La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
Lo tom� y, seguido de sus compa�eros, regres� a las Chimeneas.
Aquel pedacito de madera que en los pa�ses habitados se prodiga con tanta indiferencia, y cuyo valor es nulo, exig�a en las circunstancias en que se hallaban los
n�ufragos una gran precauci�n. El marino se asegur� de que estaba bien seco. Despu�s dijo: -Necesitar�a un papel.
-�Tenga usted -respondi� Gede�n Spilett, que, despu�s de vacilar, arranc� una hoja de su cuaderno.
Pencroff tom� el pedazo de papel que le tend�a el periodista y se puso de rodillas delante de la lumbre. Tom� un pu�ado de hierbas y hojas secas y las puso bajo los le�os y las astillas, de manera que el aire pudiera circular libremente e inflamar con rapidez la le�a seca.
Dobl� el papel en forma de corneta, como hacen los fumadores de pipa cuando sopla mucho el viento, y lo introdujo entre la le�a. Tom� un guijarro �spero, lo limpi� con cuidado y con latido de coraz�n frot� la cerilla conteniendo la respiraci�n.
El primer frotamiento no produjo ning�n efecto; Pencroff no hab�a apoyado la mano bastante, temiendo arrancar la cabeza de la cerilla.
-�No, no podr� -dijo-; me tiembla la mano� La cerilla no se enciende� �No puedo�, no quiero!
Y, levant�ndose, encarg� a Harbert que lo reemplazara.
El joven no hab�a estado en su vida tan impresionado. El coraz�n le lat�a con fuerza. Prometeo, cuando iba a robar el fuego del cielo, no deb�a de estar tan nervioso. No vacil�, sin embargo, y frot� r�pidamente en la piedra. Oy�se un peque�o chasquido y sali� una ligera llama azul, produciendo un humo acre. Harbert volvi� suavemente el palito de madera, para que se pudiera alimentar la llama, y despu�s aplic� la corneta de papel; �ste se encendi� y en pocos segundos ardieron las hojas y la le�a seca.
Algunos instantes despu�s crepitaba el fuego, y una alegre llama, activada por el vigoroso soplo del marino, se abr�a en la oscuridad.
-��Por fin! -exclam� Pencroff, levant�ndose-, �en mi vida me he visto tan apurado!
El fuego ard�a en la lumbre formada de piedras planas; el humo se escapaba por el estrecho conducto; la chimenea tiraba, y no tard� en esparcirse dentro un agradable calor.
Mas hab�a que impedir apagar el fuego y conservar siempre alguna brasa debajo de la ceniza. Pero esto no era m�s que una tarea de cuidado y atenci�n, puesto que la madera no faltaba y la provisi�n podr�a ser siempre renovada en tiempo oportuno.
Pencroff pens� primeramente en utilizar la lumbre para preparar una cena m�s alimenticia que los litodomos. Harbert trajo dos docenas de huevos. El corresponsal, recostado en un rinc�n, miraba aquellos preparativos sin decir palabra. Tres pensamientos agitaban su esp�ritu. �Estaba vivo Ciro Smith? Si viv�a, �d�nde se hallaba? Si hab�a sobrevivido a la ca�da, �c�mo explicar que no hubiese encontrado medio de dar a conocer su presencia? En cuanto a Nab, vagaba por la playa como un cuerpo sin alma.
Pencroff, que conoc�a cincuenta y dos maneras de arreglar los huevos, no sab�a cu�l escoger en aquel momento. Se tuvo que contentar con introducirlos en las cenizas calientes y dejarlos endurecer a fuego lento.
En algunos minutos se verific� la cocci�n y el marino invit� al corresponsal a tomar parte de la cena. As� fue la primera comida de los n�ufragos en aquella costa desconocida. Los huevos endurecidos estaban excelentes, y como el huevo contiene todos los elementos indispensables para el alimento del hombre, aquellas pobres gentes se encontraron muy bien y se sintieron confortados.
�Ah!, �si no hubiera faltado uno de ellos a aquella cena! �Si los cinco prisioneros escapados de Richmond hubieran estado all�, bajo aquellas rocas amontonadas, delante de aquel fuego crepitante y claro, sobre aquella arena seca, quiz� no hubieran tenido m�s que hacer que dar gracias al cielo! �Pero el m�s ingenioso, el m�s sabio, el jefe,
Ciro Smith, faltaba y su cuerpo no hab�a podido obtener una sepultura! As� pas� el d�a 25 de marzo. La noche hab�a extendido su velo. Se o�a silbar el viento y la resaca mon�tona batir la costa. Los guijarros, empujados y revueltos por las olas, rodaban con un ruido ensordecedor.
