o, Nab �no quer�a ni pod�a vivir!
En cuanto a Gede�n Spilett, devor� los moluscos y despu�s se tendi� sobre la arena, al pie de una roca. Estaba extenuado, pero tranquilo.
Entonces Harbert se aproxim� a �l y, tom�ndole la mano, le dijo:
-�Se�or, hemos descubierto un abrigo en donde estar� mejor que aqu�. La noche se acerca; venga a descansar; ma�ana veremos�
El corresponsal se levant� y, guiado por el joven, se dirigi� a las Chimeneas.
En aquel momento Pencroff se acerc� a �l y con el tono m�s natural del mundo le pregunt� si por casualidad le quedaba alguna cerilla.
Gede�n Spilett se detuvo, registr� sus bolsillos, no encontr� nada y dijo: -Ten�a, pero he debido tirarlas�
El marino llam� entonces a Nab, le hizo la misma pregunta y recibi� la misma respuesta.
-��Maldici�n! -exclam� el marino, sin contenerse. El reportero lo oy� y, acerc�ndose a �l, le pregunt�: -�No tiene una cerilla? -Ni una, y por consiguiente no hay fuego.
-��Ah! -exclam� Nab-, si estuviera mi amo, �l sabr�a hacerlo.
Los cuatro n�ufragos quedaron inm�viles y se miraron no sin inquietud. Harbert fue el primero en romper el silencio diciendo:
-�Se�or Spilett, usted es fumador y siempre ha llevado cerillas. Quiz� no ha buscado bien� Busque a�n; una nos bastar�a.
El periodista volvi� a registrar los bolsillos del pantal�n, del chaleco, del gab�n, y al fin, con gran j�bilo de Pencroff y no menos sorpresa suya, sinti� un pedacito de madera en el forro del chaleco. Sus dedos lo hab�an sentido a trav�s de la tela, pero no pod�an sacarlo. Como deb�a ser una cerilla y no hab�a m�s, hab�a que evitar se encendiese prematuramente.
-��Quiere usted que yo la saque? -dijo el joven Harbert.
Y muy diestramente, sin romperlo, logr� extraer aquel pedacito de madera, aquel miserable y precioso objeto, que para aquellas pobres gentes ten�a tan grande importancia. Estaba intacto.
-��Una cerilla! -exclam� Pencroff-. �Ah! Es como si tuvi�ramos un cargamento entero.