El corresponsal se hab�a retirado al fondo de un oscuro corredor, despu�s de haber resumido y anotado los incidentes de aquel d�a: la primera aparici�n de aquella tierra, la desaparici�n del ingeniero, la exploraci�n de la costa, el incidente de las cerillas, etc., y, ayudado por su cansancio, logr� encontrar un reposo en el sue�o.
Harbert se durmi� pronto. En cuanto al marino, velando con un ojo, pas� la noche junto a la lumbre, a la que no falt� combustible. Uno solo de los n�ufragos no reposaba en las Chimeneas; era el inconsolable, el desesperado Nab, que, toda la noche y a pesar de las exhortaciones de sus compa�eros que le invitaban a descansar, err� por la playa llamando a su amo.
6. Salieron de caza y a explorar la isla
El inventario de los objetos que pose�an aquellos n�ufragos del aire arrojados sobre una costa que parec�a inhabitada qued� muy pronto hecho.
No ten�an m�s que los vestidos puestos en el momento de la cat�strofe. Sin embargo, es preciso mencionar un cuaderno y un reloj, que Gede�n Spilett hab�a conservado por descuido, pero no ten�an ni un arma, ni un instrumento, ni siquiera una navaja de bolsillo. Los pasajeros de la barquilla lo hab�an arrojado todo para aligerar el aerostato.
Los h�roes imaginarios de Daniel de Foe, o de Wyss, como los Selkirk y los Raynal, n�ufragos en la isla de Juan Fern�ndez o el archipi�lago de Auckland, no se vieron nunca en una desnudez tan absoluta, porque sacaban recursos abundantes de su nav�o encallado, granos, ganados, �tiles, municiones, o bien llegaba a la costa alg�n resto de naufragio, que les permit�a acometer las primeras necesidades de la vida. No se encontraban de un golpe absolutamente desarmados frente a la naturaleza. Pero ellos, ni siquiera un instrumento, ni un utensilio. Nada, ten�an necesidad de todo.
Y si Ciro Smith hubiera podido poner su ciencia pr�ctica, su esp�ritu inventivo al servicio de aquella situaci�n, quiz� toda esperanza no se hubiera perdido. Pero no era posible contar con Ciro Smith. Los n�ufragos no deb�an esperar nada m�s que de s� mismos y de la Providencia, que no abandona jam�s a los que tienen fe sincera.
Pero, ante todo, �deb�an instalarse en aquella parte de la costa sin buscar ni saber a qu� continente pertenec�a, si estaba habitada, o si el litoral no era m�s que la orilla de una isla desierta?
Era una cuesti�n que hab�a que resolver en el m�s breve tiempo. De su soluci�n depender�an las medidas a tomar. Sin embargo, siguiendo el consejo de Pencroff, resolvieron esperar algunos d�as antes de hacer la exploraci�n. Era preciso preparar v�veres y procurarse un alimento m�s fortificante que el de huevos o moluscos. Los exploradores, expuestos a soportar largas fatigas, sin un aposento para reposar su cabeza, deb�an, ante todo, rehacer sus fuerzas.
Las Chimeneas ofrec�an un retiro provisional suficiente. El fuego estaba encendido y ser�a f�cil conservar las brasas. De momento los mariscos -y los huevos no faltaban en las rocas y en la playa. Ya se encontrar�a modo para matar algunas de las gaviotas que volaban por centenares en la cresta de las mesetas, a palos o pedradas; quiz� los �rboles del bosque vecino dar�an frutos comestibles, y, en fin, el agua dulce no faltaba. Convinieron, pues, en que durante algunos d�as se quedar�an en las Chimeneas, para prepararse a una exploraci�n del litoral o del interior del pa�s.
Aquel proyecto conven�a particularmente a Nab.
Obstinado en sus ideas como en sus presentimientos, no ten�a prisa en abandonar aquella porci�n de la costa, teatro de la cat�strofe. No cre�a, no quer�a creer en la
p�rdida de Ciro Smith. No, no le parec�a posible que semejante hombre hubiera acabado de una manera tan vulgar, llevado por un golpe de mar, ahogado por las olas, a algunos cientos de pasos de una orilla. Mientras las olas no hubieran arrojado el cuerpo del ingeniero a la playa; mientras �l, Nab, no hubiera visto con sus ojos y tocado con sus manos el cad�ver de su amo, no creer�a en su muerte. Y aquella idea arraig� en su obstinado coraz�n. Ilusi�n quiz�, sin embargo, ilusi�n respetable, que el marino no quer�a destruir. Para Pencroff no hab�a ya esperanza; el ingeniero hab�a perecido realmente en las olas, pero con Nab no quer�a discutir. Era como el perro que no quiere abandonar el sitio donde est� enterrado su due�o, y su dolor era tal que probablemente no sobrevivir�a.